La democracia como utopía

Por Luis Manuel Veloz



La democracia como utopía.



La utopía no es, pero debe ser. La utopía se hace necesaria cuando no se acepta lo que es y, por tanto, se hace necesario trascenderlo. Al poner en cuestión lo real (la sociedad, el poder, sus valores e instituciones) y abrir un espacio ideal, irreal o futuro, la utopía se vuelve subversiva.
Adolfo Sánchez Vázquez.

Introducción.
La democracia es un concepto que al trascurso de los años no disminuye en importancia ni en vitalidad, ya que encarna una base operativa muy importante al interior del consenso político. Asimismo, es claro que el concepto de democracia, históricamente ocupa un largo trecho. En torno a este concepto tan movedizo se han debatido gran cantidad de propuestas, que, en algunos casos, han propiciado violentas luchas con tal de hacerlas efectivas, de instaurarlas o imponerlas. Sin embargo, con todo o a pesar de todo, democracias van y vienen, a grado tal que es casi imposible afirmar que tengamos un concepto univoco de ésta.
Desde la antigüedad hasta la época contemporánea, como diría Norberto Bobbio, el concepto de democracia ha sido interpretado desde perspectivas múltiples; y en efecto, según la fisonomía política y económica del momento (como hoy sucede con la globalización), ha servido y se ha aplicado gran número de veces a intereses completamente ajenos al de las mayorías, fungiendo sólo de parcela política de unos cuantos. Del mismo modo, la democracia en la práctica real, ha dejado mucha confusión, en tanto que por democracia, casi sustancialmente se asocia a los comicios, al sufragio, a los votos, las elecciones, como muchos políticos justifican bajo su demagogia. Sin embargo, la democracia implica, por el contrario, un abanico más amplio de posibilidades en torno a las relaciones políticas y sociales de las que los comicios, son sólo una parte. Y además, una parte por demás imperfecta[1].
Luis Villoro y Mario Magallón, dos de nuestros filósofos mexicanos más importantes, han puesto sobre la mesa de nueva cuenta la discusión sobre el tema de la democracia, y nos proponen una revisión crítica en donde se aprecie la democracia como un ideal a buscar; así, es posible pensar junto a ellos este tema en el cual se han sumergido gran cantidad de filósofos, desde lo cásicos Platón y Aristóteles, o bien, Maquiavelo; Spinoza, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, hasta llegar por supuesto a Carl Schmitt, Bobbio, Agamben, Negri, etc.  De ahí que, y siguiendo el camino por todos ellos trazado, Luis Villoro y Mario Magallón, partiendo de su realidad y circunstancia, dialogan con sus antecesores y contemporáneos pero sin quitar la mirada de lo que sucede en la actualidad, es decir, de los problemas político-concretos a los que nos enfrentamos hoy en día. Es así que podemos decir que tenemos dos propuestas distintas que se tocan, se cruzan. Y de ahí la relevancia para regresar a ellos, pensar con ellos, o mejor dicho, a su lado. Para nuestros dos autores, en efecto, la democracia es vista como un horizonte, y no por capricho, sino porque posee una dimensión utópica. ¿Cómo es que vamos a entender esto? es claro que ambos autores, como se verá, toman su propia postura, pero como dijimos, apreciar a la democracia desde un horizonte utópico señala ya una coincidencia en ambos filósofos que, en última instancia los une finalmente en lo que respecta al proyecto de una ética-política.
Así pues, el objetivo que tenemos por delante, es modesto, ya que no pretendemos de ningún modo agotar las ideas de nuestros filósofos aquí. Algo que, evidentemente sería presuntuoso y además difícil de hacer en un breve ensayo. Por el contrario, nuestro objetivo está centrado básicamente en recuperar, desde la concepción de una democracia entendida o vista desde un polo utópico, un modelo político de ruptura, en donde lo común se halle en la base de una sociedad perfectible, ideal. Empecemos pues, ahondando en este tema desde nuestros dos filósofos mexicanos.



I.- Luis Villoro y su visión de la democracia: utopía y comunitarismo.

Luis Villoro desde hace ya varios años se ha dedicado al estudio de los problemas políticos más relevantes, entre los cuales destaca claramente la democracia. Ya en Los grandes momentos del indigenismo en México, Villoro hacía notar su interés no sólo por el complejo panorama histórico y existencial del mexicano (su etapa como hiperion), sino también por su trama política. Posteriormente esta preocupación se haría más enfática en El proceso ideológico de la revolución de independencia, hasta llegar claro, a El concepto de ideología y, más adelante, llegaría a su culmen con la aportación de una obra central: El Poder y el valor: fundamentos de una ética política[2], libro que se complementa a su vez con Los retos de la sociedad por venir. Villoro, así, es un autor prolífico que nos permite apreciar en su obra un gran cúmulo de problemas filosóficos y políticos que nos abren nuevas vías de pensamiento y discusión. Así pues, a partir de los años 90 del pasado siglo y hasta hace poco menos de dos años (por motivos de salud), Villoro ha estado en los reflectores del debate intelectual (muchos recogidos en La Jornada) gracias a que ha intercambiado ideas con el subcomandante Marcos, a modo epistolar. Pero también, Villoro a más del intercambio de ideas con el sub-Marcos, también ha fungido como asesor y visor de lo que acontece en aquella región chiapaneca, que, a partir de la lucha y resistencia que se levantó en 1994 (en San Cristóbal y Ocosingo), el EZLN a pesar de todo, ha logrado concretar un sistema político sustentable, democrático, como el de los caracoles, partiendo de la centralidad de los principios comunitarios.
Gustavo Ernesto Emmerich, un poco siguiendo lo anterior, comenta que en México tenemos testimonio de una tradición por la elección política, por lo menos desde 1376. Es decir, varios años antes de que se instaurara la administración colonial española. No obstante, pone particular cuidado en destacar que ello no debe confundirse con la democracia, ya que las elecciones del tlatoani eran consensadas en privado, y por un número reducido de personas (sacerdotes): “En 1316, los mexicas eligieron a su primer tlatoani o emperador. En su civilización, era costumbre elegir también a los que ocuparían otros cargos, notoriamente a los titulares de los barrios en que se dividía México Tenochtitlan. No eran elecciones propiamente dichas, sino más bien consultas a la sociedad, o a los principales de ella para ratificar que quien había sido designado contaba con asentamiento suficiente”[3] Entonces, hay elección, aunque no democráticamente. De cualquier modo, este mismo proceso electivo se replicó en pueblos que estaban sujetos al poder mexica, asunto que se perpetuaría después de la conquista. Sin embargo, no fue sino hasta que los ideales político-liberales llegan a México, más o menos en 1808, después de un proceso histórico pujante, que el tema de la elección y la democracia empieza a tomar, muy tenuemente, otro camino.
En efecto, fue a razón de la Independencia estadounidense y la Revolución francesa que empezó a forjarse (en virtud del derrumbe de la monarquía), el proyecto democrático liberal que hasta el momento sigue vivo. Luis Villoro por su parte, tiene en cuenta esta larga histórica. Y sabe bien que la imposición de un modelo operante pero ajeno al del México colonial, fue también la clave de la hoy democracia realmente existente en nuestro país, con todo y sus defectos, o como diría Cesáreo Morales, nuestra democracia imperfecta pero real[4]; por supuesto, lo anterior no hubiera sido posible sin la influencia de los ideales liberales traídos de Europa. Pero es por demás claro, que llegar a donde estamos, no fue un camino corto, ni mucho menos sencillo, por el contrario, ha sido un camino largo y trillado que tiene por delante la violencia, las luchas, las resistencias de pueblos indígenas y finalmente el ideal emancipatorio fundado en la libertad y la igualdad (retomado por la futura burguesía mexicana), concepciones políticas completamente modernas que se asentaron tanto en la Constitución de 1857 como en la de 1917.
En este sentido, las distintas resistencias y levantamientos posteriores al dominio de la corona española, vino a repercutir a la postré en modelos políticos que, vale decirlo, se localizan al margen, a la deriva del Estado-nación moderno, o sea, en las comunidades y pueblos indígenas que de alguna manera conservaron sus tradiciones, como las religiosas (haciendo una fusión con el catolicismo) y políticas.  Tenemos así, dos polos opuestos de consenso político, que han convivido: el modelo occidental moderno constituido bajo el germen liberal, y el modelo comunitario que ha sobrevivido al paso del tiempo en algunas regiones como la chiapaneca, oaxaqueña o yucateca, entre otras.
De cualquier manera, hay que destacar que este caso no es exclusivo de regiones indígenas mexicanas, o latinoamericanas, tal como sucede en Perú, Colombia, Bolivia, Guatemala etc., sino como bien señala Villoro, es algo que se replica en asociaciones políticas no occidentales como en el África negra y Asia[5], lo que representa, sin lugar a dudas, un asunto de mucha importancia en la visión de un pensamiento político de segundo orden, subversivo, tema que en adelante abordaremos con un poco de más cuidado: por el momento nos avocaremos de manera breve en torno a la democracia que se practica hoy día.
Prácticamente al final del siglo XX, comenta Villoro, atestiguamos como fue que casi todas las naciones del mundo aceptaron como viable el modelo occidental centrado en la democracia liberal. Esto, en efecto, no fue casualidad. Al final del siglo XX también el mundo fue testigo de un cambio radical en el paradigma capitalista que inicio a principios de siglo, impulsado en virtud de la crisis de 1929 en Walt Street, en los Estados Unidos. Así, entre la crisis del 29 y la posterior anulación del Estado benefactor, allá por los años 80, tenemos claramente no sólo un cambio radical en la maquinaria del capitalismo, del moderno al posmoderno como apreció Antonio Negri[6], sino también de la política que generó. Aceptar la democracia liberal, prácticamente fue admitir de facto al capitalismo como modelo hegemónico de economía. Siguiendo esta línea de demarcación, hay que especificar que el modelo de democracia liberal adoptado por las naciones, no ha sido, pese a todo, el mejor, pero tampoco el peor. Lo cual es claro. A su favor se puede decir que gracias a ella se dio un paso por delante y de relevancia que se halla en oposición de los gobiernos despóticos y totalitarios que tienen su asentamiento en los antiguos absolutismos monárquicos (y que se reflejan claramente en los fascismos), pero aun así, se puede afirmar que tiene fallas, en lo que toca a sus prácticas. Entre tanto, esta democracia es posible situarla, en su génesis, a partir del tránsito del poder de uno (del rey), al poder de unos cuantos (oligarquía), sin que ello repercuta aún en lo que toca a su base más importante, es decir, al gobierno de las mayorías, o al poder depositado en el pueblo. Tal como el concepto de democracia, etimológicamente, lo exige: el poder del pueblo (demos y kratos). En este sentido, es que, como apunta Luis Villoro, la realidad ha caminado por un sendero opuesto: “En teoría, democracia es gobierno del pueblo por sí mismo, en la práctica, su camino fue diferente. Los procedimientos democráticos se idearon con aquel fin, pero fueron desviándose de la meta hasta llegar a un sistema político distinto”[7]. La democracia liberal, por lo tanto, nace junto a la modernidad, para hallarse completamente estructurada a la fundación del Estado-nación. Ante esto, Luis Villoro propondrá una crítica en torno a la homogeneidad, que, a su interior, busca el Estado-nación de los pueblos para convertirlos en un conjunto de ciudadanos, reduciendo a éstos básicamente a una entidad uniforme. Ignorando así, o mejor, anulando así la pluralidad tanto de los individuos concretos, situados, como de sus políticas: “(…) el Estado-nación se concibe como una unidad homogénea, constituida a partir de la decisión de una suma de individuos iguales entre sí. Ignora o destruye la multiplicidad de grupos, comunidades, pueblos y formas de vida que integran las sociedades reales”[8] En esta línea es que puede ser mucho mejor entendida la llamada libertad de los modernos, a partir de que se concibe a los sujetos como sujetos jurídicos completamente distintos al sujeto real. Umberto Cerroni, al respecto escribe: “La igualdad de las personas —como puras dignidades  o sujetos jurídicos —resulta entonces, ipso facto, una desigualdad de los individuos concretos— propietario privado, trabajador asalariado.”[9]
Justo la misma premisa va a compartir Luis Villoro, cierto, pero trasladándola a un plano más amplio, es decir, al de las comunidades, ya que, una vez instaurado el Estado-nación y junto a ello sus instituciones y su burocratización democrática, al mismo tiempo, nos dirá Villoro, a las comunidades se les aplica una nueva forma de dominación: “Las instituciones democráticas existentes suponen esa situación del pueblo real por una nación de ciudadanos. Y es entonces cuando la realidad social les juega una mala pasada: al ponerse en obra, conducen una nueva forma de dominación sobre el pueblo a nombre del pueblo. A finales del siglo XX es claro el desvío de las democracias a un nuevo sistema de dominio”[10]La democracia, así, no es un sistema político acabado. Sino un sistema que se va generando y perfeccionado bajo ciertos valores éticos. En este caso, al igual, es que Villoro va a hacer énfasis en lo tocante a la utopía, vista ésta como un pensamiento disruptivo. ¿A qué se refiere?
Luis Villoro antes de dar parte a su propuesta de democracia comunitaria como un modelo alternativo al interior del Estado-nación, nos va a hablar de la importancia que tiene la utopía en el pensamiento político, ya que éste, a su juicio, mediado por la utopía es potenciado regulativamente a partir de valores que son compartidos, es decir, que no se quedan en un solo individuo, sino que trascienden hacia la comunidad. La utopía entendida de esta manera, deja de ser una entelequia carente de sentido, para apuntar en una dirección que tiene de por medio  valores universalizables, tales como el del justicia, igualdad, dignidad, etc. Así, dirá Villoro: “La realidad segunda es el reino de lo ideal. Pero al proyectar lo ideal en la sociedad, choca con un escollo contrario a la ideología: la utopía”[11]Siguiendo este punto de vista, se puede decir que Villoro ya dirige su intención argumentativa hacía un eje disruptivo que se opone a una sociedad política existente; la utopía hallada en este plano, abre un cauce que se aleja sin duda alguna a las ideologías que dan sustento a la política y la democracia que se tiende a practicar: “La utopía marca la máxima tensión entre la realidad social aceptada y los valores que abrían de remediar sus penurias. No está motivada por un interés particular, sino por el anhelo de lograr el bien para todo un pueblo o aun para la humanidad entera. A lo opuesto de las ideologías, las utopías proyectan un mundo valioso para todos.”[12] Sin embargo, Villoro también va a ser muy cuidadoso en señalar que, en la utopía, ha de caber la diferencia, la heterogeneidad para que ésta no se anule ni pase a convertirse en ideología:
“La utopía deja de ser una postura ética en el momento en que cree identificar la sociedad ideal con una sociedad histórica inminente; en el instante en que renuncia a la diferencia. (…) La postura ética sólo puede mantenerse si el orden de valores proyectado opera como una idea regulativa de la acción política, que nunca puede cumplirse cabalmente, que no se agota en ninguna situación. La diferencia siempre se mantiene.”[13]
Precisamente aquí, pensamos, es que se puede asociar la democracia con la utopía, ya que como señalamos en un inicio, ésta viene a ser un horizonte a buscar, es un norte, en el cual se contemplan valores comunes. Por supuesto, y como ya se anunció, el modelo que propone Villoro tiene la peculiaridad de que conserva precisamente lo común y lo ideal, en la relación o asociación cooperativa, los cuales se muestran o localizan en la parte nuclear de la democracia comunitaria, democracia en cuyo seno no existe la estructura ascendente, vertical. Sino que es horizontal. No hay nadie por encima del otro. En este caso, es que también se da la relación de la democracia comunitaria con la democracia radical, y no por casualidad, sino porque Villoro aprecia que una y otra se comunican, en este sentido es que pueda decirnos de lo siguiente: “Un conjunto de personas situadas, ligadas por vínculos de pertenencia común a una totalidad pueden formar una comunidad. La democracia radical es un vínculo hacia la comunidad”[14] Pero en todo caso, hay que subrayar que esta democracia, pese a lo que pese, no puede estar sujeta a su implantación aquí y ahora, en ésta o aquella situación, sino que ha de fungir más bien como un ideal ético que oriente la práctica política hacia un mejor modo de vida. Forzarla a su realidad, caería en lo contrario de lo que representa.  Ahora bien, teniendo en cuenta lo dicho, dejamos aquí por el momento nuestro breve estudio, no sin antes apreciar que utopía y democracia marchan al unísono, mientras no se asuman como acabadas. Veamos ahora desde otra postura filosófica, como es que Mario Magallón asume también este problema.          



2.- Mario Magallón, utopía y recuperación de lo público en la democracia.

Mario Magallón, sin lugar a dudas, desde hace unos años a la fecha, nos ha proporcionado una gama sobresaliente de reflexiones filosófico-políticas que tiene la gran ventaja de poner un cordón a manera de guía entre los principales debates económico-políticos contemporáneos, tales como la globalización y el neoliberalismo, junto a algunas de sus principales características. Así que, teniendo en cuenta esto, es posible argüir que la reflexión filosófica de Mario Magallón convoca a poner en el centro del debate político, los actuales problemas por los que transita Latinoamérica en relación a las otras partes del mundo. Así pues, entender un mundo conectado económicamente, también postula a atender a una situación política diferente. Pensar la democracia en América Latina, visto así, sólo es posible teniendo en consideración los distintos polos entre los que está conectado el orden mundial: el capitalismo globalizado. A este respecto, Mario Magallón va a destacar lo siguiente:
“A pesar de la crisis de los paradigmas, lo curioso es que no se pone en cuestión la del mercado. No se encuentra a casi nadie que enfrente ese gran dogma de nuestro tiempo. El neoliberalismo con su política de globalización y sus ajustes estructurales. Un solo criterio universal se ha impuesto, el del mercado. (…) Así, el mercado no sólo globaliza sino también homogeniza y una sola racionalidad domina: la del libre mercado”[15]
Con mucha agudeza, como se ve, nuestro filósofo proyecta un problema por demás importante, el económico. Cierto, es prácticamente nulo poder cuestionar los actuales problemas políticos del momento, incluso desde una visión local, si antes no se aprecia la concordancia de la economía compartida, es decir, de la globalización y su política neoliberal. En este sentido, Mario Magallón se encuentra cercano a las tentativas filosófico-políticas que han trabajado filósofos italianos como Paolo Virno, Antonio Negri y Giorgio Agamben, en relación al tema de la globalización. Los cuales, para acotar un lenguaje conceptual que diera otra posibilidad para la explicación de los sucesos políticos actuales, y con ello tocar las problemáticas de modo radical, necesitaron asumir el cambio de paradigma económico-político como fundamental para adentrase a la transformación que tiene el mundo. En este sentido es que nos atrevemos a decir que Mario Magallón no está muy alejado de ellos, aunque el modo de adentrarse en el problema así como en las alternativas que propone, serán distintas.
De cualquier modo, destacar la relevancia que condicionan los cambios de un modelo económico como el capitalista hoy en día, se torna necesario. Así pues, pensar la democracia en nuestros tiempos, al igual, no puede estar alejado de este hecho por demás importante y central que convoca a una red mundial. En muchos sentidos, puesto que la propia globalización le ha restado su soberanía al Estado-nación. Por lo tanto, entrar de facto a un estudio de su estructura, convoca a rearticular un nuevo cuerpo conceptual para acercarnos más a esta transformación política que se vive en la actualidad. Así pues, es factible decir, que América Latina, en efecto, no está desligada de este hecho. Su relación con las políticas neoliberales y su economía data por lo menos de finales del siglo XX. Años aún cercanos a nosotros, sin duda, y que todavía tienen un impacto profundo en los procesos democráticos del Estado-nación y su soberanía.
“Así, en este ámbito de reconstrucción, encontramos que la complejidad de lo político se inscribe dentro de un horizonte problemático abierto a las crisis de la modernidad. (…) En la actualidad se tiene que pensar lo político desde una realidad histórica concreta, es decir, desde un espacio y una temporalidad, pues de otro modo se corre el riesgo de caer en interpretaciones e inclusive en ficciones que poco a poco nada dicen de la realidad político-social”[16]
Por lo tanto, partir de nuestra circunstancia y nuestro momento histórico concreto, permite a su vez apreciar no sólo los problemas locales, sino también el amplio margen que involucra a diversas naciones, tanto las centrales como las marginales. Mario Magallón es así, un filósofo que ha acertado al aplicar este criterio en lo que toca a pensar nuestra realidad. Una realidad que desde el polo en que nos situamos, vive todavía a la sombra de los países económicamente más fuertes, los llamados países de primer mundo. Sin embargo, surge la pregunta: ¿cómo pensar, empero, en la democracia, cuando nuestro actual modelo político y social, por ejemplo, se halla atravesado por momentos duros, de violencia y pobreza, de desigualdad y marginación? Si lo apreciamos bajo este desencanto, queda todavía más claro lo que se entiende por la libertad de los modernos que anteriormente anunciamos con Umberto  Cerroni, es decir, la libertad jurídica, única vía que puede igualar a la sociedad civil, pero en una mera relación en abstracto. Sin embargo, y en contrariedad, por doquier apreciamos la desigualdad, que en México, al hacer memoria, nos lleva de regreso a nuestra Revolución fallida. Tal y  como lo que nuestro escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, en un tono literario, pero no por ello menos importante, destacó sobre el beneficio de la Revolución Mexicana pero sólo para unos pocos; así, con un argumento irónico e incisivo, le explica al imaginario niño revolucionario, lo siguiente:
“Todo lo que vemos a nuestro alrededor, niño revolucionario, es producto de la Revolución Mexicana, que como todos sabemos, empezó como movimiento armado y se transformó más tarde en movimiento social en el que participan todos los mexicanos sin distinción de clase social, que tiene por finalidad alcanzar una justa distribución de la riqueza, e igualdad de oportunidades y trato con la ley”         
Hasta aquí, nada parece ir en contra de los principios que se plantearon originalmente en la Revolución, pero el problema viene a continuación: 
“Pues bien niño, este señor que ves ahí, tocando el claxon del Mustang para que la criada venga a abrirle la puerta, es un humilde revolucionario a quien la Patria ha recompensado sus esfuerzos en pro de la justicia social. (…) No me preguntes, niño revolucionario, en que hizo su dinero este señor, ni qué sabe hacer, probablemente nada, pero esta circunstancia constituye uno de tantos misterios instructivos que tiene nuestra sociedad. La Revolución Mexicana es como una madre amorosa y tan ciega  como una de ellas.”[17]
A más del modo de exponer una idea delicada como lo hace Ibargüengoitia, a manera de ironía y con la pujante pluma literaria que le caracterizó, es cierto que bajo los supuestos políticos revolucionarios, tanto la igualdad como la justicia se encontraron por delante. En México, desde aquel entonces el sistema político y su base democrática, centralizada en un único partido como el PRI (como sucedió durante muchos años), en última instancia, aún está cobrado la factura de la no igualdad y la no justicia. Al terminar el siglo XX y a principios de lo que va del XXI, la situación de emergencia sigue moldeándose, y pese a todo, caminando. Será posible, de nuevo regresando un poco, pensar la democracia aun a costa del desencanto que alberga nuestra realidad, con esta desigualdad, exclusión y pobreza que tenemos por delante. Ciertamente sí. A partir de Luis Villoro atestiguamos una salida, la comunitaria, pero no menos se puede decir de lo que aprecia Mario Magallón ante la misma problemática. Bajo este supuesto, es posible asumir de nueva cuenta el rol que alberga la democracia pero vista desde un horizonte utópico. El cual, como se señaló anteriormente, ello no equivale a su imposibilidad, sino más bien equivale a su posibilidad nunca acabada, cierto, y que por lo mismo la convierte en una búsqueda constante y por ende perfectible:
“Es posible decir que en cualquier época la utopía democrática radica en la vivencia anticipada de su horizonte, el que nunca parece estar aquí, sino más allá, como aquello que da sentido a nuestro mundo. La utopía en este sentido significa e desenvolvimiento de las posibilidades reales, históricas, donde todo debe estar sometido a la voluntad colectiva y consciente de los hombres. La utopía democrática es una figura política que busca el ejercicio y la toma de poder de todos.”[18]
A nuestro modo de ver, la democracia así entendida, tiene la gran ventaja de no cerrar ningún camino, ningún cerco, ni atender a ninguna imposición concreta. La democracia es un proceso, un tránsito de un modo político que, de haber estado cerrado a unos cuantos, hoy se proyecta a las mayorías. Al pasar de los años, empero, hemos atestiguado como Latinoamérica se ha estado perfilando hacia este modelo, aunque no siempre compartido y en muchos casos alejado de su cauce original. Pero a pesar de todo, la democracia sigue representado un modelo político que todavía presenta la vía al consenso y el disenso social. Parte importante, y quizá nuclear, así visto, dentro del modus democrático para que sea llevado a la práctica política teniendo por delante la participación ciudadana. Esto quiere decir, claro, que los actores políticos que somos todos establezcamos puntos de relación en donde se dialogue en torno a los problemas más comunes, apremiantes, lo cual implicaría llevar a la praxis el consenso y el disenso, es decir, las posturas compartidas y las no compartidas. Comprendido de esta manera, esto ya es una clave, y de nuevo un norte que bien señala Mario Magallón para la democratización.
Sin este proceso, sin la capacidad de considerar a la sociedad civil en los problemas políticos entonces será poco probable completar un verdadero paso hacia la democracia alternativa. Ya que, como se dijo desde un principio, el voto es sólo una parte, no todo. El acontecer de la democracia implica, por otro lado, la incidencia directa de la sociedad en los problemas que les son propios, no sólo en el voto. Estar al margen, en cambio, condiciona muchas veces que las elecciones sólo legitimen la voluntad de un pequeño grupo que en la propaganda sólo anunció y prometió supuestos beneficios que en la realidad se distancian de lo que justamente se hace. Aquí se halla en tensión, claramente, el alegato ético que se yergue en la demagogia de los políticos, que venden la democracia como remedio de todos lo males, sólo para acceder al poder mientras la realidad concreta se deja en el fondo. Abelardo Villegas, por ejemplo, encontraba que éste ha sido uno de los rasgos más anti-democráticos que se han dado en los procesos políticos Latinoamericanos. Ya que, en todo caso, la sociedad más bien ha sido un testigo mudo, ya que siempre se halla deslindada de lo político. Dejando aquello, a quienes saben, o mejor, a quienes ostentan los conocimientos suficientes para decidir por otros, aun a costa de la voluntad de las mayorías[19].
Por ello mismo, Mario Magallón en este horizonte que aprecia a partir de la democracia, nos regresa al importante argumento de situar en su justa importancia el tema de lo público y lo privado en el proceso democratizador. Porque lo que vemos, en efecto, hoy en día es una proyección distinta y compleja en donde tanto lo público como lo privado se muestran situados en aparente mezcla a la entrada de la posmodernidad. Por ejemplo, apenas hace una treinta años, estos conceptos (público y privado) se regían por características inequívocas, es decir, lo público está afuera, y lo privado dentro. Sin embargo, hoy aquel margen que dividía tanto al uno como al otro se ha ido poco a poco polarizando, ya que, la nueva tecnología informática permite que uno y otro se confundan en el universo cibernético. Quizá el ejemplo más fehaciente sea Facebook y Twitter, vías de comunicación que si bien proyectan un lugar de discusión, también atentan con dejar la discusión en el plano virtual. No por nada algunos comentaristas se mofan al hablar de los revolucionarios de casa, de sillón, revolucionarios, en suma, de caricatura. Los cuales una vez pisando de nueva cuenta la calle, en donde se debaten los temas comunes, nada de lo dicho en la virtualidad se conserva, a más de que lo privado pasa a un dominio público, pero en forma de chismes o insultos de éste o de aquel personaje. En este sentido, a través de un texto revelador, breve pero sustancial, Hannah Arendt advertía también el problema que lleva la intromisión de los intereses privados en el dominio público, algo que en la actualidad vendría a ser un caso completamente efectivo en las redes sociales: “Lo que se necesita para la libertad no es riqueza; lo necesario es la seguridad y un lugar a salvo de las pretensiones del sector público. Lo que necesita el dominio público es estar a salvo de los intereses privados que se han entrometido en él de la manera más brutal y agresiva”[20]
De cualquier modo, creemos que aún es posible situar una línea en la cual es factible asistir a lo público como lo inmediatamente necesario para el bien común. Ahí donde el colectivo discute y promueve los problemas o dificultadas que competen a todos, es decir, a la comunidad. Sin embargo, hay que decirlo, también tendencialmente existen demarcaciones políticas que más que promover lo público, lo impelen. Y decíamos ya una: aquella que se justifica por el saber. O sea que se deja lo político para quien sabe de lo político con su respectivo lenguaje técnico. La otra, es quizá una de las más graves: la violencia. A través del miedo (gracias al robo en las calles, los secuestros, los asesinatos, etc.), en efecto, también se atenta contra lo público y por ende contra las garantías individuales en cuyo caso se encuentran también la libertad de expresión. No obstante, en el caos también hay resistencias. Y por supuesto, la pretendida a-politización de la sociedad civil no se ha cumplido, aunque la amenaza está latente. Sin embargo, en tanto que lo público aún vive, lo que nos aporta Mario Magallón en sus reflexiones, es precisamente tratar de permear el rescate de ese lugar importante para el sendero democrático, y ver así lo público como un bien común: “Se hace necesario reconceptualizar la esfera de lo público. Es más, podemos decir que éste se ha constituido en el debate central más importante de la teoría democrática”[21] A esto le va a agregar lo que sigue:
“Por ello, con mayor razón se requieren fórmulas innovadoras, originales e imaginativas que tengan la capacidad para renovar los viejos esquemas y enfrentar la ofensiva de la nueva derecha. Una vía podría ser el buscar establecer relaciones entre el Estado y la sociedad civil, e intentar romper la relación dicotómica entre lo estatal y lo privado e incorporar lo público como un espacio que garantice, en los diversos ámbitos de la vida colectiva, una información más amplia, como la participación y la descentralización de las decisiones.”[22]
Casi podemos afirmar que se torna urgente que se haga más plural la participación ciudadana en los hechos políticos[23], para que con ello se pueda incidir de modo directo en las decisiones que más aquejan a las mayorías. Entablar lugares en donde se establezcan estas relaciones de discusión política, vendría a ser un primer paso para articular una mejor e ideal democracia.

Conclusiones

Hasta aquí nos dimos a la tarea de revisar de manera breve, dos posturas filosófico-políticas de amplio espectro, importantes. Tanto la de Luis Villoro como la de Mario Magallón. En este caso, queda claro que no tratamos de agotar lo que ambos atores nos permiten pensar a su lado. Sin embargo, con lo visto, hemos podido apreciar que hay puntos en común entre ambos autores. En este caso, el tema de la democracia en conjunto con la utopía. Así, hemos considerado relevante este problema porque nos permite ver en la democracia un horizonte en el cual se defiende que la actividad política tienda hacia postulados ético-regulativos. Por ello, fue que la utopía, tal como aquí se ha ligado a la democracia, se entiende como una guía de propuestas políticas válidas, aunque ello no quiera decir que la utopía esté centralizada, ideologizada, como una norma que necesite objetivarse en alguna circunstancia cercana o lejana.
Así, apreciamos que ambos autores comparten en lo dicho, que la utopía es una idea más bien regulativa, que si bien irrumpe o discrepa con lo establecido, no puede caer en la trampa de forzarse a que se lleva a cabo, sin más ni más que por seguir un valor supremo. En un texto que vale la pena retomar, Mario Magallón ya tocaba el tema de la democracia como dimensión utópica señalando lo siguiente: “La democracia tiene una dimensión utópica porque se asocia con las aspiraciones de justicia, libertad, soberanía, equidad, participación, solidaridad, tolerancia, etc. Esta dimensión utópica de la democracia es la idea-fuerza a partir de la cual se han dado las luchas político-sociales por las que se busca superar las inconsistencias y contradicciones entre los postulados normativos de la democracia y sus limitaciones reales”[24]
Se nota con claridad, empero, que la utopía tiene la particularidad de ser guía, de estar ahí, en los proyectos políticos, es la idea-fuerza que permite superar lo que constriñe políticamente. Sin embargo, nunca se afirma que la utopía deba de hacerse efectiva en tal circunstancia. Por eso es una búsqueda, un horizonte. Y esta misma postura se encuentra colindando con la de Luis Villoro, porque en efecto, Luis Villoro al igual nos hace ver, que la utopía, al ser un pensamiento disruptivo, viene a dar el primer gran motor hacia la búsqueda de un anhelo, de algo mejor, más justo. Por ello la utopía es lo inmediatamente otro, ya que se desprende de lo que predomina, y que se considera inadecuado a los principios comunes, al bien común. Sin embargo, si la utopía se vuelve imperativa, entonces su fuerza cobra dimensiones incluso peligrosas. Porque, en efecto, con ello pasa de un sendero a otro, de lo que es disruptivo, a la ideología. Por lo cual, como dice Villoro: “Ningún régimen ha ideado una forma de dominación más perfecta que la transformación de una utopía en ideología. Al incorporar la utopía, la ideología impide cualquier salida de sistema de dominación. Incorpora los valores últimos y, a la vez, se constituye la única garantía de realizarlos”[25] Así pues, vamos a tener opiniones compartidas, en las que, se vierten vías para pensar en una democracia perfectible, que bien sea posible acercarse a ella, sin que ello quiera suponer una imposición doctrinaria. Tanto Luis Villoro como Mario Magallón, a partir de esta visión, nos dan cuenta de posturas democráticas que, no por difíciles de cumplir, no se deban buscar. Una democracia comunitaria, radical, que se halla en las consideraciones de Villoro, aún con todo, es perfectible y nunca estará completa, aun a pesar de que garantice un mejor modelo de organización y decisión política. Lo mismo Magallón, poniendo énfasis en el principio de lo público, de nueva cuenta colinda con Villoro, porque ahí, donde el consenso y el disenso se tornan fundamentales en un órgano dirigido para la vida democrática, se encuentra la comunidad y la diversidad. En todo caso, lo público, como atestigua Magallón: “Lo público nos indica, por lo anteriormente señalado, lo opuesto y es, al mismo tiempo, un mundo común, entendido como comunidad de cosas y objetos que nos unen, agrupan y separan, a través de relaciones imposibles de fusionar. La esfera pública es indesligable de los conceptos de libertad y distinción y se caracteriza por la igualdad”[26] por lo tanto, según lo que hemos revisado de manera breve, tenemos sin duda dos propuestas que, vale decirlo, bien se pueden complementar para pensar y/o reflexionar en torno a la democracia desde América Latina.


Bibliografía
Cerroni, Umberto, La libertad de los modernos, ed. Martínez Roca, Barcelona, 1968
Emmerich, Gustavo Ernesto, coordinador, Las elecciones en la ciudad de México, 1376-2005, ed. UAM, México, 2005 
Ibargüengoitia, Jorge, Viajes en la América Ignota, ed. Joaquín Mortiz, México, 1972.
Magallón, Anaya Mario, La democracia en América Latina, ed. UNAM. México, 2008.
Magallón, Anaya Mario, y Cerutti Guldberg Horacio, Historia de las ideas latinoamericanas ¿disciplina fenecida?, ed. Juan Pablos, UCM, México, 2003.
Mooney, Michael y Stuber, Florian, compiladores, Los humanistas y la política, alicientes en tiempos difíciles, ed. FCE. México, 1984.
Morales, Cesáreo, Un día después, legitimidad y democracia, ed. Porrúa, México, 2000.
Negri, Antonio, La fábrica de porcelana, ed, Paidós, Barcelona, 2008
Villegas, Abelardo, Democracia y dictadura, ed. UNAM, México, 1987.
Villoro, Luis, El poder y el valor, fundamentos de una ética política, ed. FCE. México, 1997.













[1] Remito al lector a un libro detallado en lo tocante al tema de los comicios, a partir de la propia Revolución francesa, para apreciar como su sustento siempre ha conllevado la imperfección, titulado: La Revolución francesa y las elecciones, de Patrice Gueniffey, ed. FCE. México, 2001.      
[2] Cabe destacar que un libro importante y que antecede a El poder y el valor…, es Creer, saber y conocer, libro en el cual, Villoro desplegó el aparato epistemológico que tendrá su continuidad en el proyecto filosófico-político. 
[3] Gustavo Ernesto Emmerich, Las elecciones en la ciudad de México, 1376-2005, ed. UAM. México, 2005, p.16.
[4]Cfr. Cesáreo Morales, Un día después, legitimidad y democracia, ed. Porrúa, México, 2000, p. 1.
[5]Cfr. Luis Villoro, El poder y valor, fundamentos de una ética política, ed. FCE. México, p. 347.
[6] Véase para profundizar en el tema de la cesura entre la modernidad y la posmodernidad, el libro de Antonio Negri, titulado: La fábrica de porcelana, ed. Paidós, Barcelona, 2008.
[7] Luis Villoro, El poder y el valor, fundamentos de una ética política, ed. FCE. México, 1997, p. 338.
[8]Ibídem, p. 339.
[9]Umberto Cerroni, La libertad de los modernos, ed. Martínez Roca, Barcelona, 1968, p. 106.
[10] Luis Villoro, op. cit., p. 340.
[11]Ibídem, p. 205.
[12]Ibídem, p. 243.
[13]Ibídem, p. 245.
[14]Ibídem, p. 359.
[15] Mario Magallón, La democracia en América Latina, ed. UNAM. México, 2008, p. 223.  
[16]Ibídem, p. 104.
[17] Jorge Ibargüengoitia, Viajes en la América ignota, ed. Joaquín Mortiz, México, p. 216.
[18]Mario Magallón, op. cit., p. 134.
[19]Cfr. Abelardo Villegas, Democracia y dictadura, ed. UNAM. México, p. 10.
[20] Hannah Arendt, “Los derechos públicos y los intereses privados”, en Los humanistas y la política, alicientes en tiempos difíciles, ed. FCE. México, 1984, p. 118.
[21]Ibídem, p. 356.
[22]Ídem
[23] Por el momento tenemos el referéndum y el plebiscito, pero faltan a demás sitios públicos promovidos por la propia sociedad civil, para que se ejerza, por medio del diálogo, la participación política con el fin de reforzar la cultura democrática.    
[24] Mario Magallón Anaya, “Ideas filosófico-políticas en América Latina”, en Historia de las ideas latinoamericanas, ¿disciplina fenecida?, en coautoría con Horacio Cerutti Guldberg, ed. Juan Pablos y UCM. México, 2003, p. 74.
[25] Luis Villoro, op. cit., p. 220.
[26] Mario Magallón, op. cit.,p. 67.

La sombra de Prometeo

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