La propuesta de Luis Villoro: hacia una democracia comunitaria vista desde Los retos de la sociedad por venir


Luis Manuel Veloz.




   Oswaldo Díaz Ruanova en su libro Los existencialistas mexicanos, rememora la anécdota aquella cuando el legendario grupo Hiperion se empezaba a separar, ya que justo en aquel tiempo, José Gaos para hacer todavía más ruido, aseguró de ellos que, si bien era cierto que todos los integrantes del grupo tenían talento, mucho talento, y agudeza y arte de ingenio, algunos de ellos tenían genio, pero también mal genio[1].
Luis Villoro, que fue un destacado integrante de aquel grupo que hiciera suya la imagen mitológica del Titán Hiperion, hijo de Gea y Urano, ciertamente fue un hombre de genio, aunque no de mal genio como lo han constatado muchos de sus allegados, e incluso, los no tan allegados. Luis Villoro, en efecto, fue un personaje complejo pero siempre afable, sin la soberbia que suele caracterizar a intelectuales de su talla, y esto lo decimos porque como pocos filósofos, Villoro se dio el lujo de transitar por distintas disciplinas filosóficas sin restarles mérito ni rigor a ninguna de ellas. Sólo por hacer una referencia, el existencialismo; la fenomenología, la filosofía analítica, la filosofía política o el marxismo, entre otras, fueron vertientes en las que Villoro incursionó, siempre dando su aportación a cada una, sin que ello implicara dejarlas en el olvido, o hacerlas a un lado.


   No por nada Ruanova subraya que a Villoro: “Los marxistas lo respetaban por su autoridad. Los religiosos los tenían por uno de los suyos. Los positivistas lógicos lo vieron como un conocedor que era conveniente consultar. Los hegelianos siguieron sus indicaciones.”[2] Pero a pesar de todo, un tema que aflora como una preocupación del filósofo desde su filiación como Hiperion y hasta los últimos días de su vida, como hizo notar Juan Villoro en la última carta que le dedica a su padre (publicada en La Jornada), fue la política.

   Villoro nunca fue ajeno a la complejidad y a la vez a la decadencia y exclusión que guarda el sistema político mexicano de ciertas clases sociales. Y en este sentido, Los grandes momentos del indigenismo en México (1950), es un ejemplo de ello, ya que es un libro que no sólo busca situarse en el horizonte de reflexión de un grupo importante en la esfera social, como son los indígenas, sin tomar a éstos  como si fueran un simple objeto de estudio a los que había de dedicarles algunas páginas dignas, sino que, al contrario, lo que se proyecta en su argumentación filosófica es una preocupación del autor en cuanto a la relación y el reconocimiento (marginal) que de ellos se tiene bajo una ideología política imperante que incluye-excluyendo, y que tiene raíces hondas desde la conquista. Por ello, el estudio de la lucha por el poder y el reconocimiento que se revelan en las páginas del libro, se refuerzan con documentos históricos de por ejemplo, Bernardino de Sahagún, Las Casas, entre otros, además de un arsenal de conceptos filosóficos del existencialismo francés; todo ello, orienta por supuesto hacia una lectura política del indigenismo en México, sin que se ello quiera decir que Villoro fuera un indigenista, como vulgarmente se hace la mención.
Pero esto no quedo ahí, fueron muchos los años en que Luis Villoro tuvo la oportunidad de ir formando, modificando y madurando su pensamiento filosófico-político en distintas problemáticas. Así, a poco tiempo después que se diera el levantamiento armado en Ocosingo y San Cristóbal de las Casas, Chiapas, (1994) Villoro da a conocer un libro en el cual se vierten sus análisis filosófico-políticos en el que se propuso, de manera general, la elaboración de un plan sistemático que permitiera la reincorporación de la ética en la política[3]. En efecto, El poder y el valor, fundamentos de una ética política (1997), es el fruto de años de estudio a los que Luis Villoro dedicó a dar repuesta a cuestiones preponderantes que podemos resumir así: ¿cómo llevar la ética a la política con el fin de evitar que ésta se comporte como una simple técnica del poder (como si fuera una razón instrumental), y además, bajo qué condiciones y circunstancias históricas sería viable? Es claro, sin duda alguna, que este libro significó a penas a poco tiempo de su publicación, una de las aportaciones más originales y destacadas en el ámbito de la filosofía política, elaboradas desde Latinoamérica por un filósofo mexicano abocado a pensar no sólo la universalidad, sino también la circunstancia histórica y política a la que perteneció. No obstante, diez años después, diez años de margen temporal y de descalabros políticos, aparece otra obra, pequeña aunque también densa en contenido y alcances: Los retos de la sociedad por venir.


   Efectivamente, Los retos de la sociedad por venir, ve la luz en el año 2007. Diez años lo alejan de El poder y el valor…, pero no la línea problemática. Incluso, se podría afirmar sin temor a equívocos, que Los retos de la sociedad por venir es un libro que tiene la intención de completar al escrito de 1997. Dividido en cuatro apartados, Los retos de la sociedad por venir aborda los siguientes temas: 1) La justicia, 2) la democracia, 3) el multiculturalismo, 4) y  finalmente el libro cierra (a modo de apéndice) con un escrito importante, que tiene por meta problematizar dos puntos sustanciales: el concepto de lo racional por un lado, y el de lo razonable por el otro. A continuación, nuestra labor se concretará en abordar brevemente el segundo capítulo.

   Para Villoro, hablar de democracia, y además elaborar una crítica de su procedimiento, es entrar de lleno a la reflexión de la política. Sin embargo, antes de dar pie al problema de la democracia, Villoro empieza su análisis y crítica por un problema central: el concepto de justicia, tomando como eje la tesis que fuera propuesta por John Rawls en su Teoría de la justicia, la misma, que un amplio rango podríamos señalar como una justicia de tipo formal. Con esto resultará que la funcionalidad de la justicia desde la lectura que hace Villoro de Rawls, es un armado teórico que partiendo del esquema filosófico kantiano, asume nuestro filósofo mexicano, olvida a las singularidades concretas despojándolas con ello de todo lo que las hace diferentes con el fin de igualarlas en un plano meramente vacío, que no es otro, que el sujeto puro de la razón práctica, sujeto ajeno, pues, al sujeto empírico de carne y hueso. Ahora bien, iniciar un libro por el problema de la justicia, y además que éste sea el más extenso de todos los capítulos, no es gratuito, ya que Luis Villoro al descomponer el mecanismo que estructura la justicia desde la postura deontológica manejada por Rawls, y además proponer un reflexión desde el punto de vista negativo (la injusticia) lo hace con el fin de dejar en claro que dicha justicia formal, sólo es compatible con una democracia liberal, individualista, propia del Estado-nación moderno. Este será el puente, en efecto, que le permite a Villoro continuar de lleno con el problema de la democracia. Ahora bien, si en El poder y el valor…, el filósofo ya había puesto los puntos sobre las íes de una democracia radical, comunitaria, en este segundo libro, no sólo va a continuar en la misma dirección, sino que también le va a agregar un nuevo elemento: el republicanismo, o bien, un republicanismo renovado como también le llama. Vamos a ver, así, que en esta vía la propuesta de instaurar la democracia comunitaria, como opuesta a la democracia liberal, empieza a tomar un enfoque más completo que no pudo cerrarse en el libro de 1997.



   Como comenta Bobbio, es posible hacer muchas definiciones de la democracia, pero en el fondo, como “modelos” generales tenemos dos, la que será identificada por el filósofo italiano como la democracia de los antiguos, es decir, la democracia directa, y la democracia de los modernos, la representativa[4], que sería la única realmente practicable hasta hoy en día y que tiene para el filósofo y jurista italiano ciertas condiciones que resume a partir de lo que denomina una democracia mínima. De cualquier manera, Luis Villoro, en Los retos de la sociedad por venir, va a poner en tensión precisamente estos dos modelos, pero partiendo de un enfoque distinto, ya que subraya primeramente que la democracia directa no es una práctica política que se diera únicamente en la sociedad griega antigua, que es en la que piensa Bobbio al hacer está división en dos modelos. Por ello mismo Luis Villoro nos dirá que la democracia directa, al igual ha sido asumida como una práctica política que igual fue puesta en marcha en las comunidades o pueblos indígenas antes de ser occidentalizados. Incluso en la marginalidad, por decirlo de algún modo, una vez que se concreta la colonización, la democracia comunitaria o directa siguió resistiendo al tiempo y a la opresión en algunas comunidades indígenas como es el caso de la maya:

“Es después de la independencia cuando las comunidades sufren su mayor daño a manos de las políticas liberales. Aun así, pervertidas a menudo por la emergencia de nuevos caciques, por la intromisión de funcionarios y de partidos políticos nacionales y por la corrupción de la sociedad de consumo, las formas de vida comunitarias se presentan como un ideal de asociación que se funda en la tradición y al que tratan de volver constantemente”[5]

   Pero no sólo en América Latina (entre las que destaca además de México, Bolivia, Perú, Ecuador) sino también Luis Villoro nos habla, poniendo por caso, del África negra, en donde algunos pueblos en concordancia con los indígenas latinoamericanos, han mantenido formas diferentes a la democracia liberal occidental, como sucede con la propuesta de Kwasi Wiredu, que es conocida con el nombre de democracia consensual. Dicha democracia consensual  implica, entre los comunitarios africanos, un diálogo en donde no juega el papel preponderante la mayoría cuantificable, o sea: el uno, más uno, más uno, o la tiranía de la mayoría como diría Tocqueville (La democracia en América), sino el consenso razonado.

    Para Villoro, a decir verdad, esto no es más que un ejemplo que manifiesta la existencia de otras formas de organización y consenso político diferente completamente al occidental. Sin embargo, no se puede decir que nuestro filósofo caiga en la ingenuidad de ver en aquellas prácticas una vía transparente para trasladarlas tal cual son (en sus comunidades) a los modelos de convivencia política con otras circunstancias diferentes incluso de tipo económico, como es el caso del capitalismo globalizado que domina en la contemporaneidad. Pero lo que sí hace Villoro, es acentuar que los principios que guían tanto a la democracia comunitaria como a la consensual, proveen antes que nada un tipo de asociación valiosa apreciada desde un carácter ético regulativo para la práctica política, que no se da prioritariamente en el Estado-nación moderno. Entre los puntos que señala tenemos: 1) una prioridad de deberes con la comunidad, 2) el servicio que obliga a todos hacia un bien común, 3) la realización del bien común a través de la participación de todos en la vida política (mandar obedeciendo), 4) que las decisiones se tomen como meta regulativa, expresando todos su opinión, con el fin de acercarse cada vez más al consenso. Lo que se busca en el fondo, hace explicito nuestro filósofo con estos puntos, sería la no exclusión.   



   Así se puede apreciar sin duda alguna que lo que va ir desmenuzando Luis Villoro, es la prevalencia del bien común al individual. Pero decíamos, Villoro sabe bien que no se trata de trasladar una democracia con las características antes mencionadas a otras circunstancias, y no es así, justo porque las condiciones de territorio además de las económicas son distintas. Una democracia comunitaria, en sentido estricto, sólo es posible de practicar en un espacio pequeño, donde la mayoría se conoce, no en las grandes urbes, o en las grandes naciones. Pero a pesar de todo, el tipo de democracia comunitaria, cabe decirlo, se mantiene como una idea-fuerza que permite apreciar un horizonte distinto a la práctica de la democracia realmente existente, o bien, “la cruda realidad” como irónicamente le llama Bobbio.[6] Así, lo que replantea Villoro va a tomar un camino teórico por la ruta hegeliana del levantar (Aufhebung), que implica, justamente, superar conservando. En efecto, lo que nuestro filosofo intenta, es llevar la democracia comunitaria al nivel de la democracia moderna. ¿Cómo? Combinándola con una vieja tradición que nace en el seno mismo de occidente: el republicanismo. A partir de aquí, Villoro encuentra que el republicanismo mantiene vasos comunicantes con la democracia comunitaria aunque también tenga diferencias sustanciales. Por ello, el replanteamiento conceptual de un tipo de forma política que puede ser viable en un espacio territorial amplio, es de suma importancia para Villoro. El republicanismo, como lo aprecia nuestro filósofo, posee características que lo hacen posible, además de que pugna por una recuperación de la vida comunitaria, y, como lo pensara Maquiavelo en Los discursos sobre la primera década de Tito Livio, se tiene que subrayar que en el republicanismo el papel del pueblo no se deja en el estatuto ornamental, sino que tiene una participación completamente activa (recordemos la inclinación que tiene Maquiavelo hacia un gobierno mixto, en donde la democracia es parte fundamental de su permanencia). Al igual, el republicanismo, a diferencia del liberalismo, promueve la diligencia del Estado hacia los valores comunes y virtudes cívicas, con lo que se tiende a subordinar así, el bien individual al común. No obstante, al mismo tiempo vamos a tener discrepancias con el modelo de democracia comunitaria, toda vez que el republicanismo moderno se da ligado completamente al nacimiento del Estado-nación, y con ello al de burguesía. Aquí es donde tenemos un tropiezo. En este sentido es que se incide la discrepancia del republicanismo con la democracia comunitaria, ya que el republicanismo promovido por la burguesía que tomaría el poder en el siglo XVIII tendería a convertirse prontamente en un proyecto de homogeneidad política, propia de una idea patriótica y nacionalista en el que los únicos beneficiados a la larga, fueron ellos (los burgueses). Así, se dejaría finalmente intacta la supremacía del bien individual ante el bien común.  Por ello mismo, en la reinterpretación de Villoro, cabe la posibilidad de conservar y a la vez superar, en una nueva visión del republicanismo, un republicanismo renovado, que apunte hacia una idea que tienda a anular al Estado-nación (homogéneo), para pasar al Estado-plural. Un Estado-plural en el que no sólo proyecté la cercanía del poder político al pueblo, sino que también se reconozca la autonomía de los pueblos así como sus diferencias. Con esto se da el camino contrario a la democracia representativa, que, a decir de Bobbio, es la renuncia, en coincidencia con Villoro, de la libertad como autonomía.



   En términos generales, lo que se busca como se puede intuir con esto último, es desarticular el poder vertical por un poder horizontal. O bien, lo que se conoce como el poder desde abajo. Un propuesta sin duda interesante y a la vez tentadora para quienes bajo tal perspectiva vean en la lectura de esta obra filosófico-política de Villoro, una interpretación y ajuste de cuentas que se haya fuertemente influenciada por el pensamiento anarquista, justamente como se dio en la etapa prerrevolucionaria con los Flores Magón. Para Villoro, la autonomía, base del anarquismo, en sentido estricto tendría que otorgarles a los pueblos la potestad de la autodeterminación sin coacción ni violencia por parte de un mando único. Esto es algo que ya había señalado el filósofo en el Estado plural, pluralidad de las culturas, cuando opta completamente a favor de la autonomía de los pueblos indígenas. Y toma como ejemplo, por supuesto, el de los zapatistas en Chiapas. Con esto, vamos a tener que se está apostando, tanto en la teoría como en su objetivación práctica en tanto que proyecto político de nuevo alcance, por una conjunción entre un republicanismo renovado (resemantizado) acorde a la era de la globalización, con una democracia comunitaria, una democracia que desde otra perspectiva, como se dijo arriba, Villoro tiende a situarla como la democracia radical.                                                                                                                      
                                                              




[1] Cfr., Oswaldo Díaz Ruanova, Los existencialistas mexicanos, ed. RGS. México, 1982, p. 216.
[2] Ibídem, p. 208.
[3] Un año después (1998) de que apareciera El poder y el valor… Luis Villoro publica otro libro que reúne una serie de ensayos que tocan diversas problemáticas de la filosofía política y de la cultura, titulado, Estado plural, pluralidad de las culturas, que también guarda sin duda alguna una relación importante con Los retos de la sociedad por venir  
[4] Cfr., Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, ed. FCE. México, p. 33.
[5] Luis Villoro, Los retos de la sociedad por venir, ed. FCE. México, p. 119.
[6] Cfr., Norbeto Bobbio, Op. cit., p. 27. 


La sombra de Prometeo

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