LA PASIÓN DE TEO

Por Olvi 


—No somos nada — pensó Teo. No era importante lo sucedido. En cualquier momento se puede dar por terminada una relación. 

     Se conocieron en una fiesta, hace un año. Ella vestía de manera apropiada para el invierno: abrigo, gorra y bufanda de estilo elegante; pero sencillo. Con el cabello recogido, castaño, apenas un poco más oscuro que el color de sus ojos y en armonía con el brillo de su lápiz labial. El tamaño del tacón de sus botines y sus jeans ajustados acentuaban una figura magnifica para sus treinta y tres años. María Laura entregó a la anfitriona sus prendas, quien la presentó como su mejor amiga desde la universidad, y sin dificultad alguna se integró en la conversación del resto del grupo. No fue sino hasta que alguien le preguntó por su marido cuando la curiosidad de Teo le hizo fijar su atención en ella. —Ricardo no tarda, está en camino — contestó. Al sentir la mirada insistente de Teo adoptó una actitud amable con él mientras comentaba cualquier cosa con el resto de los invitados. Desenvuelta, sin pretensión de atender la conversación general se levantó por un par de bebidas, le acercó un jaibol a Teo y se sentó junto a él.  La amabilidad de ella le desconcertó pero también logró llamar su atención; él se concebía atractivo pero al mismo tiempo desconfiado de las intenciones de las mujeres cuando toman la iniciativa.

     A Teo le sucedía con cada cambio de año, la agobiante sensación de que el único presente era que a sus cuarenta años aún no sentía estar en la escala social de sus aspiraciones. El deseo de ser alguien era lo más importante, cualquier esfuerzo sería poco para conseguirlo después de largarse del pueblo y mudarse a la gran urbe en busca de satisfacer sus anhelos. Al comparar su pasado sentía que a pesar de  estar en el camino era molesto percatarse de que a otros les era posible conseguir las cosas sin el menor esfuerzo. Reconocía la envidia y odio hacia muchos, pero eso en lugar de hacerle sentir mal era la fuerza de lo que pretendía. Él hacía todo lo necesario para destacar pero algo faltaba, suponía que pronto llegaría a descubrirlo. Socializar y presentarse en reuniones dependía exclusivamente de los cálculos que hiciera tratando de cumplir con los protocolos convenientes para sus aspiraciones, la más próxima, ser ascendido a Director General de la Empresa. En este caso la anfitriona de la fiesta era la hija del accionista mayoritario donde él ocupaba la Gerencia de Estrategia Comercial. Para Teo ella era una verdadera holgazana sin talento que ocupaba el cargo de Gerente de Relaciones Públicas sólo por ese parentesco.

     María Laura recibió una llamada y le informó a la anfitriona que su marido no llegaría porque era necesario que atendiera la emergencia de una paciente hospitalizada. Sin mostrar la mínima sorpresa, la anfitriona le pidió a su amiga que disfrutara de la reunión. —¿Son grandes amigas? — preguntó Teo, María Laura  respondió que en efecto, desde la época de estudiantes de psicología en la Universidad Iberoamericana, la anfitriona y ella habían creado una hermandad que les unía, un vínculo de mutua lealtad. La sutil mezcla de sinceridad y coquetería en la sonrisa de ella le atrajo; prefirió no prestar atención a la respuesta y se limitó a decir que la anfitriona y él tenían una excelente relación de compañerismo, que la respetaba y admiraba en el plano profesional e incluso, en el colmo de la mentira, afirmó que era una gran persona.

     Teo se sentía cómodo dentro de su armadura de desconfianzas y desapegos; además, para él era muy importante no empeñar tiempo ni concentración en asuntos que lo desviaran de sus propósitos: triunfar en sus ambiciones era su gran pasión, conseguir el nivel, el poder y el dinero necesarios para ser admirado, respetado y envidiado por la sociedad.

     María Laura continúo la conversación: ella y su amiga tenían algunas cosas en común, ninguna de las dos ejerció la profesión pues se habían casado al poco tiempo de concluir sus estudios. Ninguna de las dos tenía hijos. La anfitriona se divorció a los tres años pero ella tenía ocho de matrimonio. Su marido, un cirujano estético con cierto prestigio en su medio, tenía una profesión absorbente. Al sentir que le estaba dando demasiada información se detuvo para preguntarle a Teo por su familia. Él solía exagerar la cautela de mencionar algo personal, menos acerca de su familia. La pregunta de María Laura lo tomó por sorpresa a pesar de disponer de mentiras ensayadas; pudo, incluso, interrumpir la charla, disculparse con cualquier motivo y salir huyendo, pero en esta ocasión dudó varios segundos antes de decidir qué contestar. —No, no tengo familia en la ciudad, soy soltero, sólo dos hermanas casadas  que viven con sus respectivas familias en distintas ciudades de la frontera — respondió de manera un tanto precipitada y cortante. No quiso dar más detalles puesto que mentía. En realidad sus hermanas eran madres solteras y vivían con su padre alcohólico en aquel pueblo mugriento del que él había salido maldiciendo su situación y avergonzado de su gente. Ambos se dieron cuenta de que tenían una plática forzada, por la forma de sus respuestas, sin embargo Teo se arriesgó y le pidió a ella que le hablara más acerca de los motivos para no ejercer su profesión. María Laura recuperó el semblante amable, al parecer, de momento le ruborizó que su parco interlocutor se interesase por saber más de sus circunstancias. De nuevo, Teo notó esa sutil mezcla de sinceridad y coquetería en ella cuando respiró hondo elevando un poco los ojos con un peculiar ademán que dimensionaba un sin fin de complejidades que no se atrevería a contarle. —No tiene que ser ahora, me gustaría invitarte a comer, o a desayunar, quizás en otro momento — dijo Teo para disminuir la tensión. —Sí, sería genial, otro día en otro sitio, ahora no — respondió ella sonriendo un tanto complacida por el interés. Sin hablar más entre ellos, discretamente se sumaron a la conversación de algunos invitados acerca de varios temas y noticias de actualidad, pero sin dejar de mirarse y sonreír cada que respondían a las convocatorias de brindar.  No pasó mucho tiempo y María Laura se despidió paulatinamente de algunos invitados, llegado el turno de Teo ella le dijo que aunque disponía de bastante tiempo libre, en ese momento no contaba con una agenda definida pero le llamaría a la oficina. Él tomó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entregó junto con el beso de despedida.

   Sólo de vez en cuando Teo se permitía algún distractor momentáneo —música de relajamiento y libros sobre estrategias de poder—, así que los días de descanso eran de preparación para sus batallas de la semana. Durante los últimos años su vida sexual se había limitado al alquiler de prostitutas brasileñas, cada quince o veinte días, en un lujoso prostíbulo clandestino al norte de la ciudad. Actividad individual que no le restaba más de una o dos horas cada que sucedía.

      Durante muchos años Teo se sintió fuerte por su capacidad de rechazar cualquier idea de felicidad aunque implicara aislamiento. La relación con María Laura significaba un evento desestabilizador puesto que no era precisamente felicidad lo  que él buscaba sino poder. Al inicio sintió una caída en el desorden el hecho de tener que salir de la oficina en horarios que ella proponía y aún más lo fue verse la primera ocasión en el concurrido lugar donde se citaron; sin embargo, fue una nueva situación que lo retó y a la que él pronto le fue acomodando su peculiar estilo cuidadoso. Desde la primera cita en aquél restaurante, no hizo falta demasiado de ambos para ir pronto a la cama, apenas si hablaron una cuantas cosas en la obviedad de la ocasión. Ella de inmediato le hizo saber que se sentía insatisfecha con una relación matrimonial que subsistía por costumbre. Teo había invertido y pulido una imagen físicamente atractiva, encuadrada dentro del estereotipo de hombre exitoso y ella, aunque bastante atractiva, para él no era estéticamente mejor que aquellas jóvenes prostitutas brasileñas que acostumbraba alquilar. No obstante, la relación con María Laura le atrajo estimando que más adelante pudiera serle útil por la cercanía amistosa que ella tenía con la hija del dueño de la corporación.

     Después de hacerle saber a Teo de años de constantes infidelidades de Ricardo, motivo de un tácito acuerdo para no tener hijos, más el hecho de que él le prohibiera ejercer su profesión, María Laura se mostraba siempre dispuesta y entusiasmada. Durante los últimos meses se habían hecho habituales las ocasiones que se reunían, siguiendo un extraño ritual de precauciones que evitara ser vistos en público, para tener relaciones en distintos hoteles. Ella decía sentirse en un paraíso sexual. Para él, sin embargo, existía algo más que el placer físico y, sin decirlo, era lo que más disfrutaba al estar juntos: hablar de la enfermiza dependencia que María Laura sentía por Ricardo, pues ese tipo de confidencias hacían que Teo reforzara su convicción acerca de la imposibilidad de la felicidad al lado de alguien y de la inexistencia e inutilidad del amor, de la lealtad y la confianza entre parejas. Ella se confesaba depresiva y demandante. La vida con Ricardo era el curso de un río de aguas frías en medido de rutinarios compromisos sociales. En ocasiones le venían a la mente delirios de venganza con el deseo de verle sufrir alguna clase de desgracia; sin embargo, no había motivo suficiente para pensar en separarse, tanto por la seguridad económica como por la sensación angustiante de caer al vacío de un futuro incierto en caso de una ruptura, sentía que dependía de él y antes de eso consideraría el suicidio. Teo no tenía el menor interés en hacerla cambiar de opinión, todo le parecía conveniente, además de la envidia del poder económico de Ricardo, experimentaba el morboso placer de escuchar sobre ese tipo de amor odio que ella padecía, y que sexualmente desahogaba con él. Algo en estas circunstancias lo recompensaba por el tiempo invertido, y quizás pudieran serle de alguna utilidad en el futuro.

     Aunque no se lo hacía saber, Teo daba por hecho que María Laura tenía más amantes, al menos a otro, en similares condiciones a las de él.  Siempre en extremo cauteloso, cuidaba con escrúpulo no hacer que se notara su relación, incluso al grado de que no permitía la posibilidad de que se les viera juntos en público aduciendo a la discreción que la situación ameritaba. Ella le llamaba al teléfono de un prestanombres, jamás llegaba en su automóvil a los sitios indicados, él pasaba por ella en Uber a un punto acordado y de ahí a otro lugar cercano donde abordaban su auto hasta el hotel en turno que siempre era distinto. Por mucho tiempo esta rutina funcionó y las cosas marcharon bien hasta el día en que María Laura, con mayor avidez que otras veces, llego vestida sólo con una gabardina ligera color negro, debajo de la cual portaba un tipo de lencería que provocó que Teo admirara su cuerpo esbelto con una mezcla de lujuria y enojo, lo cual le hizo perder su estudiada meticulosidad para conducir el acto sexual desde la introducción hasta el clímax. Culminaron simultáneamente y fue entonces, cuando María Laura, unos cuantos minutos después del frenético orgasmo, le propuso la idea de asistir, juntos, a la inauguración de una exposición de pinturas en un salón de galerías en Santa Fe.  Teo, que hasta el momento no había tenido dificultad para organizar sus encuentros eróticos bajo estricto secreto,  de inmediato se puso a la defensiva y le preguntó la razón por la cual deseaba que hicieran eso. Ella le habló con mirada de enojo y tristeza de su actual situación con Ricardo, la que empeoraba a toda prisa por algo inesperado, él tenía un amorío con una pintora que ya había durado más de un año, pero en esta ocasión no sólo se lo había confesado con cinismo sino que además le pidió el divorcio. Por eso para María Laura era necesario que fuesen juntos a esa exposición, para que Ricardo se diera cuenta que ella también tenía a alguien con quien rehacer su vida.   —No, definitivamente no, pídele eso a otro de tus amantes, yo no estoy dispuesto a jugar ese papelito — esa fue la respuesta rotunda que Teo le expelió desde lo más profundo de su ira. ¿Cómo, él, iba a arriesgar su prestigio de ordenado ejecutivo de negocios que tanto esfuerzo le había costado para ascender a la posición actual, sólo por un escándalo para satisfacer  el capricho y despecho de una mujer neurótica?    Ella apenas pudo asimilar lo que oía, azorada terminó de vestirse y con el claro semblante en el rostro de sentirse herida salió lo antes posible de la habitación sin volver la cara para decir más nada. Teo tardó en reaccionar, de momento el enojo lo mantuvo un tanto ofuscado, no sentía remordimiento alguno por lo dicho y prefería que las cosas sucedieran de esta forma. Se tomó el tiempo necesario para recuperar la calma, se vistió sin prisa y no fue sino hasta que estuvo en el  estacionamiento del hotel cuando lo asaltó la preocupación de lo que ella pudiera hacer. Temeroso de que cualquier escándalo afectara sus aspiraciones y de que ella, herida por las verdades con las que él le había dado respuesta, fuese capaz de incurrir en alguna torpeza que lo comprometiera. Con el pensamiento clavado en las repercusiones que pudieran afectar su reputación; agobiado por el malestar del mal calculado riesgo de esta relación, suponiendo que María Laura, desquiciada por el suceso llegase a mencionarlo en su círculo cercano, o de que si se lo propusiese hasta influenciar a la hija del accionista mayoritario en su contra, llegó al punto de imaginar un daño capaz de truncar su ascenso al puesto de Director General, posición que sentía le correspondía por su escrupuloso desempeño dentro de la organización y por su impecable imagen personal. ¿Cómo estar seguro ahora que tal escenario no se daría?

      En el intento de darle alcance, Teo condujo hasta el lugar donde ella había estacionado su automóvil, a unos metros del restaurante en aquella esquina donde hacía unas horas habían abordado el Uber siguiendo las parsimoniosas medidas de su cauteloso secreto. Un ataque de nervios lo sobresalto al percatarse que, a pesar de la diferencia del tiempo que transcurrió entre la salida de ella y lo que a él le tomó arreglarse, el automóvil aún permanecía ahí.  Con desconcierto su imaginación se desbordó en malos presagios. De nuevo hizo grandes esfuerzos por analizar con detenimiento los diferentes escenarios que para él pudieran ser catastróficos intentando planear las acciones necesarias para resolverlos. ¿Qué tal si ella, desesperada por muchas otras cosas, decide suicidarse antes que consentir el divorcio? Recordó que la primera vez que se vieron le dio su tarjeta de presentación. El jamás le llamó a su teléfono celular ni a su casa para no exponerse a ser reconocido, pero cómo saber si ella no escribía en algún diario; las mujeres, sobre todo las que tienen problemas, acostumbran llevar registro de la más mínima actividad y situación por la que atraviesan. Ser identificado es lo que menos se hubiese permitido en esta relación. Tal vez la hija del dueño sabía lo de ellos, sin embargo le pareció descartable, pues era tan pusilánime que sí así fuera ya se lo hubiese hecho notar con indirectas o algún tipo de sarcasmo, puesto que aparentaba ser del tipo de personas incapaces de guardar el mínimo secreto. La cercanía de amistad entre ambas, antes una posibilidad favorable, ahora representaba el mayor riesgo debido a este súbito giro en los eventos. Así que con ella ni contar para saber lo qué haría María Laura.

     Tal vez no habría más remedio que encarar la situación intentando negociar una salida decorosa para ambos; sin embargo, el rostro de Teo se iluminó cuando su estilo planificador lo hizo descartar tan temeraria idea. Paulatinamente se dio a la tarea de ponderar las ventajas y desventajas. Una tras otra fue descartando las posibilidades arriesgadas y se acomodó en lo que fuera menos expuesto. Era viernes, necesitaba los siguientes dos días para preparar sus estrategias de la semana.  El sábado y el  domingo condujo hasta el sitio para observar si el auto de María Laura aún permanecía estacionado en aquel lugar. Así fue, por lo tanto el temor de las repercusiones de lo sucedido se mantenían en suspenso. Espero al lunes, ya en la oficina ideó cualquier pretexto para ir al despacho de la hija del dueño, en caso de que algo grave lo implicara seguro se lo diría de inmediato, o él sabría percatarse de algún tipo de circunstancia que delatara peligro para sus aspiraciones; sin embargo, ella no se presentó a trabajar, su asistente le informó que estaría de vacaciones fuera del país. Esa misma tarde condujo hasta el lugar para inspeccionar si el automóvil seguía estacionado. —No somos nada — pensó para tranquilizarse durante el trayecto. —En cualquier momento puede darse por terminada una relación — se repetía una y otra vez. Al llegar al sitio vio el vehículo estacionado ahí. 



La sombra de Prometeo

4 comentarios:

  1. cuando los intereses personales dominan a uno, las personas se olvidan de los demás. No permite que se tome a las personas su valor.

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    1. Buen comentario, una "nada" que se suple en la búsqueda de satisfacción del interés individual de corto plazo. Una exigencia de la imagen de éxito y poder, el aquí y ahora por encima de lo que sea... Gracias.

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  2. La complejidad de la mente y nuestros egos nos hace seres solitarios, una realidad cada vez más latente y en aumento.

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    1. Lamentable pero cierto, Ana Alejandra, la sociedad nos convierte en esclavos del éxito y seres narcicistas.

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