Alfonso Reyes y la distinción entre literatura pura y literatura ancilar

Alfonso Reyes y la distinción entre literatura pura y literatura ancilar

Luis Veloz




Tenemos que avanzar como el samurái, con dos espadas. Nuestra atención se divide en dos series de observaciones paralelas: lo literario y lo no literario; el movimiento del espíritu y el dato captado por ese movimiento; la noética o curso del pensar, y la noemática o ente pensado; la puntería y el blanco; la ejecución expresiva y el asunto significado.         
Alfonso Reyes.





El concepto de Literatura, tal como lo conocemos, data del siglo XVII. Aunque por supuesto la historia de “lo literario” sea más antigua, basta con referirnos al poema épico de Gilgamesh (1400 a.C.). De cualquier modo, hay que especificar que pese a que el significado de literatura no es preciso, se puede tomar un eje explicativo como dijera Roland Barthes. De esta manera, la literatura nos remite a la “letra”, y más en concreto es posible considerarla como una actividad humana que se forja con letras, básicamente desde un código de lenguaje a partir del cual se tratan de “crear” mundos paralelos al “real” con  técnicas de escritura bien definidas. Asimismo, cabe señalar que la literatura incluye hoy día diversas expresiones escritas y artísticas, tales como la narrativa, la dramaturgia o la poesía.

Sobre esta inclusión de géneros puede o no haber concordancia entre los especialistas, entre por ejemplo los que sostienen que con la literatura sólo se alude a la narrativa y no a la poesía lírica, o quienes en cambio argumentan lo opuesto. Sea como sea, éste no es el único punto de inflexión. Otro más, compete al papel que juega la literatura en las tonalidades lingüísticas en las cuales se nos presenta. Y más específicamente, con lo que de “estético” ofrece a uno como lector.

Este problema tan concreto, fue objeto de un exhaustivo estudio por parte de uno de los mejores prosistas mexicanos, nos referimos a Alfonso Reyes. Una figura imprescindible en las letras mexicanas, de espíritu renacentista, a quien el propio Jorge Luis Borges lo calificaría como el mejor escritor de lengua hispana.

Alfonso Reyes; el narrador, el ensayista, el traductor, filósofo, poeta y divulgador, dedicó mucho de su tiempo, pertrechado en indagatorias filosóficas y lingüísticas, a la reflexión sobre su materia de trabajo: las letras o mejor aún, el lenguaje. Lo cual realiza a partir de puntos de análisis bastante diversos, ya que incluye, entre otras cosas, el emprécito de la literatura en relación a la teología y la matemática.   

Así pues, con el libro El Deslinde (1940), el escritor mexicano incursiona, a partir de lo que podemos llamar una teoría fenoménico-histórica (en mucho, bajo influencia de José Gaos) a tratar de comprender los límites que surcan el terreno de la escritura, y hasta dónde, o en qué medida, la literatura se presenta en espacios que no son propios ni de la narrativa, la dramaturgia o la poesía.


De este modo, el antiguo miembro del Ateneo de la Juventud, trabajó con ahínco y por varios años con la intención de proporcionar una salida pertinente al problema, lo que significa que no vamos a hallar una respuesta definitiva. Por ello fue que el propio Reyes dejaría claro, antes que todo, que nunca (en El Deslinde) quiso asestar una teoría acabada, sino que sólo proyectó una hipótesis en proceso.

Ahora bien, la pregunta por lo tanto es: ¿Cómo es que Alfonso Reyes nos abre una perspectiva para este intrincado problema? Pues bien, lo que nos ofrece, en efecto, será una relación constante, epistémica incluso, de lo que él llamó: literatura pura y literatura ancilar.   

La presencia de la literatura: pura o ancilar

¿Qué es pues la literatura pura y la literatura ancilar? Para responder a este cuestionamiento vale la pena dirigirnos al propio Reyes.

Todos admiten —dice Reyes— que la literatura es un ejercicio mental que se reduce a: a) una manera de expresar; y b) asuntos de cierta índole. Sin cierta expresión no hay literatura, sino materiales para la literatura. Sin cierta índole de asuntos no hay literatura en pureza, sino literatura aplicada a asuntos ajenos, literatura como servicio o ancilar. [1]

Con este párrafo es posible indagar qué significa la literatura pura y la literatura ancilar o de servicio. Por lo que podemos en un amplio margen suponer, que tanto el concepto de puro, así como el de servicial o ancilar trae a cuestas el problema capital. Sin embargo, es viable que pensemos que por “puro” Alfonso Reyes trata de aludir a aquello que no está contaminado por objetos extraños, en este caso: no-literarios. Y de servicio, por el contrario, se refiere en una cierta característica de la literatura a ser “útil”. Pero útil a quién.

Pues bien, Reyes en efecto, dirá que la pureza en la literatura, grosso modo, la conocemos en forma de novela, cuento, dramaturgia, y por supuesto, en poesía. Cabe decir que la poesía, como poiesis, o producción se puede anteponer a la literatura, porque de hecho la antecede y en un sentido amplio la engloba. Por ello como comenta Reyes:

Después de todo, la literatura revela mejor sus esencias en el rojo-blanco de la poesía. (…) y reivindicaremos el noble significado de la poiesis o creación pura de la mente: Platón aprobaría, aunque, preocupado por la educación del ciudadano, haya sido insospechadamente cruel con el poeta.[2]    

Regresando entonces, por “pureza” Alfonso Reyes entiende la literatura que se agota en su mismo objeto, y en consecuencia la “ancilar” como aquella que se dirige a servir como: “aderezo retórico, ciencia en forma amena, filosofía en bombonera, sermón u homilía religiosa —la expresión literaria sirve de vehículo a un contenido y a un fin no literarios.”[3]   

Al respecto de lo anterior, podemos señalar que la literatura pura no tiene otro fin más que ella misma, no porque no pueda ser instrumentalizada, en el caso que obedezca a intencionalidades específicas del autor para con su lector con ciertas repercusiones ideológicas (arte servicial), sino por cuanto es un cuadro de significados que empiezan y terminan en su propio cuerpo: “La intención de la literatura es inflexible; sus motivos, ilimitados. Al punto de que la literatura puede definirse por esta pureza de sentido y esta universalidad de motivos.”[4]   


      
Y esto se comprende mucho mejor, si consideramos el carácter estético de la obra literaria. Acá tenemos el núcleo. Que sin éste, simplemente carecería de esencia la literatura pura. Por el contrario, la literatura ancilar, por sus mismas características, es utilizada para fines de transmisión de mensajes (conocimiento) y además con una intención mucho más estrecha o delimitada. Este es el caso de la historia, la filosofía o las ciencias particulares. Los grados y los modos de las formas lingüísticas utilizadas en cada una de ellas no son definitivas, sino que pueden variar en cuanto al estilo. Sin embargo, el tono permanece.

Otro aspecto en el que Alfonso Reyes pone atención, esto para complementar aún más el tema, es cuando señala que la literatura pura también destaca por su completa inclinación a lo humano. De nuevo, surge la pregunta de qué es lo que entiende aquí Reyes por humano.

Y lo que Alfonso Reyes argumenta, apoyado en los estudios que realizó José Ortega y Gasset (pensando en La deshumanización de arte), es que lo humano en la literatura tiene como referente la vivencia universal, esa que cualquier hombre puede experimentar y hacer suya a través de una obra literaria, sin necesidad de conocimientos específicos o especializados.

Ahora bien, el que a pesar de todo haya una complejidad cualitativa en la literatura, en la narrativa pongamos por caso, eso no significa que lo expresado por tal o cual autor no sea a la vez una vivencia que pueda ser compartida por otro que, en un plano distinto se sienta identificado con la ficción y los personajes de ahí emanados.

Y sin embargo, esto es lo que no sucede en áreas como la historia, la filosofía, la química, etc. Porque en ellas, la literatura ancilar propuesta para estas formas de expresión no-literarias, se aprecia únicamente como un segmento de la forma estetizante de la literatura pura pero únicamente para complementar en un momento dado a la no-literatura. Para darle un realce. En todo caso, mientras menos agregado literario encontremos, mucho más frío y distante será a la experiencia humana.  

La literatura entonces, coloca de frente al lector con otro mundo. Un mundo plagado de claroscuros. Ahí donde predomina la circularidad o linealidad narrativa y el talante estético según como lo presente el autor. Pero siempre con la intención contundente de crear un puente o un diálogo con el otro y confrontarlo vivencialmente. Caso que no se presenta en la misma medida en la literatura ancilar. Ya que, para atravesar su terreno, por ejemplo en la filosofía, antes hay que hacer un trabajo fuerte de apropiación de conceptos y formas verbales que permitan comprender un determinado discurso.



En resumen, el concepto de “deslinde” tal como lo analiza Reyes, implica hacer la diferenciación entre literatura pura y ancilar, entre los elementos literarios que pueden colindar con la no-literatura. De ida y vuelta. Así pues, El Deslinde y otras breves obras como Teoría literaria y La experiencia literaria, resultan escritos en los que Alfonso Reyes se permitió pensar más a fondo el cuerpo de significados que rodea a la literatura, lo que merece sin duda una lectura reactualizada a la luz de la amplia gama de estudios literarios que se ofrecen hoy día.  
             


[1] Alfonso Reyes, Teoría literaria, ed. FCE. México, 2005, p. 17
[2] Alfonso Reyes, Experiencia literaria, ed. FCE. México, 1989, p. 73
[3] Alfonso Reyes, Op cit., p.17
[4] Alfonso Reyes, El Deslinde, ed. FCE. México, 1983, p. 99

La sombra de Prometeo

No hay comentarios:

Publicar un comentario