La idea de Dios y su poder de violencia



La idea de Dios y su poder de violencia
Por Olvi 



Concebimos en la idea de Dios a un ser todopoderoso capaz de juzgar desde nuestras propias necesidades y ejercer a través de él la justicia que deseamos. En otros casos buscamos resarcirnos del daño que nos han provocado —ya sea por envidias o intereses egoístas (propios o ajenos)— no necesariamente por el afán de encontrar en ello lo justo, sino por el simple deseo de impartir un castigo, el cual es la simbolización de nuestra venganza. La necesidad, como el poder de este Dios, dependerá de la dimensión e intensidad con la que nos sintamos afectados.

I
Las personas, todos nosotros, no nos alimentamos ni tenemos sexo una sola vez en la vida; no tenemos la certeza de supervivencia asegurada, como tampoco poseemos autonomía ni libertad plena. Toda necesidad está vinculada con el determinismo, el cual es complicado de superar, no sólo por la cuestión biológica, sino también por las prácticas sociales y culturales que moldean nuestro ser, a su vez, dichas prácticas generan en nosotros nuevas necesidades, una de ellas: Dios. 

Las creencias religiosas tienen el propósito de dar satisfacción a lo deseado, tanto en las necesidades básicas, como en aquellos anhelos que demandan el cumplimiento de arquitecturas sociales afines en un gran número de personas. Existen distintas formas de interpretar estas necesidades, así como una amplia variedad de vertientes religiosas que se desarrollan en función de las costumbres y de la empiria de nuestros deseos naturales y su intensidad, por lo que se tratará de categorizar de manera puntual lo que corresponde a la necesidad de Dios para ejercer violencia. Nacidos al azar, crecemos y vivimos en ambientes imbuidos dentro de un mundo ya hecho, el cual nos conduce a confiar en una cosmovisión heredada por circunstancias y contextos históricos específicos. Al mismo tiempo, hay personas que pueden sentirse atraídas hacia una interdependencia religiosa diferente a la de su entorno inmediato, y experimentar una necesidad de transformar su culto, es decir, encuentran identidad en la comunión con otros grupos religiosos o sociales, a los que les entregan su voluntad y deseo, a cambio de padecer un sentimiento, o sensación de poder.

El dios que queremos y nos representamos, es un ser todopoderoso, proveedor y benevolente, sin embargo, también cabe en dicha noción la imagen inconsciente de un monstruo con el poder de violencia suficiente para infligir castigos a aquellos otros que, según las ideas de determinados grupos, resulten antagónicos o infieles a sus preceptos: "¡Pero hay un Dios, que todo lo puede!", solemos escuchar decir a alguien.

Las religiones proporcionan un marco moral para enfrentar la vida y la muerte, pero la idea de un dios va más allá de la moral, pues en él se conciben las pasiones humanas, los apetitos, los deseos, los temores y las angustias. Esto se justifica con el argumento que el hombre fue creado a su imagen y semejanza, por lo tanto Dios, desde su infinitud (uno de los grandes anhelos humanos) ve todo, sabe todo, siente enojo y a veces perdona, pero otras tantas castiga con violenta contundencia aquello que haya desatado su ira. Es decir, ese dios es contradictorio, como lo son muchas veces los impulsos humanos.

La idea de "Dios" es necesaria para satisfacer deseos y resolver las situaciones que nos plantean problemas: seguridad, salud, supervivencia; dinero, prosperidad; muerte, trascendencia. La idea de Dios otorga identidad y sensación de poder, de control, de dominio y, de manera inconsciente, experimentamos la reconfortante sensación que nuestro dios es fuerte en relación a otros dioses. Solemos pensar: "yo soy la proyección de ese dios, por lo tanto yo soy superior y los demás son débiles, merezco imponer mi soberanía... cuando el otro y el dios del otro están por encima de mí y de mi dios, hay una necesidad de venganza..."

En los registros de la historia tenemos ejemplos específicos, momentos decisivos que nos permiten ver desde la perspectiva de los vencidos, uno de ellos, sin lugar a dudas, durante la conquista de la gran Tenochtitlán y la consecuente colonización de la Nueva España. En aquel entonces, el "Dios" de los conquistadores favoreció su poder de violencia, lo que convenció a los indígenas que era superior a sus dioses. No lo sabemos con exactitud pero es bastante probable que tanto el abuso de la violencia ejercida por los invasores, como el desamparo de sus dioses (interpretado así por las poblaciones autóctonas) hayan sido decisivos en su evangelización.


II
¿Quién no ha llegado a desear (con vehemencia) que se jodan los contrarios o todo aquello que nos causa problemas? Cualesquiera que sean los contrarios: izquierdistas, derechistas, ateos, musulmanes, judíos, o lo que sea que nos obstaculice las ideas, las posturas, o nuestras ambiciones. También quienes o aquello que en su caso nos desagrada: suegros, jefes, empleados, feos, gordos, carnívoros, veganos, políticos, indiferentes, blancos, negros, machistas, feministas, los cultos, los que no leen nada, los necios, los que critican, etcétera. Si bien tenemos buenos deseos, algunos otros son producto del desagrado, de temores, desconfianzas o de la confrontación y el conflicto. En resumen, de aquello que sea adverso, de lo distinto, de todo lo que nos resulte opuesto. En determinados momentos desearíamos tener el poder que de manera sobrenatural depositamos en la idea de un dios, con la capacidad de violencia contundente para imperar sobre nuestros enemigos.


Los líderes violentos inspiran e incitan invocando fuerzas de ese poder, superiores a las de los contrarios y pese al peligro de perder seguridad, el bienestar y la vida, logran convencer a muchos que vale la pena tal riesgo, ya que su causa está sustentada en las decisiones de la infinita fuerza de su dios: "In God we trust" está escrito en el papel moneda de un país.


Si bien las religiones arrojan ideas de Dios con una visión de consuelo espiritual, en realidad el sentido espiritual es menor y contrasta con la pasión por el poder, la vanidad y los impulsos egoístas del ser humano. Algo hace que nuestro egoísmo tenga mayor envergadura y un peso más grande que la espiritualidad. En el deseo de las sociedades occidentales, la muerte es importante como perdida de vida; sin embargo puede quedar supeditada, relegada a un nivel inferior, ante la prioridad de la satisfacción de los deseos. En la idea de Dios hay una fuerte búsqueda de poder por el egoísmo que predomina en el humano. El deseo del otro se planta frente a mi propio deseo; el otro es la amenaza que atenta contra la satisfacción de mi necesidad. La violencia puede ser vista y jerarquizada como el resultado de la actividad de un dios atendiendo las aspiraciones humanas de dominio y superioridad. Para muestra tenemos ejemplos históricos que son producto de conflictos religiosos: las cruzadas, la cristiada, las persecuciones religiosas, la guerra de reforma protestante, los genocidios, las violentas escisiones y hasta el ateísmo.


Vale la pena tener en cuenta la posibilidad de que nuestros cerebros funcionen de diversas maneras, según nuestras características congénitas y genéticas, que dependiendo de las mismas estamos más o menos dispuestos a creer en dioses o en un dios específico: estamos propensos a desarrollar un pensamiento religioso en oposición al pensamiento analítico que busca la verdad. El poder sobrenatural de violencia de un dios, capaz de castigar a los adversarios y desertores de su culto, es parte del entramado de una cultura con pasiones demasiado humanas; y es la depravación del sentido de religiosidad lo que hace a las religiones susceptibles de fanatismos y excesos doctrinarios por parte de sus creyentes. El poder punitivo de los dioses es el reflejo patente de la violencia que es capaz de desarrollar cualquier persona o conjunto de personas.





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