El marqués de Sade, blasfemo, sodomita, y gentilhombre: un espíritu insolente de la modernidad

Por: Luis Veloz.

Si bien Rousseau puede representar una amenaza para los fanáticos embotados de tu especie, es un autor saludable para mí. Jean-Jacques es para mí lo que la Imitación de Cristo es para ti. Encuentro su ética y su religión estrictas y severas, por lo que lo leo cuando siento la necesidad de perfeccionarme.
                 Marqués de Sade.   

He aquí un nombre que todo el mundo conoce y que nadie pronuncia: tiembla la mano al escribirlo y, cuando se lo pronuncia, en los oídos resuena un sonido lúgubre (…) Los libros del marqués de Sade han asesinado más niños que los que se podrían matar veinte mariscales de Retz (…).

                 Jules Janin, Revue de Paris.




Un mito revolotea alrededor de Donatien Alphonse marqués de Sade. En 1768, a penas poco tiempo antes de la toma de la Bastilla, sopesamos el primer incidente del que se tiene registro entre Sade y una mujer de nombre Rose Keller, la cual tuvo el mal acierto de solicitarle una limosna al libertino filósofo, quien, en efecto, no sólo accedió a darle una moneda, sino también se cuenta que la obligó a realizar lúbricos e impúdicos actos carnales, así como a blasfemar en contra de Dios: lo cual fue motivo más que suficiente para desatar una serie de polémicas sobre su persona. Hay quien dice, que de ahí en adelante los excesos “inmorales” de Sade que tuvo a su vez con prostitutas, bailarinas o actrices, se empezaron a hacer cada vez más notorios, con lo que se contribuyó al paso del tiempo a fomentar el imaginario popular del marqués como un personaje malévolo, cuando no, infernal.

Hoy en día, sin embargo, cuestionar quién fue Sade examinándolo no sólo desde las notas biográficas, sino también a la luz de su obra es muy válido para conocer un poco más sobre este autor del que se ha vituperado tanto como alabado. De cualquier manera, hacerlo, no es tarea fácil. Jean Jacques Pauvert, representa en la actualidad una referencia obligada para estudiar a Sade, ya que gracias a sus muchos años de editar los escritos del marqués y de investigar su vida, nos ha legado una cuidadosa biografía del autor de Justine que nos pone exactamente en el contexto del siglo XVIII además de que traza frontera con los años posteriores[1]. Pero decir quién es Sade a fin de cuentas nos lleva por muchos más caminos. A mí me gusta regresar a la imagen clásica en donde aparece Sade como un criminal, o incluso, como el mismísimo “profesor emérito del crimen”. Tal acusativo por supuesto requiere un estudio atento, cierto, sin embargo, para la brevedad de nuestra idea, pienso que tal criminalidad es virtual, dado que ésta no fue, a nuestro parecer, a causa de las palizas que gustosamente le otorgara a alguna prostituta en sus redondas y blancas nalgas, o por la práctica recurrente de la sodomía (que estaba prohibido), o bien por la blasfemia que lanzara a Jesucristo al masturbarse ante la hostia, sino más bien fue un criminal por haber construido una utopía horrenda, en cierto modo invertida (el extremo opuesto a la de Platón), que al paso del tiempo se acerca cada vez más a su realidad: he ahí su crimen, y más, porque dicha utopía se inserta impunemente en la base del sofisticado y racional proyecto en que se articula nuestro mundo moderno. En este sentido, Sade, el infame filósofo que pudo describir con precisión una amplia variedad de aberraciones sexuales quizá no prescritas por alguien más, permite, sin lugar a dudas, muchos acercamientos a él. Por su obra, por su persona, o por todo junto.  


De ahí que Jean-Jacques Pauvert, señale con acierto que lo que origina el abigarrado mito de Sade sean sus andanzas, es decir, sus actos libertinos, excesos y escándalos. Pero al igual, y muy especialmente su obra, que suman novelas; cuentos, obras de teatro, epístolas, y documentos políticos que no han sido completamente explorados. Sin embargo, tan sólo de lo que se conoce, basta y sobra para aseverar que pocos escritores han proyectado opiniones tan encontradas como Sade. Podemos incluso situar, a mi gusto, a tres tipos de lectores de la escritura sadiana. El primero, pensamos, corresponde al tipo de lector que pone primero que nada el prejuicio de la sexualidad (como tabú) antes que todo. Este tipo de lector, casi siempre termina por chocar con Sade, y no es para menos, ya que su moral le induce a que, una vez que lee algunas líneas en donde se hable de un cuerpo profanado, cierre los ojos e incluso arroje el libro cual si estuviera maldito. Al inicio lo animó la curiosidad, pero al final derivó el repudio, e incluso el asco de la literatura del erotómano por antonomasia. Casi se podría aseverar que ello es a causa de que el autor de Julieta toca sensibilidades hondas que bien pueden incitar deseos reprimidos, los cuales terminan por hacerle sentir vergüenza a este tipo de lector apenas los imagina. El siguiente lector, por otro lado, es completamente contrario al primero. Esto refiere que nuestro segundo lector se guiará justo en donde el primero cierra los ojos, o sea, por la obra erótica, misma que atesora para satisfacción de sus placeres más íntimos, de ahí que ponga particular interés en las narraciones más impúdicas, groseras o escatológicas, lo demás, sin embargo, es accesorio para él, hasta ahí llega su lectura.

Ahora bien, el tercer lector se encuentra en otro plano. Dicho lector según vemos se caracteriza por tener un olfato más sutil y educado que los dos primeros en cuanto la revisión de los márgenes literarios, a este lector Sade se le muestra con otra potencialidad, o mejor, con el valor y el peso de una obra que no puede ser calificada vulgarmente como pornógrafa, sino como un documento (filosófico, literario e histórico) que propone de múltiples maneras una crítica al rostro oscuro del hombre, rostro rechazado en aras del orden, la civilidad (el progreso) y las buenas costumbres de la sociedad ilustrada. Caótico en el fondo, sin embargo, ese rostro que deja ver Sade entre sus narraciones, revela sin mayor pena que el asesinato, la violación, el robo y el vicio también pueden ser racionales, metódicamente dirigidos, y eso, amigo lector, es precisamente lo que no encaja y no se acepta; un espejo así que nos muestre tal anomalidad sólo puede ser compensado la mayor parte de las veces con la condena.  

Se entenderá entonces, viéndolo así, el porqué la obra de Sade por varios años fue arrojada al patíbulo de las llamadas obras prohibidas, siendo confinada con llave en la sección negra de la Bibliothèque National de París. Hubo una época en que, como sabemos, su literatura se cotizó a grado tal que la única manera de hacerse de ella era clandestinamente, y a un precio alto. Circulaban de mano en mano novelas como Justine, Juliete, La filosofía del tocador, o alguno que otro cuento en papel barato, sin empastar. Pero eso era lo de menos, lo importante es que esa clandestinidad daba pie para que se reunieran algunos osados a escuchar de boca de algún letrado[2] las historias del libertino y satisfacer con ello su imaginación y reír además con las burlas que Sade propinaba a las autoridades políticas y eclesiásticas, como Napoleón o el papa. Así fue, como más allá de los escándalos, Sade empezó a ser reconocido también como escritor, aunque sólo como un escritor insolente.


Pero regresemos un poco, ya que de nuestros tres lectores antes citados, el tercero surge tardíamente. Y lo señalamos porque su papel es muy importante para regresar a Sade a nuestro tiempo; y es que sólo hasta que se forma este tercer lector es que se pudo denotar que la obra del divino marqués contenía un doble discurso, no sólo el erótico. Y eso sucedió a finales del siglo XIX. En parte, la tardanza de nuestro último lector se debió, como lo vimos, a la censura que minó por bastantes años la lectura de Sade, reservada con muchas restricciones interpretativas a los patólogos de la mente: los psiquiatras[3]. Por el otro extremo, imperó el miedo moral, el cual se retraía a ofrecer públicamente la obra de quien era considerado simplemente como un loco obsceno.

Afortunadamente el tiempo solucionó tan encumbrado inconveniente, y  una vez que la frontera de la prohibición cayó a pedazos, personajes como Baudellaire, se encargaron de recuperar la obra diabólica para leerla a la luz de una época distinta a la de Sade. Es decir, ya cuando los frutos de la Revolución francesa, y la toma de poder de la burguesía finalmente empezaban a presagiar el rumbo de los años venideros. Otro poeta, entrado el siglo XX, Apollinare, tuvo a bien recibir el relevo del autor de Las flores del mal para extender el legado de Sade. Para Apollinare, sin duda, el encuentro con la obra del marqués fue capital. Basta con referirnos a su conocida novela Las once mil vergas para que no quede duda alguna de que existe una influencia de Sade en su literatura.

Y cierto, de ahí en adelante ya no hubo marcha atrás. Sade ya no fue considerado sólo el autor dieciochesco, el escritor de novelas licenciosas, o el loco apologeta marginado en el manicomio de Chareston por el capricho de Napoleón. No, Sade se convertía indudablemente en un contemporáneo del siglo XX. Y la razón de ello fue gracias a las muchas relecturas de sus escritos que se fueron sumando, entre las que destacan las de Bataille, Blanchot, Sartre, Klossowski, Foucault, y que a la distancia y con los acontecimientos históricos de la nueva era moderna, sus contradicciones y vericuetos, fue más que notorio que Sade revelaba ya, desde mucho antes que otros escritores, como Nietzsche o Freud, el desencanto de la modernidad que se puso en boga con textos como el Ocaso de Occidente de Spengler o La dialéctica de la ilustración, entre otros. Así fue, como se vino a potenciar aún más a otro Sade, no el Sade que inspiró el termino técnico de sadismo acuñado desde el punto de vista psiquiátrico, término con el que se anuncia una serie de situaciones anómalas encajadas en la sexualidad de un sujeto que decreta su goce con el sufrimiento del otro. No, sino el Sade (y el sadismo) de un pensamiento salvaje, de sangre caliente, crítico como pocos, y que vio más allá de su tiempo.


Un pensamiento filosófico como ése, al que no se le ha hecho mucha justicia en los anales de la filosofía, está sustentado en gran medida en el materialismo y ateísmo de personajes como D`Holbach, La Mettrie, Helvetius, y además es completado y depurado con la postura política y ética de Rousseau, o incluso de Hobbes y Maquiavelo. Y es posible hallarlo, no en un sistema acabado, o en voluminosos tratados, sino insertado en sus personajes y en sus muchos diálogos que interrumpen y dejan atónito a quien ya había tomado el ritmo de la prosa. Octavio Paz de hecho fue de la opinión de que lo verdaderamente valioso de la obra de Sade es su filosofía, y no su literatura[4]. Para el poeta mexicano, la literatura de Sade adolece de la emoción que por ejemplo ilustran otras obras eróticas de la misma época, como Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos. Entonces, el valor de Sade así visto, radicaría no en su literatura, sino en sus razonamientos, o lo que llama Paz, la fantasía razonante. Y ejemplos sobran para nuestro poeta, dado que prácticamente en todos sus escritos se da este fenómeno en donde el diálogo forma un soporte vertebral. Aunque en Los 120 días de Sodoma  posiblemente tal característica redunde en lo excesivo.

En dicha obra (con una peculiar versión de cine realizada por Pasolini), de la cual se cuenta que la primer versión fue quemada accidentalmente durante la toma de la Bastilla (1789), Sade se dio a la tarea de ofrecer un mundo fortificado para la elite y junto a ello, nos ofrece una descripción meticulosa hasta en lo más mínimo de seiscientas prácticas sexuales que van de las más simples a las más complejas. El caso aquí que se puede resaltar con este tema, es que Sade imaginó todo ese catálogo increíblemente amplio y sugestivo de perversiones, primero, sin que muchas de ellas hayan sido pensadas antes que lo hiciera él, y segundo, con el tesón de haberlo hecho en la soledad y en las pésimas condiciones físicas que adoleció a causa del encierro.

Una hipótesis que circula, de cómo fue que Sade pensó tal catálogo de la conducta sexual, puede parecer muy simple a primera vista: porque todo indica que Sade trabajó, casi, deductivamente, tomando una acción sexual, como por ejemplo el vouyerismo, para catapultarla a su variante (imaginemos cuál podría ser), y así, partiendo de los más simples actos sexuales que servían sólo para calentar los sentidos, Sade avanzaba hasta los más complejos (nada que esté relacionado al Kamasutra), poco a poco y pacientemente hasta que consiguió narrar con precisión meridiana las pasiones asesinas. Las cuales, en rigor, consisten en llevar al extremo el acto sexual comulgándolo con la violencia y finalmente con el asesinato en variadas y exquisitas formas como diría el propio autor. Sin duda Los 120 días de Sodoma es una obra magistral, terrible en efecto, pero magistral que permite que nos adentremos en un espacio con panorámicas diversas, pero hay que aclarar, sin ser caótico. Ya que ahí impera la razón. De tal modo que es imposible que no pensemos de nuevo mientras avanzamos en sus páginas, en una pregunta central de la ética, como por ejemplo: ¿qué es el bien y el mal? Y esto, porque en Los 120 días de Sodoma podemos ser testigos de un mundo que plantea que lo bueno simple y sencillamente es que el fuerte someta al débil, que las jerarquías son naturales y por lo tanto inmodificables, y que lo que se ve y escucha de la glosa política, es mera palabrería. 


Tan sólo imaginarnos la atmósfera de la narración, es ya motivo suficiente para introducirnos en los linderos del horror. Hay que tener estómago para seguir en sus páginas. Pero, a decir verdad, no es solamente una estrategia literaria que resalta innegablemente el espacio narrativo de Sade como lo podemos ver ahí, el problema gira en que se describe puntualmente un contexto que bien puede ser cualquiera de los peores que hoy padecemos (tanto lo local como mundialmente), y que en su momento Sade atestiguó, ya fuera del lado de la aristocracia o bien de la burguesía. Por ello, los excesos y la violencia, y la injusticia de la monarquía, no puede aseverarse que hayan finiquitado de ningún modo con la toma de poder del tercer estado (que describe Sieyes maravillosamente), sino que más bien lo que sucedió, fue que cambiaron de mano para seguir operando. Así pues, la liberté, égalité, y fraternité, banderas ideológicas de la nueva política hasta hoy vigente, se quedan sólo como simples apéndices de un ideal nunca alcanzado.

De hecho, una lectura de Sade en este punto, fue otorgada por el italiano Giorgio Agamben, quien afirma en su libro Homo saccer, que nuestro filosofo libertino se anticipó por mucho al develamiento de la biopolítica (a partir del estudio de la sexualidad) y su concreción en los campos de concentración nazi, el Gulag, y los asesinatos masivos en pos del orden de la época de razón; ese grado extremo de la depuración racial y la política totalitaria se encuentra presagiado, según Agamben, en los textos de Sade y particularmente en Los 120 días de Sodoma. Esto representa, a nuestro parecer, una lectura que nos obliga a pensar seriamente en las pequeñas sociedades del crimen que no necesariamente están a la vista, como se podría pensar; al contrario, las más extremistas y funestas se enmascaran tras el biombo de la moralidad y la política debidamente justificada, es decir, las que buscan, dirán, el bien común.

Dichas sociedades, gracias al doble discurso que ocupan, tienen la posibilidad de atentar contra las leyes, romperlas, porque están dentro y fuera. Hacen uso de la soberanía del que puede, del que empuña el poder, y como ilustra muy bien Agamben tomando la tesis de Carl Schmitt, de quien puede decidir sobre la vida del otro[5]. En Los 120 días de Sodoma, esto es claro, ya que quienes ostentan la soberanía serán cuatro personajes: Blangis, el obispo de…, Curval, y Durcet. Ellos son ciertamente los hombres que ordenan, que mandan y matan. A ellos y sólo a ellos está reservada la primera y la última palabra sobre la vida del otro. Nadie más puede interferir en sus planes maquinales que llevan por fin el gusto y la saciedad de los placeres orillados hasta las últimas consecuencias, tal como indican desde el principio de la novela con su racional manifiesto del crimen, un símil de cualquier constitución moderna. A su servicio tienen cómplices, cierto, que comparten gustos y están dispuestos a participar por muy brutales que sean los mandatos. Como de hecho los son. Niños y niñas son mancillados, violados y asesinados, jodedores y alcahuetas entran en el ritual, aunque nunca sin antes estar rigurosamente justificado. No se puede hacer una acción, sin que se describa el argumento del porqué y además bajo estricta puntualidad, esto es, a la hora y en el día marcado. Pareciera pues, que Sade quiere convencer, pero también dialogar. Aunque en la soledad carcelaria, la única solución que tuvo fue tomar a sus personajes como interlocutores con el fin de plantear y desarrollar sus tesis, imagina que éstos le responden y que tratan de refutarlo. Pero siempre, desdoblado en un obispo, un duque, o incluso una mujer (pensemos en Juliete), Sade termina por imponer sus razones.

Los detalles, empero, juegan un rol de suma importancia, máxime cuando lo que se busca es la “verdad”. Sé filosofo aconseja una y otra vez el divino marqués. Viéndolo así, Sade es a pulso un ilustrado tal como Voltaire, Diderot o Kant lo fueran. Sin embargo, es también un ilustrado un tanto diferente, quizá por la influencia de Rousseau, quizá porque simplemente se percató a tiempo de que la civilidad vuela muy lejos como idea, y que la razón a fin de cuentas, pese a la ciencia y la tecnología que emanan de ella y llaman al progreso, también conserva un lado oscuro, de ahí que la razón no sea tomada en Sade como una simple facultad humana, sino como un instrumento que puede estar al servicio de cualquier causa, incluso, de aquellas que vayan en contra del propio ser humano, es decir, de su destrucción.                




[1] Jean-Jacques Pauvert, Sade, una inocencia salvaje, ed. Tusquets, Barcelona, 1989.
[2] No se olvide que en aquel tiempo prácticamente el grueso de la población era analfabeta.
[3] La psicopatología del siglo XIX, recordemos, a través del informe Kraff-Ebing, puso en circulación el término de sadismo.
[4] Cfr., Octavio Paz, Un más allá erótico: Sade, ed. Vuelta, México, 1993, p. 62.

[5] Cfr., Giorgo Agamben, Homo sacer I, ed. Pre-textos, Valencia, 2006, p. 171.

La sombra de Prometeo

1 comentario: