Luis Villoro: hacia una perspectiva ético-política del multiculturalismo.

Por: Luis Veloz.

Introducción.

Desde hace algún tiempo, uno de los conceptos que más polémica ha generado en el marco de la filosofía política, es el de multiculturalismo. Por ejemplo, tenemos el caso del filósofo italiano Antonio Negri[1], quien ha enfocado su crítica a este concepto arguyendo que lo que se está glosando con él, no es más que una estrategia, una razón pragmática de dominación, o lo que es lo mismo, una extensión abigarrada del capitalismo global con la cual se hace presente su intervención (pacifica) en la polaridad cultural y étnica a partir de la apariencia de la inclusión, ya que el mercado así lo exige. En este caso, Luis Villoro, partiendo de la polémica (como los que acusan de ser al multiculturalismo un juego más de la doctrina liberal) que se ha gestado en torno al concepto, ubica de nueva cuenta el esfuerzo por aclarar, más bien, qué es lo que guía al multiculturalismo desde su punto de vista, y qué razón de fondo se dilucida como posibilidad en el horizonte político actual, sin que ello se entienda como una práctica que tiene de ordenador al capitalismo globalizado, sino más que nada en un sentido de resistencia (a la opresión), convivencia y finalmente (que es la intención primordial) para recobrar la autonomía por parte de los pueblos que se encuentran al interior del Estado-nación, lo que implicará, en última instancia, establecer un nuevo concepto de Estado al que Villoro llama un Estado plural.
Así pues, partiendo de la perspectiva de nuestro filósofo mexicano, tenemos en lo que sigue dos instancias a tratar: 1) qué es el multiculturalismo, y 2) cuál es su papel político que puede desempeñar en nuestros días. Por lo tanto, los párrafos que siguen a continuación están enfocados a dar una breve revisión del concepto de multiculturalismo, teniendo como guía los dos puntos anteriores. Pero para empezar, daremos parte a lo que precisamente es la antítesis del multiculturalismo con el fin de apreciar mejor las diferencias entre un campo y otro.

1.- El punto de partida: La formación del Estado-nación.

Empezar por hacer una breve revisión de lo que se encuentra de fondo en la construcción del Estado-nación, no es gratuito, al contrario, ahí es donde radica la piedra de toque que da pie a la propuesta o contrapuesta multicultural. Así pues, antes de dar paso al problema de la multiculturalidad, empezaremos primeramente por aquello que compete al proyecto de la homogeneidad que busca el Estado, ya que es la antítesis de la pluralidad o multiculturalidad. Al respecto,  Luis Villoro detectó perfectamente lo complejo que es el ahondar en este tema, máxime cuando se trata de ir en contraflujo. Esto es, en contra de lo establecido políticamente dentro del marco de la integración de lo diferente bajo una sólo vía, que es la que se sustenta en el Estado-nación. En un libro que data del año 1998, titulado: Estado plural, pluralidad de las culturas, nuestro filósofo mexicano ensayó algunas de sus primeras aproximaciones al respecto de un proyecto político distinto al del Estado moderno homogéneo. Por ello, es que le dedica un buen espacio para dilucidar cómo fue su construcción, y en qué sentido radica la crítica de dicho procedimiento político que se impone al final por la fuerza. Antes que nada, nos recuerda Luis Villoro, en efecto, que lo que hoy conocemos como el Estado-nación es un proyecto histórico demasiado reciente en la historia de Occidente. Así que, antes de ir al fondo, me gustaría citar un párrafo del “Prólogo” a dicho libro, porque me parece que condensa en pocos renglones cuál es el margen al que piensa ceñirse en su proceder crítico-reflexivo nuestro filósofo.
“Dos ideas forman parte de la  modernidad; ambas derivan del concepto de una razón universal y única, igual en todos los hombres  y en toda época. El Estado-nación es la primera. El Estado-nación es la primera. El Estado-nación es una construcción racional; el mundo entero es, para el pensamiento moderno, un escenario donde se enfrentan Estados soberanos. El progreso hacia una cultura racional es la segunda idea. Porque sólo hay una cultura conforme a la razón: la occidental, de raíces griegas y cristianas; las demás tienen valor como estadios en evolución hacia esa cultura superior.”[2]
Con lo anterior, nos perece claro la intencionalidad de Villoro, ir al fondo del problema implica necesariamente hacer una revisión crítica, primero que nada, del Estado y la razón occidental en la cual descansa. Visto así, podemos preguntar ¿en dónde se origina esto? Siguiendo a Villoro, hay que recordar por supuesto que nación y Estado no siempre estuvieron vinculados. El Estado (moderno) es una segunda construcción, o una construcción de segundo orden. La nación por el contrario, se constituye antes bien como una agrupación entre individuos en donde lo primero que tienen y conservan es el conocimiento y el sentir de pertenencia a partir de su tradición o sus tradiciones. Dicho de otro modo, la nación recurre al pasado, a la configuración de prácticas con las cuales se manifiesta un arquetipo subjetivo de identidad. Dice Villoro: “Nación” no siempre estuvo ligada a “Estado”. Su noción tradicional, anterior a la época moderna, no implica necesariamente soberanía política. Muchas naciones podrían coexistir bajo el mismo imperio o reino sin más vinculo político entre ellas que el vasallaje a un soberano común.”[3] En efecto, la idea de nación más bien estuvo escindida de los proyectos políticos homogéneos antes de la modernidad, en tanto que no había necesidad de ello dado que la dominación era efectiva se daba a partir de un mando único. De este modo, los grupos, pueblo o etnias, conservaban en gran medida sus tradiciones (como sucede el Imperio romano) y como dice Villoro, su única relación consistía en ser vasallos de un soberano, o de un poder político específico. Sin embargo, esto no indica que los pueblos estuvieran completamente ajenos el uno del otro, ya que como también recuerda Villoro, muy pocas culturas han permanecido aisladas en la práctica, sin relación alguna, o sea, que no hayan influido recíprocamente entre ellas.[4]
En todo caso, lo que apreciamos es que hay ejemplos en que se puede denotar que la nación de alguna manera ha precedido al Estado. Por ello, no es raro que la idea de Estado más bien haga una abstracción completa de su pasado, abstracción que indudablemente implica un alejamiento de su origen, lo que no sucede con la nación.
Entonces, el Estado tiene un punto de partida, cierto, pero teóricamente como diría Hobbes, se puede acotar desde un plano meramente intelectual, un ejercicio de la imaginación. Efectivamente, sólo por especificar, el paso del estado de naturaleza a la sociedad civil, viene a ser el mejor ejemplo de ello. Porque, de manera concreta la propuesta teórica que en este caso postula Hobbes o bien, el propio Locke, no tienen un sustento en la realidad; digamos que no contrastan su hipótesis con documentos históricos que den cuenta de su tesis. Más bien cada uno piensa en un modelo de Estado, en donde hay claras diferencias entre los dos pero también coincidencias en el fin que persiguen[5], como por ejemplo, eliminar el derecho divino, entre otras más. Ahora bien, para Hobbes, es evidente que el estado de naturaleza compete al lugar sin ley. No hay validez, ni siquiera moral (mucho menos jurídica), donde no hay un Estado. Sólo en el momento en que se da el tránsito de un punto a otro, es que se puede hablar de leyes, y por consiguiente de la validez de ellas. De tal modo que el estado de naturaleza representa más bien un choque en donde cada individuo está a merced del otro, por ello la vida no está garantizada ahí, no hay protección, así que el estado de naturaleza es un estado caótico, en donde lo que reina es la desventura, y por decirlo de alguna manera, el miedo.
En Locke, por el contrario, el estado de naturaleza es un estado ideal, un verdadero ejemplo de lo que se ha denominado comunismo. Será sólo hasta que empiezan las rencillas por la acumulación de la propiedad privada, o sea, en donde un grupo o familia empieza a acumular más que otros, que se inicia la hostilidad. Sólo hasta que se da esto, es que hay necesidad de pactar, y de que una entidad superior establezca el orden, con el único fin, como dice Locke, de conseguir la paz, la seguridad y el bien común[6]. Las teorías clásicas contractualistas, así visto, no hablan de un pasado identitario por parte de las familias o grupos humanos que se encuentran en el estado de naturaleza, más bien parten por una hipótesis explicativa que les permite plantear un proyecto político desde cero. El Estado a partir de esta vía, no tiene un pasado explicito, por el contrario, se manifiesta más bien como una necesidad política que se constituye por la razón y se consolida con la fuerza. Por ello será, como de nueva cuenta refiere Villoro, hasta la entrada de los siglos XVIII y XIX que el proyecto político de Estado empieza a transformarse:
“El Estado-nación moderno logra su consolidación definitiva con las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX.  La soberanía no se adjudica ya a una persona o grupo, sino a la totalidad de los “ciudadanos” que componen una nación. La nación no se concibe separada del Estado soberano ni éste de aquella. Siguiendo el contractualismo en boga, el Estado-nación es concebido como una asociación de individuos que se unen libremente por contrato”[7]     
Notemos aquí, que sobresale el concepto de ciudadanía, y notémoslo bien ya que dicho concepto sirve efectivamente para despojar de las diferencias que poseen los sujetos miembros de las comunidades. Con lo cual se procede a arrebatar la singularidad para proceder a la unidad: “El ciudadano es una creación del nuevo orden político, como lo es el Estado-nación homogéneo”[8].  En Hobbes, es muy claro incluso cuando se da el rechazo del concepto de multitud, porque la multitud para él es una masa humana indiferenciada. La solución, para este problema, se da una vez que la multitud pacta (y posteriormente contrata[9]) con el soberano, con lo cual pasa a convertirse en pueblo. El pueblo es, en Hobbes, un concepto que reúne y homogeniza lo diferenciado y que en última instancia se identifica con quien ostenta la soberanía: el monarca. De ahí que Luis Villoro nos diga, por su parte, que el Estado-nación moderno, procede y camina una vez que niega las diferencias, en el sentido de que realiza una negación de lo extraño, de lo que no conforma su arquetipo imaginario. Por lo tanto, el Estado-nación al iniciar de cero, implementa el camino de la inclusión-exclusión. Por lo tanto: “… tienen que inventarse una asociación más amplia, por encima de las comunidades a las que pertenecieron sus antecesores, en la cual pueden reconocerse. Sustituye así a las comunidades vividas con otra inventada. (…) En este sentido, el Estado-nación es una “realidad imaginada”, según la expresión de Benedict Anderson.”[10] Es aquí en donde surge la oposición, porque el proyecto político gestado en la construcción del Estado-nación moderno, digámoslo así, ha sido un proyecto que ha dejado a la deriva la diferencia específica que existe entre las comunidades y pueblos que la componen. Como dice Villoro, nadie les pregunto a los pueblos indígenas que habitan en el espacio geográfico de México, si querían ser parte del proyecto de Estado.  Lo que se dio en cambio fue una negativa, un procedimiento forzado que arrastra a su vez la injusticia histórica, la marginación y el desprecio; con este problema por delante, lo que intenta nuestro filósofo mexicano es sustentar un proyecto político de nueva monta, partiendo por supuesto de lo que a su vez ya aportaron filósofos  como Kymlicka o Charles Taylor, pero dando su propia visión del tema; tarea ardua y muy actual si tenemos en cuenta la época en la que vivimos en México, con tanta violencia generalizada, exclusión y asilamiento de minorías étnicas.
Sin embargo, cabe que señalar que Villoro en la propuesta que asume no toma al pie de la letra una sola visión del multiculturalismo (como la anglosajona que se cultiva en las universidades norteamericanas), sino más bien lo que intenta hacer, es una reinterpretación, una redirección del concepto para que pueda ser llevado hacia la liberación política de la cultural hegemónica de Occidente en Latinoamérica, es decir, que sea acorde a nuestra circunstancia. Pero veámoslo mejor en el siguiente punto.                                
   
2.- Un pensamiento disruptivo: breve acercamiento al multiculturalismo.

El concepto de multiculturalismo, se presenta a nuestro modo de ver como un concepto que, por lo menos en lo que toca a su construcción lingüística, se torna un tanto confuso, aunque no lo parezca. Iniciemos así primero por ver su terminología. En efecto, el concepto de multiculturalismo se constituye, antes que nada por la conjunción de dos términos, por un lado múltiple y por el otro, cultura. Siendo así, sólo partiendo de lo dicho tenemos sin más problema que lo múltiple se refiere a más de uno, y cultura, por su parte, a lo que de ella se entiende o se limite según la perspectiva que le dé un autor u otro.
En este caso, somos de la idea que el concepto de cultura tiene el inconveniente de aportar varios sentidos, o por lo menos varios usos en el habla común. Vayamos primeramente al apoyo de la definición que nos ofrece el diccionario de la RAE. Según la versión digital del diccionario, multiculturalismo significa: “convivencia de diversas culturas”. Aunque es bastante limitado lo que nos provee el diccionario, tenemos sin embargo la introducción del verbo convivir, que es central en política. Vivir con (otro u otros). De cualquier manera a pesar de que la RAE nos dé una perspectiva sintética, aún queda por supuesto un trecho que hay que zanjar. En tanto, resaltemos que convivir o vivir (con), como dijimos, implica la base sobre la cual descansa todo el engranaje político. Dicho de otro modo, no habría política si no hubiera una relación tal en donde se viviera en constante relación conflictiva o no con el otro. Por otra parte, nos queda por ver qué se entiende por cultura en otra dirección. Porque, si bien notamos, aquí no se está hablando de un individuo sino de grupos, o bien, de diversas culturas, en plural. No es pues si X persona es culta o no, o si tiene cultura, como se suele decir. Lo que interesa es más bien lo qué es la cultura y acércanos con ello a su concepto que sin duda es escurridizo.
De nuevo la RAE nos ofrece la siguiente guía: “1) cultura del latín cultura, que significa cultivo, 2) conjunto de conocimientos que permite desarrollar a alguien su juicio crítico, 3) Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” Naturalmente el concepto de cultura, desde el propio diccionario, se puede apreciar que guarda varios sentidos, en donde aquí se resaltan principalmente tres. Siguiendo esto último, partamos por el hecho de que cultura es un término latino, que significa cultivo, lo cual quiere decir que originalmente el uso de la palabra estuvo vinculado a la agricultura, y concretamente al arado. Posteriormente el término pasó a identificarse con el hacer propio de hombre. Con su actividad y con su humanidad.
Entonces el cultivo pasó de un cultivo de la tierra a ser cultivo del espíritu. En un amplio margen, cultura podría ser prácticamente todo lo que hace el ser humano, o por decirlo de algún otro modo, todo lo que es producido por él, tanto material como simbólicamente. Por tal motivo, Erick Kahler va a precisar que el significado de cultura se ensancha por las diversas aplicaciones que del término se hacen: “Cicerón habla de cultura animi, cultivo de la mente, al que identifica con la filosofía; pero gradualmente la cultura animi rebasó estos límites y llegó a significar el cultivo de las artes y de las letras, de las capacidades intelectuales en general.”[11]
Así pues, lo que se resalta aquí, cierto, es que el término de cultura no siempre ha significado lo mismo, sino más bien ha ido reinterpretándose con el tiempo, ya sea en un sentido limitado, ya sea en un sentido amplio. De nuevo Kahler anota: “A partir del siglo XVI empezó a formarse un nuevo concepto de cultura. Recién establecidas las modernas naciones y estados territoriales, los pensadores políticos empezaron a diferenciar las diversas costumbres e instituciones nacionales y a especular sobre los denominadores nacionales de esas especificas costumbres e instituciones”[12]
Notamos pues, que cultura como término extensivo de formas de vida o costumbres de un pueblo, fue puesta en el lenguaje común hasta hace relativamente poco tiempo, siglo XVI. Antes no. Así pues, con la anterior tenemos un mínimo horizonte en nuestro estudio. Pero aún es limitado. En qué radica entonces nuestro problema. Pues bien, una vez que se vio lo anterior, partamos por enfocar al multiculturalismo, por un pensamiento que tiene por meta reconocer plenamente que existen distintos grupos (culturas) que conforman sus propios códigos de identidad, códigos que van desde el lenguaje, la religión, su moral, su expresión artística, su tipo de alimentación, etc. Sólo tomando por principio esta vía es que podemos decir que aquí se presenta la base primigenia sobre la cual descansa la multiculturalidad. Sin embargo, esto no es todo, ya que falta hacer la connotación del multiculturalismo desde un polo político y ético que distaría de lo homogéneo del Estado nacional. El escritor anglosajón Charles Taylor, que sin duda ha escrito mucho al respecto del problema, ha reflexionado en el multiculturalismo desde su circunstancia, en este caso Canadá, país en el cual conviven como se sabe diferentes grupos con sus distintos códigos, creencias y lenguajes (principalmente el francés y el inglés), en relativa armonía. Pero la historia de Canadá es distinta a la de México, ya que como dice Villoro, aquí estamos marcados por una historia en donde tanto el criollo como el mestizo, en un momento dado, impusieron con la fuerza un Estado nacional bajo el supuesto de que era la decisión de todos los pueblos[13]. Sin embargo, esa idea ha sido en la práctica bastante errática. En efecto, en nuestro México desde la frontera norte hasta la frontera sur, lo que resalta más bien es una gran cantidad de formas de vida que se diferencian por sus propios valores éticos, creencias religiosas, lengua, y en algunos pocos casos, por su propia configuración de orden político (En nuestro país existen alrededor de 60 etnias, que acumulan a poco más de 15 millones de personas). Luis Villoro, sabiendo esto, indicara claramente su postura del multiculturalismo antes bien como un pensamiento disruptivo, que va en contra de la dominación (lo que sería un liberalismo radical) política real que impone el Estado a todas aquellas formas diferenciadas de vida, a las cuales homogenizan forzadamente e imponen una sola versión política e ideológica.
Lo que falta visto así, si seguimos a nuestro filósofo, es que se dé efectivamente un reconocimiento no sólo como idea, sino como un hecho efectivo, el reconocimiento de la diversidad cultural que convive en un espacio geográfico y político más o menos común, y no sólo en lo valioso de sus tradiciones, sino también en lo jurídico y constitucional, para que les sea otorgada su autonomía con el fin de que ellos elijan su propio ejercicio político, el que mejor consideren, fuera del paternalismo del Estado. Pero de ser así, surge al tiempo el problema. Ya que de aceptar las condiciones, ello supondría otra propuesta de Villoro, la cual se enfoca al tránsito (entiéndase como eliminación progresiva) de un Estado-nación homogéneo a un Estado-plural, en donde, como se dijo, la autonomía de los pueblos se encuentre finalmente sustentada en el ordenamiento constitucional (una Constitución que se contemple bajo la autodeterminación de los pueblos que deciden pertenecer a un proyecto de Estado plural).
En este sentido, la multiculturalidad, desde un horizonte de posibilidad, no puede ser compatible ni con una visión universalista de cultura (única), ni con un relativismo cultural absoluto (donde todas las culturas son iguales)[14]; a su vez, tampoco puede detentarse como una doctrina de la dominación, ni de la inclusión-excluyente del Estado-nación. Nada más lejano a ello, según aprecia claramente Villoro. El multiculturalismo según el filósofo, no lleva a que cada cultura permanezca en aislamiento (que se les reconozca su cultura pero que a la vez se les aísle), sino que haya una convivencia precedida por el diálogo y los valores transculturales consensuados en un nuevo margen ético que esté más allá de lo que se ha dado a denominar popularmente con el término tolerancia. Porque no es tolerar, soportar al otro (como simple medio), sino comprenderlo, escucharlo, anulando con ello el prejuicio de la diferencia que a todos compete. De cualquier modo, y para dejar más clara la toma de distancia de otras posturas de este problema, Luis Villoro nos dirá que el multiculturalismo no es, ni siquiera una filosofía, y tampoco, como se dijo, a una doctrina impositiva (ya que está sujeta a revisión y a la crítica), por ello escribe:
“El multiculturalismo no es una escuela filosófica, no constituye una doctrina elaborada entre otras. Es sólo la expresión ética, política y jurídica nacida del despertar de una ilusión: el sueño del pensamiento occidental moderno no creyó que su concepción de la razón y del bien era la única válida y que podía imponerla al resto del mundo. (…) Al despertar de la ilusión, el multiculturalismo tiene que superar también esa ideología de dominación. Frente a ella quiere establecer el pluralismo de la razón y de las concepciones del bien.”[15]


A manera de conclusión.

Como se pudo apreciar, el multiculturalismo desde el punto de vista de Villoro, va mucho más adelante de la definición de convivencia de múltiples culturas. Por el contrario, de aceptar la premisa que nuestro filósofo maneja, la idea del Estado-nación es irremediablemente incompatible. Por ello, si bien el multiculturalismo se podría resumir como el margen de convivencia de múltiples culturas, es claro que sería un asunto completamente limitado que dejaría lagunas por doquier. De cualquier modo, siguiendo un poco la oposición de los conceptos, nos referimos en este ensayo primeramente a la antítesis del multiculturalismo, que compete a la homogeneidad que provee el Estado-nación moderno. Es decir, recurrimos a ver de primer modo a que se enfrenta la multiculturalidad y en ese sentido cuál es la propuesta política diferenciada que maneja Villoro. Como se apreció, el Estado-nación es un proyecto político reciente, que nace en la modernidad, a la par de los desarrollos científicos de su tiempo, a la par, en suma, del impulso de la racionalidad occidental. Es así que, para el Estado-nación moderno, no es complicado en su inicio hacer abstracción de la tradición política para iniciar como se dijo, de cero, es decir, por una hipótesis explicativa que resuelve la falta de historia. El proyecto en sí, tiene el inconveniente de negar, de disociar la amplia gama de formas de convivencia bajo una sola visión, una visión integracionista que en el fondo lleva de por medio la exclusión, la negativa de lo diferente. Por ello nace el multiculturalismo (historia que nos lleva incluso a las resistencias de las etnias y grupos minoritarios por mantener su cultura en la marginación), aunque no como una filosofía salvadora, sino como una expresión ética que pugna por la libertad, por una libertad radical en donde el horizonte a llegar se encuentre en la autonomía de los pueblos o etnias en el marco del Estado-nación. En suma, para Villoro el multiculturalismo es la reivindicación de las diferencias y el pasado que articula la visión del mundo de los aquellas comunidades y grupos sociales marginados que se encuentran habitando un territorio común. Sin que ello requiera de la separación entre unos y otros, o el aislamiento, sino la comunicación, el diálogo razonado y no sólo racional. En suma, lo que podemos apreciar en la perspectiva de Luis Villoro, es un notable esfuerzo por aclarar, y postular como vía de acción, el reconocimiento de la multiculturalidad desde un esquema ético y político.

Bibliografía.
Hobbes, Thomas, Leviatan, ed. Nacional, Madrid, 1979.
Locke, John, Ensayo sobre el gobierno civil, ed. Aguilar, México, 1983.
Negri, Antonio, Hardt, Michael, Imperio, ed. Paidós, Argentina, 2002.   
Bobbio, Norberto, La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político, ed. FCE. México, 1991.
Villoro, Luis, Estado plural, pluralidad de las culturas, ed. UNAM, Paidós, México, 2006.
________ , Los retos de la sociedad por venir, ed. FCE. México, 2007.
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su versión digital: www. rae.es

                  
               





[1] Cfr., Antonio Negri, Imperio, ed. Paidós, Argentina, 2002, p. 136.
[2] Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de las culturas, ed. UNAM, Paidós, México, 2006, p. 9.
[3] Ibídem. p. 13
[4] Cfr., p. 13.
[5] Un excelente estudio al respecto de este tema, lo realiza Norberto Bobbio en su libro, La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político, ed. FCE. México, 1991.
[6] Cfr., John Locke, Ensayo sobre el gobierno civil, ed. Aguilar, México, 1983, p. 97.
[7] Luis Villoro, op. cit.,  p. 25.
[8] Ibídem, p. 99.
[9] Cfr., Thomas Hobbes, Leviatan, ed. Nacional, Madrid, 1979, p. 236.  
[10] Luis Villoro, op. cit., p. 37.
[11] Erick Kahler, Nuestro laberinto, ed. FCE. México, p.29.
[12] Ibídem, p. 31.
[13] Luis Villoro, Los retos de la sociedad por venir, ed. FCE. México, 2007, p. 179.
[14] Cfr., ibídem, pp. 142, 143.
[15] Ibídem, p. 200.

La sombra de Prometeo

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