La violencia: una encrucijada ética



                                                                                                                                        Luis Veloz

Difícil sería negar que desde hace unos años el estallido de violencia que se vive en gran parte de México sumió a la ciudadanía en el terror. Algo que para la opinión pública significa prácticamente un Estado fallido. Las garantías individuales son endebles. Vivimos en un país en donde las víctimas ya se suman por miles, y continúan. Los altos índices de homicidios lo confirman, cuerpos hallados en fosas clandestinas, secuestros, torturas, violaciones, robos, acosos, etc…, conforman la nota roja que caracteriza diariamente las primeras planas de los medios de comunicación y simplifican, de ese modo, el azote de los ciudadanos en su cotidianidad.

Adolfo Sánchez Vázquez, no lejos de esto opinó: “hay que admitir que todos, filósofos o no, tenemos una idea más o menos clara de la violencia, ya que la hemos padecido.”1* Claro, a decir verdad nos hallamos ante la posibilidad de que nadie haya escapado al derrotero de la violencia. ¿A qué nos enfrentamos?, esta pregunta naturalmente puede resultar en múltiples respuestas. Nosotros aquí, creemos pertinente ahondar un cuestionamiento que por ningún motivo es novedoso, al contrario, es un cuestionamiento que subyace constantemente en las preocupaciones de filósofos, politólogos, antropólogos, psicólogos, entre otros, esto es: ¿puede haber una violencia que pueda ser tenida por buena, o  la violencia siempre y en todo lugar es mala?

Sustraer, en efecto, las categorías de “bueno” y “malo” nos coloca de inmediato en el campo de la ética. Al ser así, no extrañe que las disertaciones sobre este intrincado asunto dirijan a un posible callejón sin salida, porque en efecto, las opiniones y argumentos, como sabrán, la mayoría de las veces se oponen. Para unos (los más), la violencia por ningún motivo es buena, y nunca se debe alentar, para otros, hay excepciones. Ante este panorama, tratemos de hallar un punto medio.
Para esto, lo primero que tenemos que averiguar, por lo menos en un sentido amplio, sería justamente qué es la violencia. El punto de partida está aquí. Por tal motivo, y apoyados en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, hallamos nuestra primera parada. La definición que nos proporcionan los estudiosos de la lengua dice: Violencia, del latín violentia, que significa: 1) Cualidad de violento, 2) Acción y efecto de violentar o violentarse, 3) Acción violenta o contra el natural modo de proceder, 4) Acción de violar a una persona.
Ahora bien, como se puede notar, la RAE habla de acción, y enfatiza en cada uno de los puntos sugeridos el actuar, por supuesto, el actuar de un individuo o persona. El problema es que esa definición no permite ir más a fondo, por lo que la pregunta en torno a la violencia queda aún a mitad de camino. Vamos, es limitada. Por lo tanto, busquemos y completemos lo faltante por otra ruta, la etimológica.
Pues bien, según la etimología, violencia en efecto es un término que deriva del latín violentia. Aunque la etimología nos regresa un poco más atrás, al griego. Con lo que nos lleva al término Bías, que significa fuerza. El mismo que se trasladó al latín como vis, y que comparte el mismo significado que en griego. Violentia, pues, de vis y lentus, es un término con el cual se alude al uso de la fuerza. Apreciado así, entonces ya tenemos lo que faltaba; si la RAE nos habla de acción, la parte etimológica nos da luz sobre el tipo de acción: el uso de la fuerza. La acción de violentar, por tanto, consiste en hacer uso de la fuerza en contra de otro individuo. O en otras palabras, violentar es forzar e imponer una voluntad a otra.
Ahora, regresando, diremos que ya estamos frente a lo que se dijo arriba atañe a la definición amplia de violencia. Y como se nota, en ella no destaca ningún criterio sobre si es buena o mala. Por lo menos no explícitamente. Ya que, a pesar de estar delimitada con esa amplitud y abstracción, creo que poco probable sería que se tome por un bien a la violencia. No es necesario que nos afirmen con todas sus letras su “malignidad”, sino que la idea misma atraviesa la definición. ¿Por qué? Vaya, cuando encontramos que la violencia es una acción con la cual se hace uso de la fuerza en contra de otra persona, dicha afirmación no está separada de un contexto, por lo que la experiencia dicta que eso significa “dañar”. Adolfo Sánchez Vázquez acota esta postura, y explica lo siguiente: “No hay, pues, justificación moral de la violencia dada su perversidad intrínseca, en cuanto que entraña una relación de dominio o imposición de uno sobre otro.”2* Pero lo interesante aquí y que dirige a otro punto de reflexión, surge cuando se hace explícito aquello que está entre líneas. El mismo Sánchez Vázquez en otro lugar admite que no toda violencia puede ser condenada moralmente, tesis que sugiere en el momento preciso en que agrega un elemento más a la definición amplia de violencia: su finalidad.

Al valernos de este detalle, entonces la violencia adquiere otro sentido con el cual se abre una brecha indudablemente polémica. Como se dijo antes, los autores que dedicaron esfuerzo a dilucidar este problema no son pocos. Entre los más sobresalientes hallamos a Aristóteles, Maquiavelo; Hobbes, Spinoza, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, Nietzsche, Freud, Sorel, Hannah Arent, Benjamin, Lorentz, etc. Clarificar pues, qué sucede con la violencia ha llevado por caminos complicados. Si nos quedamos, no obstante, con la definición amplia, no es posible más que condenar todo acto violento. Pero si hurgamos otro poco, entraremos al conflicto que supone.

Qué sucede, pongamos de ejemplo, cuando un individuo, ante la amenaza de muerte, digamos en un robo, secuestro, intento de violación, reaccionara violentamente en contra de su agresor y lo ultima? ¿Se censura la violencia? No, por el contrario, es el claro ejemplo de la excepción del uso de la violencia. ¿Qué quiere decir esto?, que por lo menos en el aspecto jurídico y en teoría, en muchas naciones el derecho a la vida se considera fundamental al grado que se tiene que defender a toda costa. Si hay la oportunidad. Este pequeño ejemplo que traemos a colación, hace notar la finalidad del acto. Que consiste claramente en la salvaguarda de la vida: la integridad. Dar muerte en defensa propia (legítima defensa) y como “último” recurso no es condenable, ni jurídica ni moralmente. Y ejemplos sobran, pese al profundo cauce que también abre en su interpretación.
Por este motivo fue que Sánchez Vázquez afirmó convencido que no toda violencia es proclive a ser condenada. No por casualidad, al hablar de finalidad, introduce el concepto de instrumentalidad, o sea, un medio para un fin. Dice nuestro filósofo: “En verdad, no existe la violencia por la violencia; real, efectivamente, existe como medio al servicio de un fin con el que pretende justificarse. Tiene, por tanto, un carácter instrumental como medio para alcanzar determinado fin.”3*
La violencia según lo anterior, no es  un fin en sí. Aunque bien podríamos hacer algunos cuestionamientos en donde se incida en el hecho de que la violencia sí implique un fin para el agente como un fenómeno patológico. Un tema que, por el momento queda fuera de nuestro propósito en estas breves líneas. Por nuestra parte, en este caso en particular, concordamos con Sánchez Vázquez en que es lugar común que la violencia sirva como un instrumento para conseguir algo más. Demostrar poder y reconocimiento, imponer una voluntad de modo forzado. Doblegar y someter. Humillar y un largo etc…, vienen a la memoria cuando de violencia se trata. En todos los casos, creo, no quedaría la menor duda que la violencia es sólo un medio para demostrar poder sobre otro y obtener de ese modo un determinado querer (un fin).

Este es el motivo por el cual se da pie a vislumbrar la otra violencia, la que choca y que no busca someter, sino liberar del yugo, de la explotación, en suma, de toda negación contra la dignidad y la vida. El ejemplo arriba es un solo. Otro, por supuesto, consiste en la violencia en colectivo que surge ya sea como una “revuelta” o como “revolución”. Recordemos a Henry David Thoreau, con su obra De la desobediencia civil, porque ahí logra como pocos argumentar la resistencia civil y la “desobediencia” como un “acto moral” ante toda injusticia y abuso por parte del Estado, del que dijo: “El mejor gobierno es el que gobierna menos”. En México los casos concretos de violencia colectiva tienen una larga historia de resistencia e insurgencia desde la llegada de los españoles (La insurrección de Mixton en 1541 es una) hasta nuestros días (El caso aún vivo de Atenco, el movimiento magisterial de la APPO, los diversos movimientos estudiantiles desde el 1968 penosamente reprimidos, como sucedió recientemente con los estudiantes de la Normal de Ayotzinapan, etc.)
Por eso, ante la estructura sistémica de violencia que en nuestro tiempo está vinculada al Estado y el capitalismo, y que se basa en la represión e intimidación, surgen siempre diversos levantamientos o resistencias populares, los cuales en algunos casos limites han llegado a adquirir la forma de guerrilla, que pese a todo, como movimientos armados, dependen siempre de la base: el pueblo, las comunidades, algo que analizó puntualmente el Che Guevara[4] y que al día de hoy es notorio en Chiapas con el EZLN. En donde una frase, “tomar las armas para no volverlas a usar”, pensamos que distingue su avanzada que tomó un revés en la lucha, virando hacia la noción autonómica de gobierno democrático (La otra campaña).

Esta es la razón por la que vale la pena subrayar que ningún acto de violencia colectiva se genera de la nada, más cuando hablamos de una revolución. Antes por supuesto existe la resistencia casi siempre pacifica, la cual no se abalanza contra el explotador u opresor, sino que se mantiene al margen, como diríamos coloquialmente: “aguantando”. Sí, porque lo cierto es que el oprimido aguanta en cuerpo y mente el peso de la voluntad y el poder despótico que tiene (o cree tener) el otro. Aunque, como detalló Hegel, a través del hermoso pasaje de la “Dialéctica del amo y el esclavo”, en su Fenomenología del espíritu, los papales en el transcurso tienden a cambiar y se revierten, dialécticamente. Como sea, la violencia colectiva, la violencia revolucionaria, es uno de los hechos más notorios e intrigantes que llaman a la perplejidad.
No es cualquier cosa, es realmente un acto que cautiva porque mira en dirección a un cambio radical para conseguir un bien común. Lo que no siempre se consigue, y más aún, en muchos casos es proclive de extraviarse o simple y sencillamente se puede interrumpir, como bien lo percibió Adolfo Gilly con el caso de la Revolución mexicana.5*
Sea como sea, aquí está la otra excepción, un horizonte libertario que no se condena moralmente. Porque  cuando todo ha fracasado, es decir, cuando toda negociación ha sido, por decirlo de alguna manera, quebrantada o ninguneada. Cuando los oprimidos, los excluidos y golpeados, los explotados, han agotado su fuerza vital; entonces ahí, justo en ese momento, el último subterfugio quizá lo otorgue la violencia. Esto, naturalmente siempre se ha de tomar a cautela y con toda la responsabilidad que merece. Porque aventurarse en accionar la violencia sea cual sea el fin, si ésta tiene un valor ético o no, trae definitivamente consecuencias muchas de ellas, para que negarlo, terribles si sacan de su contexto.
Buscar una ética de la violencia, por lo tanto, involucra necesariamente clarificar el fin de ella y por eso es que amerita un agudo ojo introspectivo y razonable. La justificación puede acotarse desde múltiples frentes, argumentos y contraargumentos, como cuando se trata el delicado problema de hacer valer una guerra justa. Amigo-enemigo, diría Carl Schmitt[6]. Sin embargo, la violencia que daña por el simple hecho de imponer una voluntad cuyo fin sea la simple satisfacción de un deseo, forzando así el libre actuar del otro, se ha de colocar en el terreno de lo negativo. Una gran cantidad de casos específicos surgen de aquí. Y cada quien puede dar rienda suelta a la imaginación o surcar sus propias vivencias. Como sea, el peldaño de la violencia conforma sin duda un gran debate que por lo menos aquí no se agota, sino que invita a pensar en tiempos de crisis y dolo como el que diariamente un gran número de personas con nombre y apellido experimentamos en nuestro país.
Bibliografía

Sánchez Vázquez Adolfo, Ética y política, ed. FCE. UNAM, México, 2007.
___________________, editor, El mundo de la violencia, ed. FCE. UNAM, México, 1998.

1 Adolfo Sánchez Vázquez, Ética y política, FCE. UNAM. México, 2007, p. 40.

2 Ibidem, p. 41

3 Idem.

4 Véase el tomo I de la obra completa de Ernesto Che Guevara, ed. Casa de la Américas, La Habana, Cuba, 1970.

5 Véase para profundizar, el libro La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly.

[6] Véase al respecto, El concepto de lo político, de Carl Schmitt.


La sombra de Prometeo

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