La resurrección de Dioniso

Por E. Ruiz


Ser despreciable, aberración de la vida humana y negación del poder de Dios. Es el Demonio el ser que se encuentra más cerca del hombre, pues Dios le desterró y lo arrojó -con nosotros- aquí donde el latir del corazón conforta al dar calor y deseo ¿será que los tambores del infierno están más cerca que las arpas celestiales?

Es la figura mítica de Lucifer quien más se encarna a nuestra naturaleza, reivindica los instintos más puros del hombre: las pasiones bajas, el desenfreno, el placer y la desobediencia; pero también es el ser divino-dividido, mutilado, fragmentado; el que demanda y se consagra como un adversario, donde su derrota imprime la fuerza natural del dáimôn.




No es de extrañar que al Diablo se le represente con cuernos, rabo y patas de animal, pues eso nos recuerda nuestra naturaleza primigenia. El animal que no aceptamos en nosotros mismos; el animal que requiere la domesticación; el animal que debe dejar de ser animal para ser hombre, es la parte prohibida que no queremos y a la que debemos renunciar; sin embargo, esos elementos son inherentes a un instinto del cual nunca podremos huir.

¿No fue, según la fábula, el Demonio quien tentó al hombre, quién le hizo pecar en un acto de rebeldía contra el creador, contra el padre? ¿No es acaso una manifestación de libertad? El hombre se desprende de la determinación de criatura de Dios para convertirse en creador. 

El acto es trascendente, pues en la misma fábula, la desobediencia otorgó libertad, reconocimiento de sí mismo al responder con un ¡Sí! al ¡No! de la orden divina, lo cual, como sabemos, originó el correspondiente castigo por parte del “supremo”. A partir de ese momento se crea una moralidad, un supuesto reconocimiento del bien y del mal, así como la libertad de elegir entre uno y otro, en otras palabras, al hombre se le hace culpable y responsable de su arbitrio, lleva siempre consigo el estigma del infortunio y el pecado para grabar con fuego la desobediencia y el miedo a la rebeldía.
 
Ese Dios se fortalece con la cobardía y la mezquindad, invierte la condición al imponer: “¡Si quieres ser hombre debes dejar de ser bestia!” – ¡Arráncate los cuernos, las patas y la cola!-. Impone: -¡No seas un animal, despréndete de tus pasiones, de tus bajos instintos, de tus deseos, apetitos, placeres, tentaciones; aprende a no querer, a despreciarte, a tener miedo de tu animalidad; separa y entierra en ti esa aberrante naturaleza que dice ¡Sí! al no y ¡No! al sí! Para Dios eres culpable y le gusta condenar la rebeldía.



Luzbel, héroe épico, se asume como adversario contra la tiranía absolutista de Dios, es parafraseado en grandes personajes de la historia, siempre asumidos como el mismo Demonio encarnado: ¡Qué necesarios son Nerón y Napoleón! ¡Nietzsche y Baudelaire!

Dios se empeña a lo largo de la historia a condenar a Satán, de hacerlo ajeno, repulsivo y malvado, hace olvidar a los jueces e inquisidores durante toda la edad media, ¿qué habría sido de la humanidad si ese espíritu demoníaco no trajera su criatura a nosotros? La bruja, antítesis de la virgen, mujer perversa, lasciva, entregada al placer y al engaño de los incautos. Son ella y Satán la antítesis necesaria para consagrar lo prohibido por medio de la transgresión a lo establecido; irrumpir en el orden inquisidor y burlarse con risa sardónica de todos los cristianos miserables. El poder de la bruja radica en su cuerpo, en los conjuros con hierbas, en el ardid. La bruja es un médico natural, enamora y seduce, mientras la virgen es victima de una violación celestial, recoge a su hijo muerto y consagra su pureza en la castidad que el dedo de Dios escribió.

El gran aquelarre Medieval es la reivindicación que el Demonio lleva al hombre como un regalo frente a la dictadura cristiana. Remembranza del Ditirambo y de las fiestas báquicas. El Diablo y sus sacerdotisas se esfuerzan por otorgar sentido al cuerpo y a la tierra en sus ceremonias, en consagrar y transgredir la moral de la Iglesia, de Dios y de Cristo. Pero es en este momento cuando nuestro héroe épico se convierte en un romántico: se hace viejo. Satán pierde su herencia griega y romana, es ahora un ser agotado –Satán sólo se puede validar en relación a Dios- más calculador y racional, astuto y hábil. Se ha vuelto cristiano.




Nuestro Demonio romántico busca la manera de invertir su condena, sin embargo no puede validarse fuera de Dios, y ese Dios puede hacerlo en todo, hasta en sus antípodas.

Debemos respeto a la figura mítica del Demonio. Guerrero de las sombras que ha llevado en constantes ocasiones luz a los hombres. Gran heredero de Dioniso que el tiempo cristiano le envejeció, tal vez debamos dejarlo morir, tal vez no requerimos nuevos dioses sino nuevos demonios, un Dyonisos redivivus.


Somos más demoníacos que divinos, somos más animales que hombres, aunque nuestra cultura -educación cristiana y milenaria nos diga lo contrario- nos hace culpables de sentirnos libres, de ser libres y pronunciarnos en contra de la autoridad. Porque el ateo al igual que el Diablo, sólo se afirma en relación con lo que niega. Ese es el triunfo de la religión judeocristiana que funda al Estado moderno, amparada en la valoración de un mundo aparente, ilusorio y lineal, otorgando libertad después del mundo terrenal, pues aquí somos y debemos permanecer como esclavos. La recompensa divina es análoga a los valores democráticos. Un reino en la tierra que busca reivindicarse con las banderas del amor, la humildad, la caridad y la justicia impuesta por medio de la verdad sagrada, que no sólo permitió crucificar a su hijo, sino a toda la humanidad que la venera.




La sombra de Prometeo

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