Cuba y la revolución que sigue




Luis Veloz




Nueve días fueron los destinados a los funerales del comandante Fidel Castro Ruz en La Habana, Cuba. A la noticia acudieron periodistas de diversos medios para montar guardia en la isla caribeña a fin de informar al mundo lo que aconteció. Y si algunos aseguraron poca afluencia de personas en el último adiós al comandante, sucedió por el contrario que gran número de cubanos se arremolinó en largas filas para honrar emotivamente al mítico líder de la Revolución cubana.

Pero el fallecimiento de Fidel, también despertó opiniones y juicios encontrados. De la condena a la exaltación. Quienes simpatizan con la derecha política, en su estatus quo, por supuesto que han festejado la muerte del comandante bajo el argumento de que la libertad que se avecina llevará a los cubanos hacia una democracia, con lo cual ellos decidirán su futuro como nación. Opinión que comparten prácticamente todos los expatriados de Cuba que viven en Miami. Porque con cánticos y sonrisas, salieron a las calles para celebrar la muerte de Fidel.

Ante dichas muestras de júbilo, pienso que hay que guardar cautela. Porque pareciera que alrededor de los gritos de celebración se pasa por alto, o se olvida, que Cuba desde comienzos del siglo XX, ha estado en constante asedio por los intereses económico-políticos de los Estados Unidos. Pero eso sí, nunca por el bien de los cubanos. Y seguro que no finalizará su asedio con la implantación forzada (externa) de la democracia. Quienes hablan de la libertad futura para Cuba, lo hacen dando la espalda a las profundas heridas y luchas sociales que el pueblo cubano ha resistido a fuerza de trinchera en contra del imperialismo desde hace más de cincuenta años. Fidel Castro, claro está que a pesar de que ya no estaba en funciones como político, ejercía un freno moral importantísimo ante los acosos externos de la potencia vecina.

Por ello, una de las conjeturas que empezamos a divisar es que, como ya vemos, se intensificarán en breve las tácticas políticas neoliberales para ejercer presión a Cuba y así desmantelar, quizá, lentamente al gobierno socialista —hoy liderado por Raúl Castro— y dar entrada a los negocios de la élite empresarial (al capitalismo) quienes aún mantienen un rencor enorme en contra de Fidel y la revolución que les arrebató sus privilegios y riquezas.

La Revolución cubana y la continuidad de José Martí.

La Revolución cubana en acciones político-radicales no tiene símil en América Latina. He ahí por lo que brota la molestia de muchos, y en su momento la inmediata ruptura de las relaciones comerciales con Norteamérica, de la que fue dependiente Cuba durante décadas. Pero también, esa resistencia sigue siendo la gran fuente de inspiración para los movimientos libertarios latinoamericanos. Muchos de los cuales han sido impulsados con valentía por jóvenes que tratan de emular el ejemplo de los revolucionarios como Fidel Castro o el Che Guevara.

Ante esto, vale la pena hacer un alto, y recordar las palabras de Fernando Mires, quien con certera mirada histórica opina que el proceso revolucionario de Cuba no se puede comprender sin su relación de continuidad con el pasado, es decir:

La referencia política de los procesos del siglo XX a la independencia respecto de España, y la vigencia de un “héroe histórico” como José Martí, son quizá casos únicos en América Latina. La revolución de los años treinta en contra de Machado y de la de los cincuenta en contra de Batista son, pues, rupturas que ocurrieron dentro del marco de una innegable continuidad.[1]        

Así pues, el germen de la guerrilla revolucionaria no tuvo una base ideológica de corte comunista ni marxista. No en su inicio. La revolución de Cuba, ante todo, con el coraje que mostró fue una revolución democrática de cuño popular. De ideología martiana. El pasado estuvo en su continuidad. Lo cual significa que la lucha insurgente se encaminó en lograr la justicia y naturalmente alcanzar las reivindicaciones sociales de un pueblo sumamente sobajado. ¿Cuál pueblo? Fidel lo describe así:

Nosotros llamamos pueblo, si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su propia patria en busca de sustento; a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar y cuya existencia debería más mover a compasión si no hubiera tantos corazones de piedra… [2]

En el mismo documento Fidel Castro suma al grito de la lucha revolucionaria a los pequeños comerciantes, a los profesionistas; maestros, médicos, ingenieros, en síntesis, a todos aquellos que sufrían la precariedad y la explotación de una dictadura inmisericorde como fue la de Fulgencio Batista. Lo anterior explica básicamente que la categoría de pueblo para Fidel hacía referencia directamente a las clases concretas, subalternas, sin hegemonía de alguna de ellas, en aras de lograr una alianza en la insurgencia popular armada para derrocar la dictadura batistiana. Lo que consiguió pronto.


Dos momentos son cruciales: el movimiento 26 de Julio (El M26J), el primer frente estudiantil en contra del dictador Fulgencio Batista, cuya avanzada culminó con el asalto al cuartel Moncada, en Santiago hacia 1953. Pero que fracasó. Y el segundo, y definitivo, el 2 de diciembre de 1956. Con el desembarco del Granma. La épica hazaña todavía es lugar de historias (y admiración) porque siendo conformada por apenas una reducida milicia irregular, logran después de muchas peripecias, bajas y sumas, deponer a Batista en 1959. Sin embargo, el triunfo de la revolución no culminó con el derrocamiento del régimen batistiano, sino que continuó con un proyecto político que abrió el otro capítulo de la historia: el de la reconstrucción desde abajo.

Y es aquí donde subyacen nuevos y grandes problemas: vicisitudes, atentados a Fidel, intimidaciones para impedir a toda costa la construcción de una política y economía alternativa a la que aún hoy impera fuera de la isla. Por lo que se puede afirmar, sin menoscabo, que Cuba ha resistido en distintos tiempos las diversas fases críticas propias de las condiciones históricas, económicas y sociales a las que ha sido sometida desde fuera. Ya en 1901 por ejemplo, Cuba fue obligada a suscribir la Enmienda Platt, que proclamaba el derecho de los Estados Unidos a controlar su política externa y además asumieron el derecho a establecer la base militar de Guantánamo.

En poco tiempo, Estados Unidos se convertiría en el primer socio comercial de la isla y por ende su principal sostén. Lo que cambió, radicalmente con el triunfo de la revolución del 59. Ya que, con apenas un año de consumada la rebelión, la política cubana que emerge de la guerrilla popular empezaría a transformar su base organizativa: ya sin marcha atrás. La postura fue inmediata. De hecho, uno de los primeros objetivos fue directo al blanco estratégico: la expropiación de las empresas norteamericanas. Muchas de las cuales poseían el monopolio de la producción azucarera y en consecuencia, la propiedad de las tierras de cultivo, lo que mantuvo en una situación lamentable a miles de campesinos cubanos. Como sea, el golpe fue durísimo a los empresarios y a Estados Unidos. Por lo que la respuesta a tamaña ofensa tendría que ser del mismo calibre. Así, si en un momento hubo sólo una oposición relativa a la revolución, todo cambiaría hacia una franca contrarrevolución por las acciones políticas de Fidel Castro.

De esta manera en 1960 la ofensiva estadounidense ante las expropiaciones cubanas, consistió en imponer un embargo o bloqueo a Cuba, cuyo efecto fue el de frenar todo posible comercio de la isla con las empresas extranjeras, a riesgo de perder los tratos con el gran mercado de Estados Unidos. Este embargo, como sabemos, se volvería ley en 1990 con la llamada Ley Helms-Burton. ¿Qué se bloqueó? En principio fueron alimentos y medicinas. Luego se extendió a combustible y materiales de construcción. Visto así. No es difícil concluir que a la Revolución cubana se le trató de exterminar de hambre e inmovilidad. A esto hay que agregar, por supuesto, los cientos de atentados organizados por la CIA para matar a Fidel Castro. Siendo el primero de ellos  la invasión a Bahía de Cochinos. Que no tuvo éxito.    

Cuba y el bloque socialista

Ante las acciones tomadas por los Estados Unidos, Fidel Castro no tuvo más remedio que aceptar la ayuda que le otorgaba la otra gran potencia mundial del momento: la URSS. El objetivo era claro: salvaguardar lo que se había logrado con la revolución. Debido a esto, surge una alianza y amistad político-económica con el bloque socialista soviético, lo que permitió a Cuba volver a comerciar su producción de azúcar; con lo cual se levanta y amortigua la condición económica y el bienestar del pueblo cubano.

Aquellos fueron quizá los mejores años de Cuba, en medio de una Guerra Fría que amenazaba con iniciar una fase bélica aún más destructiva que la de la Segunda Guerra Mundial. No sucedió, pero lo que sí pasó, después de años de amenazas, intimidación, y el resurgir del capitalismo global, es que hacia los años 90, el socialismo soviético se derrumba. Y Cuba, literalmente, se quedó sola. Bloqueada, cercada y en constante amenaza. El resultado: casi el fin de Cuba. Y es entonces cuando Fidel sale nuevamente a escena, con arrojo, a hablar a su pueblo. Aún es emotiva la forma en que se dirigió a su gente, diciendo que: “un pueblo débil, blandengue, cobarde, se rinde y vuelve a la esclavitud. Pero un pueblo digno, un pueblo valiente, no se rinde…” Son los años  del llamado Periodo especial. Tiempos difíciles, dramáticos, porque obligó a los cubanos a sobrevivir en condiciones de mucha limitación, aún más que cuando se levanta el primer embargo de 1960.

La revolución cubana sigue en pie…

Como se intuye, Cuba no se hizo socialista de la noche a la mañana, se dio más que todo dentro del proceso mismo de transformación revolucionario. Abelardo Villegas dirá: “Más que una revolución planeada de ese modo, la cubana se convirtió en socialista por “contragolpe” para usar una expresión del Che Guevara.”[3] Lo cual justo comienza en el año del 59. El socialismo cubano, y la vuelta a Marx, y Lenin, fue la contraofensiva castrista que militó hacia cauces de transformación completos en una sociedad montada en el caballo del capitalismo. Como también recuerda Martínez Heredia: “Sería un error creer que porque nos hicimos marxistas sucedió todo, cuando la verdad es que nos hicimos marxistas por todo lo que sucedió.”


Tal parece que en el andar revolucionario se tuvieron que implementar teorías, prácticas y tácticas de lucha contrarias a lo que se destruyó con Fulgencio Batista. El gran acierto de Cuba, por tanto, lo que inspira, lo que muestra es que, contra toda fuerza por muy grande que sea, se puede asegurar una oposición. Fidel Castro es probablemente, en palabras de Fernando Mires, el emblema humano de la resistencia. Y eso no se logra de un día a otro. Citando al otro gran revolucionario, Ernesto Che Guevara, la Revolución cubana se puede valorar entre muchas más cosas por:

Consideramos que tres aportaciones fundamentales hizo la Revolución cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América, son ellas:

1) Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.
2) No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas
3) En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente en el campo. [4]     
  
Lo que resta, lo que fue y lo que viene, será un desafío y resistencia en contra del afuera, no de cualquier afuera, sino el de los Estados Unidos. Las condiciones de Cuba, con sus problemas y contradicciones internas posibilitaran cambios, que no sabemos de qué grado serán. Cuba, en efecto, tiene dificultades. Muchas. Pero comparadas con las de algunos de los países periféricos, como México, son menores.

Porque la Revolución cubana, a diferencia de la nuestra, no sólo expulsó a los grandes empresarios y mafiosos de su país, sino que también implementó acciones educativas que aún hoy siguen siendo de profundo valor y ejemplo porque acabaría con el problema del analfabetismo. El nivel educativo es casi tan alto como los de primer mundo. Algunos dirán que igual. Lo mismo sucede con el sector salud, y la vivienda. Que si lo vemos desde acá, a veces con mucha limitación o escasez, es porque nuestra forma de apreciar el exterior se basa en la opulencia, ya que concebimos un mundo a imagen y semejanza de la ideología burguesa.

Por ello el choque, por ello la necesidad de tensar el discurso fácil de muchos opositores acentuando que Cuba merece una “libertad liberal”. Aquella que como dijera Leopoldo Zea, no es otra cosa que una forma de dominación. Queda en el tintero ahondar más sobre la base concreta y teórica del modelo socialista, pero eso será en otra ocasión. Como sea, desde acá, desde el otro lado de la historia pero con el cruce de la del pueblo cubano, esperamos que su resistencia no culmine, porque su ejemplo sigue siendo de gran estima. Como grande también es la estima que mantenemos al comandante Fidel Castro.           

                          





















[1] Fernando Mires, La rebelión permanente, Las revoluciones sociales en América Latina, ed. Siglo XXI, México, 2001, p. 328
[2] Fidel Castro, La Revolución cubana, ed. Palestra, Buenos Aires, 1960, p. 44.
[3] Abelardo Villegas, Reformismo y revolución en el pensamiento latinoamericano, ed, Siglo XXI, México, 1972, p. 273
[4] Ernesto Che Guevara, Obras, 1957-1967, ed. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1970, p. 31 

La sombra de Prometeo

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