Réquiem por un suicida, una novela para sacudir sensibilidades.

Por: Luis Veloz


Contra lo imaginado existe una abundante bibliografía sobre el suicidio. Lo que ocurre es que la mayoría de los libros son mediocres, cantaletas moralizantes y seudocientíficas. Nos queda The savage God de Álvarez y desde luego el clásico del tema, El suicidio de Durkheim. Pero en realidad nadie que sea suicida debe leer obras de pretensiones científicas, la muerte vendría antes, en especial si se trata de un lector sensible e inteligente. Lo más adecuado es recurrir a la literatura: allí están todas las variantes de la muerte voluntaria y asimismo están las explicaciones más densas y lúcidas

René Avilés Fabila, Réquiem por un suicida



Los héroes de la epopeya, como Aquiles y Odiseo, aún conservan algo de su esencia en la novela moderna. Muchos novelistas de hecho se refieren a sus personajes principales como héroes. Pero los héroes, si nos remitimos un poco a los cantares épicos, llevan una peculiaridad que los denota: la ejemplaridad. Esto porque resaltan los valores o las virtudes dignas de aprecio. Sin embargo, la novelística moderna también logra otro efecto, ya que nos sitúa deliberadamente en el opuesto del héroe, es decir, el antihéroe. Así, en muchas ocasiones suele pasar que el personaje principal de una obra sea pensado por su autor no para exaltar los valores apreciables, dignos de ser queridos, sino más bien el objetivo es cuestionar esos valores y arrasarlos. Como sea: héroe, antihéroe, o simplemente el personaje principal, todo depende de cómo y quién lo mire.

Gustavo Treviño, en este sentido, quizá pueda considerarse un héroe, antihéroe, o simplemente lo podemos dejar como el personaje principal de la novela Réquiem por un suicida, escrita por René Avilés Fabila, publicada en 1993. La obra, como pocas en su temática, nos regala una historia compleja, rica en testimonios e imágenes desarrollada además con una gran soltura narrativa, gracias a lo cual tenemos la oportunidad de acercarnos a uno de los temas más dramáticos y controversiales que puede haber: el suicidio. El discreto encanto de darse muerte. La muerte voluntaria, la muerte en la cual la víctima y el victimario  son la misma persona.

El suicidio, de hecho puede entenderse como una de las formas de morir más atrayentes a los ojos de otros. Como diría Nudelstejer: “(un suicidio) está abierto a una constelación de diferentes interpretaciones.” En efecto, pasa muy a menudo que ante la noticia de un suicidio, se haga presente la morbosidad por saber los detalles de lo qué pasó con aquel que en un acto de atrevimiento tomó la decisión de morir. ¿En qué momento lo hizo y cómo lo ejecutó? ¿Qué lo llevó a tal extremo?

A decir verdad, cuando lo pensamos mejor, y pese al morbo que origina, abordar el tema del suicidio casi nunca es bien recibido (cristianamente es un pecado). La sociedad lo ve mal y lo condena. Digamos que para el grueso de las personas, un suicidio no merece otra reacción que el desprecio. Por ello, una novela como Réquiem por un suicida, no está destinada a las masas, ya que sacude sensibilidades. En un escenario ético en donde el valor a la vida se defiende a raja tabla (religiosamente o no), el suicida comúnmente se ve exiliado y tratado como cobarde, o en el mejor de los casos, como un loco del que se ha de tener  lastima para redimirlo de su ofensa social, por su falta de arrojo para hacer frente a su desventura. De hecho, el psiquiatra Esquirol ya en 1838, había argumentado que todo hombre que atentaba en contra su vida, no lo hacía cuerdo, sino en pleno delirio. Así, a un loco se le podía indultar, por estar fuera de toda razón.

René Avilés Fabila, sin embargo, se avoca a poner los puntos suspensivos a estos predicamentos y cuestiona con rigor los señalamientos condenatorios y disciplinarios que dan orden a la vida humana. Con Réquiem por un suicida, Fabila logra gracias a la creación de Gustavo Treviño, trazar un recorrido narrativo pujante, mezclado por instantes con el ensayo, para mostrar cómo el suicidio involucra mucho más de lo que pareciera ser a los ojos de los hombres de razón.

De este modo, Avilés Fabila examina, pregunta, y al final termina edificando una narrativa de provocación. Por lo que, desde las primeras páginas de su novela, el escritor invita a suspender la máxima que dicta cuidar la vida a toda costa: “Nunca supe, —dice su personaje— cuándo comencé a pensar en el suicidio, (…) Lo ignoro. Pero el caso es que desde que surgió no he podido abandonar la idea, es parte mía y yo de ella. Estamos indisolublemente ligados.” Y más adelante continúa: “En algunos países existen organismos para prevenir el suicidio, ¿por qué no crear otros que lo estimulen?”

Para Gustavo Treviño, en efecto, el suicidio sólo puede ser entendido como un acto libre y único que cada suicida erige a su modo. Nunca un suicidio es igual a otro, porque cada uno lleva su propia huella. No en vano, quien logra consumarlo, lo hace con la conciencia clara de que no habrá retorno. Los motivos, lo que origina y desencadena el querer la muerte voluntaria, son variados. En el caso de Treviño, el suicidio será poco usual, ya que no está orillado por una vida mal vivida, al contario. Justo por ser una vida bien vivida, es que tiene más notoriedad.  

Desde luego aquí hallamos la provocación de raíz en la narrativa de Fabila, porque la pregunta que despierta su relato es: ¿se pude optar por el suicidio, cuando no se padece enfermedad, desesperación, o un dolor considerado como algo no soportable? Decidir morir con plena salud, y en dominio de las facultades. Es el acto último de la libertad. Hacerlo, cuando el sabor de la vida se ha perdido. O como dijera Antonin Artaud, el poeta maldito, el suicidio no es más que la reconquista del sí mismo pero violentamente.   

Por lo mismo, Treviño intenta refutar el prejuicio que ronda al acto suicida, como un acto de cobardía, o de locura depresiva, porque hay más que eso: “Absurdo que alguien piense que el suicidio es una vergüenza, una mancha. No. El suicidio es como cualquier otra muerte. Con la ventaja de que uno puede escoger el lugar, el momento, y la forma para acabar con la vida.”

Más allá de los detalles, Gustavo Treviño antes del gran acto suicida disfruta otro poco de su vida, gracias a sus amantes. Amores cuyo efecto le inyectan algo de fuego a su existencia. Pero también, para colmo, Treviño escribe una última novela, el testimonio del suicida, porque hay que apuntar que Treviño es un literato, que por cierto, redacta a toda prisa su obra culmen sabiéndose un moribundo, un condenado por elección que camina directo a su muerte.

Es de resaltar, además de todo, que esta travesía narrativa está reforzada por una meticulosa investigación sobre el suicidio, en la que se sumergió Rene Avilés Fabila por varios años, tiempo de compilación y compresión. Lecturas y más lecturas, e investigación de campo, recopilación de testimonios. Esto es, de quienes sobrevivieron al suicidio o perdieron a alguien querido por esa elección.

Es ahí donde reluce la pluma del periodista y el cuentista. La prosa fina y pausada que dio origen a Réquiem por un suicida, cuyo esfuerzo es digno de tomarse a consideración para leerse a luz de nuestro tiempo, por ser el suicidio pan de cada día. Mismo que está enmarcado por las crisis económicas, políticas, sociales, de salud, amorosas, sexuales, familiares, etc. Notamos pues en esta narrativa, entre el despojo de la muerte, desfilar posturas y ejemplos notables en el cual escritores, no por fuerza románticos o estoicos, optaron por morir a su voluntad, como por ejemplo: Torres Bodet, Jorge Cuesta, Cesare Pavese, Virgina Wolf, Paul Celan, Mayakovski, Hemingway, Stefan Zweig, Primo Levi, etcétera.

Todos ellos con motivos diferentes, todos suicidas consumados que a los ojos de Treviño son inspiradores de un gran valor ético por su templanza. Como Stefan Zweig, que en su última nota antes de morir, a la cual tituló Declaración, escribió: “Prefiero, pues, poner fin a mi vida, en el momento apropiado, erguido...” Y así, por las investigaciones póstumas supimos que el escritor austriaco ingirió un veneno potentísimo pero no lo hizo solo, sino con su esposa Lotte. Ambos mueren en Brasil, después de que ratificara Zweig, que el mundo europeo estaba roto.

Primo Levi es otro caso memorable. Sobreviviente de los campos de exterminio nazi. Donde de más de 150 hombres con los que convivió en aquel infierno, sólo 3 pudieron salir con vida, uno de ellos fue él, por supuesto. Años después, Primo Levi resuelve su muerte, con la suerte echada en su Italia querida. Quienes lo conocieron en ese último periodo, no pensaron que aquella alma fuerte, que había sobrevivido al horror nazi, se decidiera por el suicidio, como último decoro.

Para terminar, destaquemos que la novela de Avilés Fabila tiene la virtud de conducirnos por los recovecos emocionales, trágicos a veces, que sentimos ante el suicidio. Se entenderá entonces que Réquiem por un suicida es una obra dura, irónica y acida por momentos para hacer más digerible la pesada realidad de la muerte voluntaria: la suicida. Como sea, estamos ante una novela que merece, recalcamos, ser leída a profundidad por su indiscutible actualidad y valor narrativo, sin que se tome, creo, como un manual del asesino de uno mismo. Se ha de leer, ante todo, para disfrutar la historia y cuestionar nuestros valores fundantes. Y por qué no, para vivir la muerte en el espejo de la ficción, y comprender humanamente la decisión del suicida, una decisión seductora, violenta, no de cobardes, que a todos en algún momento de la existencia nos toca considerar.    

La sombra de Prometeo

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