Filosofía política y Ciencia política: diferencias de ida y vuelta

                                                                                                                                                                           Luis Veloz.



En la actualidad “filosofía política” se ha vuelto casi sinónimo de “ideología”, por no decir de “mito”. Sin duda se le interpreta en contradistinción a “ciencia política”. La distinción entre filosofía política y ciencia política es consecuencia de la distinción fundamental entre filosofía y ciencia.
                         Leo Strauss.     



A la fecha, por alguna confusión semántica, suele brotar la interrogante de si la filosofía política y la ciencia política son lo mismo. A lo que debemos de responder que no. No son lo mismo pese a que el objeto o materia de reflexión en ambas sea la política. Naturalmente al adentramos un poco en su historia y en su manera de operar discursivamente, de inmediato se observan las oposiciones. ¿Qué son entonces la filosofía política y la ciencia política?

Breve preludio a la filosofía política

La filosofía política como bien especificó Leo Strauss[1], es antiquísima, y se remonta a más de 2400 años atrás, es decir, a la cuna de la civilización de Occidente: Grecia. Para el filósofo alemán, quien se ha ocupado ampliamente del tema, la filosofía política aparece oficialmente en los escritos de Platón, principalmente en La república y Las leyes. De esto no resulta que el pensamiento político no pueda re-direccionarse hacia un poco más atrás, por ejemplo, a las culturas de Egipto, Siria o China; lo que sucede es que, como una reflexión teórico-sistemática, la filosofía política fue por mucho sólo obra de los griegos.

Platón dio un empuje fundamental (Ahí está la utopía del gobierno de filósofos). Y lo completó y sistematizó Aristóteles, con su Ética nicomaquea, y la Política. Este último texto que por cierto, fue conocido tardíamente en Occidente, en el año 1200 d.C. Sea como sea, los problemas fundamentales, vamos a decir, en cuanto a este primer escenario histórico de la filosofía política especifican ya sus preocupaciones de orden ético que la van a caracterizar.   
De hecho, tanto fue el énfasis que los griegos prestaron a este problema, que los estudios resultantes otorgaron la base de la relación de ética-política que hasta la fecha son vigentes en los horizontes de la filosofía política contemporánea. Lo cual es una nota que puede leerse perfectamente en Aristóteles. Cuando con gran agudeza muestra que la política no es más que la extensión de la ética en la práctica de la vida pública. Los escritos del estagirita son famosos en este sentido por colocar el acento en que la política sólo puede ser obra de un agente prudente. Ya que la esencia del prudente consiste en su habilidad por comulgar con una virtud práctica que se debate en lo contingente; afirmación que aún hoy sorprende porque no sólo enseña el modo operativo de la política de su tiempo (recordemos que Aristóteles hace una precisa tipología de los gobiernos), sino que a la vez exterioriza una pedagogía ciudadana para alcanzar lo mejor de la vida buena en comunidad.  

El proyecto por supuesto, dada su importancia, no quedó en los griegos. Sino que traspasó su tiempo. Por lo mismo, al llegar el irremediable declive de Grecia, las ideas de sus grandes pensadores pervivieron en los romanos una vez que retoman su filosofía. Por lo que estos volverán a situar el acento en la relación de ética y política. Ideal que va a dominar incluso cuando se divide el Imperio romano y se abre paso al Medioevo. Un Medioevo que, con todo y su hegemonía cristiana, se apoyó fundamentalmente en las enseñanzas de la filosofía política griega reinterpretada por los latinos, lo que, sin gran problema es factible constatar con claridad en Ciceron, y con los padres de la iglesia San Agustín y Santo Tomás.

Por supuesto, de esto se podrá opinar que es un esquema histórico y teórico que puede tener variaciones en lo concreto. Y es verdad. De cualquier manera y a grandes rasgos, los temas que relacionan ética y política dentro de la filosofía política se van a objetivar en problemáticas tales como la del poder político (y su especificidad con la polis, la res-publica o el Estado moderno), la justicia, la libertad, la igualdad, etc. Cuestionar el poder, no sólo es comprender qué significa, sino por qué alguien (uno, pocos o muchos) tiene el poder y naturalmente qué le otorga su legitimidad; por lo que este asunto es considerado como uno de los problemas más viejos a los que se ha enfrentado la filosofía política desde su origen. Si el que tiene el poder manda, ¿eso necesariamente tiene que ser siempre y en todo momento? ¿O hasta qué punto se torna pertinente aceptar ese poder que obliga a obedecer? Justificar el poder, por tanto, implica reabrir causes que repercuten directamente en las prácticas de la vida individual y colectiva.




Lo mismo va a acontecer con el delicado tema que envuelve la justicia, mismo que indiscutiblemente destaca como un problema jurídico, pero también ético, y eso es más que notorio en los conceptos de justicia distributiva y retributiva; conceptos que Aristóteles trató maravillosamente y que en el siglo pasado, el filósofo liberal estadounidense John Rawls volvería a ellos con gran fuerza y sagacidad, en su Teoría de la justicia. Contribuyendo así a poner nuevamente a la filosofía política en el centro del debate de la escena contemporánea mundial. Lo mismo sucede si retomamos la libertad e igualdad. Ya que siendo conceptos de corte moderno, permiten dar cuenta de la necesidad de poner entre paréntesis lo que significan en un marco de convivencia política para el bien de cada sujeto.

Digamos entonces que la filosofía política desde este punto vista aborda los problemas de lo político hasta sus últimas consecuencias. Va a la médula y nada da por hecho. Por ejemplo, en el siglo XIII Guillermo de Ockham tuvo la osadía de desafiar con valentía y ahínco al poder clerical. E hizo tambalear al Sumo Pontífice de Roma mucho antes que Lutero, debido a sus argumentos vertidos en el texto: Sobre el gobierno tiránico del papá. Algo similar hizo Marsilio de Padua, otro gran crítico de la soberanía papal. Potenciando con ello la crisis de la iglesia católica hasta llegar a su culmen con la Reforma protestante   

En la actualidad, un modelo de gobierno reconocido canónicamente es, como sabemos, la democracia. Pero no por ser reconocida canónicamente es inmune a la crítica. ¿Es buena en sí misma la democracia? O  mejor, ¿la democracia como forma de gobierno permite desarrollar, al interior del Estado moderno, la potencia de cada sujeto, como diría Spinoza? A finales del siglo XX, ya que quedan atrás los fascismos europeos y las dictaduras latinoamericanas, después de los genocidios sistemáticos, y del gran daño a la humanidad que quedó registrado en la historia como uno de los episodios más fatídicos y crueles, ejemplificados en los campos de concentración de la Alemania nazi, o el Gulag ruso; la bomba de Hiroshima y Nagasaki, el daño ecológico, etc., la democracia tuvo que ser aceptada e incorporada en gran parte de las naciones como la forma ideal de gobierno (gobierno del pueblo), en tanto que, se argumentó, sólo ella podría ser el antídoto para no regresar a ese horror humano que había venido a cuestas con los monstruos de la razón.

Sin embargo, la tendencia de la democracia aceptada, en un marco capitalista, tampoco tardó mucho en dejar apreciar sus propios horrores, porque en aras de incluir, excluyó a los más. Lo que se hizo asimismo de manera impositiva. La democracia moderna para la filosofía política no puede dejar de ser cuestionada pese a que tenga puntos favorables. La democracia y sus variantes, como la democracia liberal representativa, no se tiene que dar por hecho en todo y para todo. De ahí resulta que podamos afirmar, en perspectiva, que en cuanto a la filosofía política, lo fundamental de ella implica sustentar una ruta normativa con base en su carácter analítico, crítico y deontológico.

La ciencia política a escena.

Ahora bien, es interesante también hacer mención de otro momento, el cual se refiere al esfuerzo intelectual que se ha venido realizando en los últimos años para diferenciar la filosofía política de la ciencia política. ¿Por qué? Esto da pie para tocar algo de esta última disciplina.

Pues bien, si como se dijo la filosofía política tiene un carácter normativo, en respuesta la ciencia política aparecerá con un carácter descriptivo.  Esta es la opinión que defiende  Jonathan Wolff, en su Introducción a la filosofía política. Para este filósofo, la diferencia  entre una y otra consiste en lo siguiente: “La filosofía política es una disciplina normativa, es decir, pretende establecer normas (reglas o criterios ideales). Lo normativo se opone a lo descriptivo. Los estudios descriptivos se proponen averiguar cómo son las cosas. Los estudios normativos en cambio, pretender descubrir cómo deberían ser: qué es lo justo, qué es lo moralmente correcto.”[2]




A decir verdad, la opinión de Wolff no discrepa de la de otros exponentes del problema. Y la razón se debe a la historia que carga la ciencia política. Ya el término “ciencia” nos habla de inmediato de su reciente origen, situado en la modernidad. Y si bien toma impulso con el positivismo defendido por Augusto Comte. Las primeras influencias que le van a dar cuerpo a la ciencia política se remontan hasta principios del siglo XVI, en pleno Renacimiento. Con Nicolás Maquiavelo, y Jean Bodino. Luego se refuerzan con la filosofía política de Hobbes, Althusius, Monstequieu, ente otros. Esto, como se puede intuir, quiere decir simplemente que la ciencia política no surge de un cuerpo teórico independiente, sino que se desprende de la filosofía política y, además, se nutre de los desarrollos de la ciencia natural, principalmente de la física. Puesto que ésta, como sabemos, es la primer ciencia que toma independencia de la filosofía en el siglo XVII, con Galileo.  

Asunto no menor que de hecho en poco tiempo tuvo a bien influir en otros terrenos como fue el de la política. Y en general, en la comprensión y estudio de los conflictos sociales y económicos de su tiempo. Por lo tanto, no es de sorprender que tendamos a hermanar en muchos casos a la ciencia política y la sociología creada e impulsada por Augusto Comte. Dado que su metodología es prácticamente la misma: acumulación de datos, clasificación, estadísticas, e intentos por alentar “leyes” que expresen el funcionamiento político-social a precisión. Asunto que regresa al debate de las llamadas ciencias sociales.

Sea como sea, este es el recorrido que lleva la ciencia política hasta hoy. Y del cual Gaetano Mosca ha profundizado con gran precisión, en su obra Elementi di scienza politicaPor lo tanto, se torna necesario subrayar que al buscar adentrarse en los hechos, la ciencia política no puede ser más que positiva. Herencia que retoma por supuesto de la vieja lucha que se debatió en contra de la metafísica y que se agudizó en los albores de la modernidad. Por ello no es gratuito su carácter descriptivo, como señaló Wolff. A la empiricidad que detenta la ciencia política, le es indiferente lo que “debería ser”, por lo que se enfoca en lo “que es”. Postura inspirada de Maquiavelo, gracias a que el viejo florentino enseñó con nitidez el porqué habían fracaso sus antecesores: a lo que dijo, que el error de los antiguos consistió en haber pensado repúblicas o principados imaginarios, descuidando lo que en verdad tenían bajo sus pies.

De aquí subyace el gran problema que repercute en incontables críticas y consecuencias. Esto porque si anteriormente hubo una relación inmediata entre ética y política a través del pensamiento filosófico político clásico, en cambio con el advenimiento de la concepción política moderna tal cosa se va a interrumpir. Lo que claramente tendió a explotar muy bien la ciencia política al ganar terreno en diversas partes de Europa, hasta que es retomada con éxito en las universidades norteamericanas al final de la Segunda Guerra Mundial. Lugar donde mayormente se ha cultivado.

Así, si bien antes ya era conocida la pauta que seguía la política, en el siglo XX se radicaliza dicha tendencia por ser ya una herramienta fundamental para el ejercicio de gobernar. Es por esta razón que filosofía política y ciencia política llegan a ocupar extremos opuestos. Para Leo Strauss, de hecho, la fractura entre ambas es lo que ha conllevado a la descomposición de la práctica política que en nuestros días es patente. Motivo por el cual se argumenta que la ciencia política no representa más que una técnica sustentada en una razón instrumental que sirve para llegar al poder y mantenerlo (es la ciencia del gobierno) de manera efectiva. Así se hagan uso los medios que sean (aun los más nefastos). Bajo esta lógica, “medio-fin”, es claro que el timón de la política (alentada por la imparcialidad ética de la ciencia política) moderna se antoja perverso en el fondo. Porque no se detiene ante las consecuencias de sus actos, y por ende, poco importan sus excesos.



Por esta razón es fundamental que hoy en día se haga el esfuerzo necesario para que la filosofía política tenga más presencia en los cambios y ajustes que se debaten activamente en el contexto que nos incumbe. Y no lo decimos con el fin de que interfiera de facto la filosofía política en el poder, lo cual es difícil, sino para que sirva como guía y horizonte que permita contemplar las contradicciones internas de los gobiernos actuales, y no desde el clásico esquema trivial al que nos acostumbran los politólogos en los medios de comunicación: con sus repetitivas tendencias hacia el análisis institucional, o de qué personaje está arriba y quién no en las preferencias del pueblo.  

La filosofía política, por lo tanto, tiene que dar luz a las problemáticas que aquejan y para ello debe hacer gala de sus herramientas argumentales. La cuales reflejan la inmanencia a un contexto envuelto en complejas formas de concebir el mundo, un mundo donde la tecnología y la ciencia ocupan espacios amplísimos y centrales; pero asimismo por el control, la represión, la corrupción y la violencia que afloran por doquier. Y todo, en un marco de economía rapaz.

A estos problemas la filosofía política está obligada a entablar un diálogo e intentar dar salidas razonables. El desafío, en los próximos años, consiste justamente en la interacción que se logre dar entre el filósofo y la política, ya que no es posible que se petrifique su hacer en una franca postura de alejamiento. La filosofía política tiene un compromiso ético que en su origen se guío por la búsqueda de la verdad. Y eso es lo que hoy más que nunca se demanda. Intentos son varios los que se han proporcionado desde el siglo pasado, ahí está los trabajos de los franckfurtianos: Adorno y Horkheimer, Marcuse, Fromm; pero también, y con mucho peso dada la materia especifica de la filosofía política, los estupendos escritos de Hannah Arendt; Michel Foucault, Norberto Bobbio, Giorgio Agamben, Cornelio Castoriadis, Antonio Negri, Paolo Virlo, Marramao, (el ya citado) Rawls, Habermas, Schumpeter, Nozick, Leo Strauss, entre muchos otros. En México, por supuesto destacan, en estos últimos años, los valiosos aportes de Luis Villoro; Carlos Pereyra, Adolfo Sánchez Vázquez, Bolivar Echeverria, Enrique Dussel, Mario Magallón, Ignacio Díaz de la Serna, Horacio Cerutti, etc. 

No obstante, a pesar de estos notables esfuerzos, creemos que la filosofía política actualmente cultivada se ha visto demeritada en el espacio público por su críptico lenguaje que al final de cuentas la regresa y encierra en las universidades. O también, por la peligrosidad que supone y que para ciertos grupos de la elite política es preferible no dar a conocer. Como sea, no hay más opción que buscar los modos y los medios para hacer una presencia más notoria de la filosofía política en este marco de completa crisis social y apostar de esa manera para que ratifique su posición en las transformaciones del mundo por venir.       



     
                        
Bibliografía

Strauss, Leo y Cropsey, Joseph (compi), Historia de la filosofía política, ed. FCE.  México, 2014

Wolff, Jhonatan, Introducción a la filosofía política, ed. Ariel, Barcelona, 2001
Strauss, Leo, ¿Qué es la filosofía política?, ed. Alianza, Madrid, 2010
Wallerstein, Immanuel, (coord.). Abrir las ciencias sociales, ed. Siglo XXI, México, 2001
Prélot, Marcel, La ciencia política, ed. Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1961                      
          




[1] Véase Historia de la filosofía política, compilación de Leo Strauss y Joseph Cropsey, ed. FCE. México. 2014.
[2] Jhonatan Wolff, Introducción a la filosofía política, ed. Ariel, Barcelona, 2001, p. 18

La sombra de Prometeo

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