Luis Villoro: poder y contrapoder, categorías sustanciales de lo político

Luis Villoro: poder y contrapoder, categorías sustanciales de lo político 




De una sociedad cuyos súbditos no empuñan las armas porque son presas del terror, no cabe decir que goce de paz, sino más bien que no está en guerra…  
Baruch Spinoza.



Luis Veloz

Enrique Florescano escribió, en Memoria mexicana, lo que podemos considerar como una contra-historia, es decir, una historia no anclada a los intereses de un grupo en particular, por ello es que su recorrido pone particular atención en los imaginarios ideológicos que sepultaron la tradición prehispánica, entre ellas, la de las sublevaciones indígenas que se fueron gestando a poco tiempo de que cayera la ciudad de Tenochtitlan. Pese a que la fuerza militar de los españoles menguo, como se sabe, notablemente a la población, junto a las enfermedades, y se impuso así un coto por fuerza, hubo grupos indígenas que no cedieron al invasor y continuaron con la lucha armada.


En este marco, la trepidante insurrección indígena de Mixton (1541) queda, para Florescano, en la memoria histórica no oficial como un acontecimiento notable de una resistencia que fungió incluso como una inspiración para otros grupos en diversos puntos del territorio que iban siendo colonizados.

Lo anterior, sin duda, es un caso de muchos, porque la narrativa es abundante, no sólo en México, sino en prácticamente todo el mundo una vez que es menester sacar a flote y referirnos a la necesidad del hombre por resistir, como dijera Maquiavelo. Lo cual es indudable en dos formas principales, a saber: hechos violentos y no violentos. Digamos mejor, movimientos armados o exposiciones pacificas con una clara desobediencia civil en tanto repudio ante un poder despótico, opresor, corrupto, es decir, ante una injusticia.

La lucha libertaria en política que atraviesa toda la historia suele analizarse, en efecto, a partir de una categoría sumamente atractiva que se conoce como “contrapoder”. Sin embargo, algunos de los teóricos que denotan las características del contrapoder, como Antonio Negri, llegan a concebirlo comúnmente como una fuerza similar al poder que resiste (véase Imperio y multitud). Lo cual sólo se logra en términos meramente abstractos, porque es fácil advertir que por ejemplo una “resistencia pacífica” no reúne la fuerza efectiva, de choque, en contra del opresor, sino, por el contrario, sólo muestra una avanzada a partir de la cual se expone la corporalidad y la moralidad, sin más eco y fuerza que la voz.

En todo caso, al analizar el contrapoder, quizá nos vemos obligados a considerar los múltiples escenarios en los cuales éste se presenta, y, además, entenderlo, en la emergencia que denota, como una lucha ético-libertaria siempre acorde a un contexto situado. Es verdad que la tarea así entendida es titánica, lo cual no haremos aquí. Es decir, no haremos una historia de los diversos movimientos que se han gestado. Pero sí diremos que a partir de lo anterior se puede colegir una perspectiva que difiere de otras en donde el contrapoder es exclusivamente un sinónimo de choque, y nada más. Lo que consideramos puede demeritar el objetivo originario que lleva a que un movimiento colectivo, se levante ante un poder que oprime gracias a la instrumentalización de la violencia.



Por ello, a fin de ahondar en la noción de la categoría de contrapoder, recurriremos muy brevemente al análisis que realizó Luis Villoro en torno al problema que envuelve al poder y  el contrapoder, mismo que hallamos en su filosofía política, principalmente en su libro El poder y el valor. La pregunta entonces es clara: ¿Qué es el contrapoder desde una visión ética?

Un breve escenario teórico de la categoría de poder.

A partir de los años 90 Luis Villoro trató con hondura uno de los tópicos esenciales sin el cual es imposible determinar los rumbos que se dan al interior de una organización política: el poder. No obstante, lo que supone el poder, se puede analizar en interpretaciones de diverso calibre. Una de las cuales creemos que vale la pena tocar antes de arribar a Luis Villoro.

En efecto, vamos a referirnos a Giacomo Marramano y a su obra: Contra el poder, porque ahí el filósofo italiano asiente que el poder es una relación “entre”. Marramao, deudor de la filosofía de Spinoza (quien distingue con puntualidad poder y potencia), y por supuesto de los aportes de Michel Foucault en esta materia (entre otros), nos dice que el poder tiene al menos dos connotaciones fundamentales que no se pueden eludir: la una, refiere al “poder para”, y la otra, al “poder sobre”. La primera nos muestra su especificidad una vez que se entiende al poder para disponer de los objetos, la segunda, enfatiza en el poder sobre los seres humanos, o el poder sobre los cuerpos.

Así, es importante decir que Marramao va a subrayar que dicha diferenciación semántica del concepto de poder, también se torna contradictoria a raíz de que el poder sobre las personas, sólo es tal si se es capaz de disponer de ellas de la misma manera que se hace con las cosas.  Es decir, la secuencia del “poder para” y el “poder sobre” prácticamente se vuelve relativa, esto porque la segunda vuelve a la primera una vez que al sujeto del que se dispone es reducido a una cosa más.

En esta línea, Marramao anota que la singularidad del concepto de poder, se halla en completa referencia con la noción de libertad. Esto origina, afirma el filósofo italiano, que “poder y libertad” si bien no son iguales categorialmente, caminan a la par. Básicamente porque en lo que toca al poder sobre los seres humanos, tal poder parte del entendido siempre y en todo momento de concebir a un sujeto potencialmente libre. Es decir: dotado de la capacidad  para actuar de un modo alternativo al acto de subordinación.

De esta manera, argumenta Marramao, tomando como base la obra de Etienen de La Boetie, Discurso de la servidumbre voluntaria, que el poder y la libertad están en una misma coyuntura, si bien se entiende que el poder es primordialmente una negación de la libertad, por ello afirma: “un poder ejercido sobre individuos que por naturaleza no son libres no sería estrictamente poder, desde el momento en que faltaría el requisito fundamental de la relación.”[1]

Ahora bien, este tópico que alude a “el poder como relación”, es la propuesta que Marramao recupera, como se dijo, directamente de Foucault, por lo que cabe hacer un pequeño señalamiento a él. En efecto, como sabemos, el filósofo francés asume tal problemática y la somete por largo tiempo a un examen exhaustivo en aras de comprender lo que significa el poder a partir de las distintas formas arraigadas en los mecanismos disciplinarios: leyes, policía, vigilancia, ideologías, escuelas, iglesias, hospitales, etc.

Así pues, en un ciclo de conferencias que Michel Foucault dictó en la Universidad de Stanford, en torno al poder, el filósofo realizó toda una descripción a detalle  del poder en sus variadas expresiones, por lo que de inmediato abreva en el punto sobre “la relación”; a partir de aquello, Foucault explica el “poder” que se ejerce sobre los cuerpos como “la relación entre” un conjunto de miembros asociados, entiéndase esto, de una asociación política.

Al mismo tiempo, Foucault dirá que la relación de poder no debe confundirse con las relaciones de comunicación, aunque éste último sea un terreno que colinda con el primero, son diferenciables. La mecanismos, las herramientas o dispositivos en los cuales se encauza el poder disciplinario, son ampliamente analizados por Foucault en aquellas conferencias (y otros libros) que a la fecha siguen siendo fuente de consulta, y, aunque la perspectiva de las formas disciplinarias hayan tenido cambios significativos a causa de las complejas transformaciones que ha llevado la sociedad en materia científico-tecnológica, eso no resta su importancia en lo que respecta a la política. O, como dijera él, la biopolítica.

El poder, el contrapoder y el valor.

A decir verdad, no muy lejos de Marramao ni de Foucault, hallamos a Luis Villoro, quien ahonda en la categoría de poder pero siempre con algunos matices. Así, lo que hace nuestro filósofo mexicano es proyectar dos márgenes sustanciales, uno, el que deriva de un lenguaje ordinario, y el otro, el que se asimila a un lenguaje político. Con ello, lo que dirá Luis Villoro es que dentro del primer campo, el poder cae en un margen semántico bastante amplio, desde el cual el vocablo de poder significa: “fuerza”, “capacidad”, “dominio”, “violencia”, esto, según el contexto en los cuales se enuncia. De ahí también, explica Villoro, que a partir de esta perspectiva, poder quiere decir simplemente: la capacidad de algo o alguien de causar efectos, alterando la realidad.[2]   


Sin embargo, el sentido político para Villoro es mucho más restringido. La razón de esto es que el poder en política tiene un porqué, una causa, es decir, no se presenta intempestivamente. Esto significa que el poder en política supone, siempre, un conflicto. En efecto, en lo político todo escenario conflictivo es ineludible, por cuanto que es a partir de ese principio fundamental sumamente arraigado en la relación con el otro, que se comprende la necesidad de un poder: “Contra el mal de la violencia colectiva impone la violencia de una parte sobre el todo. Sólo entonces ha nacido el poder político. Con él ha surgido el Estado”[3].    

La realidad de la política por lo tanto no puede estar disgregada del conflicto porque sólo así un poder se justifica como “valor”, a fin de erradicar el caos que se desencadena en un momento determinado. En algún sentido, tal criterio recuerda con notable persistencia la teoría contractualista de Hobbes. Aunque, los fines en cuanto a la propuesta de una asociación política, sean por completo distintos en el caso de Villoro.

De cualquier modo, el poder político constituye la piedra de toque para la erradicación de un caos y por ende de la violencia colectiva. Es notorio, no obstante, que este poder al presentarse como un medio que trata de retornar a un orden, tienda a justificarse como un valor objetivo (moral), pero sólo en la medida en que busca un bien común. Razón por la cual, externa Villoro, esa será la justificación que siempre suelen  aducir quienes lo ejercen (el poder) pese a que el rumbo que tomen sea otro.  

Y esto es claro, ya que la experiencia que tenemos históricamente es que el poder, por desgracia, tiende a corromperse con el tiempo, es decir, termina por buscarse como un fin en sí mismo. Cuando esto sucede, cuando al buscarse el poder lo que guía no es "el bien común", entonces se transgrede su capacidad para mantener la estabilidad y el buen vivir. En este sentido, Villoro asiente que ahí, en ese momento, el afán del poder se vuelve sólo deseo de dominación:

Quien llega a servirse del poder no puede menos que desearlo por sí mismo, con independencia de sus resultados. Porque hay un goce vital de la propia fuerza, un deleite en el despliegue de nuestras capacidades para bien o para mal, para la creación o para la destrucción. El afán de poder pos sí mismo, sin mirar las consecuencias, responde al deseo profundo de todo hombre por prevalecer. Nadie que busque el poder puede sustraerse del todo a esa pasión.[4]

Servirse del poder, es por consecuencia, no servir (al otro) con el poder. Es notable, pues, que en este punto, Villoro hable de la corrupción latente que desencadena la pasión humana cuando busca el poder por el poder mismo. No porque no sea loable el poder cuando busca servir, sino porque es claro que el poder, como medio, puede desencadenar la euforia ciega por tener las amarras para hacer y deshacer. O sea, de someter a los otros. Por esto mismo fue que Villoro asiente que poder y contrapoder, no se pueden confundir. Ya que el fin en ambos casos es opuesto. Veamos.

Para comenzar, cabe subrayar que el poder y el contrapoder difieren, en efecto, por el uso de la violencia y por el fin valioso que se busca. A fin de matizar lo dicho, digamos que el poder hace alusión a dos espacios, uno, el poder que se impone, y el otro, al poder que no  se impone sino que se expone. Imponer es doblegar la voluntad del otro. Exponer en cambio, deja a consideración la voluntad en el otro. Luis Villoro lo explica así:

El poder contempla la dominación de un individuo o grupo sobre los demás: por lo que es siempre particular. Si entendemos por “pueblo” el conjunto de personas que componen una asociación política, el poder es siempre sobre o para el pueblo, pero no del pueblo. El contrapoder, en cambio, puesto que no pretende imponer una voluntad sobre ningún grupo de la sociedad, puede ser general. Puede comprender entonces el poder del pueblo, pero “poder” tendría. En esta expresión, un sentido contrario al impositivo: significaría una situación en la que ninguna persona o grupo estuviera sometido a un dominio particular y cada quien tuviera la capacidad de determinar su vida por sí mismo.[5]

Como observamos en esta amplia cita, poder y contrapoder son dos nociones categoriales en franca discrepancia, aunque es evidente que sólo se puede dar uno mientras se dé el otro. Cuando, vamos a decir, hay la necesidad de una resistencia. El contrapoder tal como lo piensa Luis Villoro, no es la simple lucha que se opone en condiciones de igualdad o fuerza, cuando se puede dar, claro. El contrapoder, más bien es pensado como un acto común y no singular que mira por el bien del todo. Por lo mismo, el contrapoder va a estar íntimamente relacionado a la ética, es por decirlo de una manera, la base de una ética-política, aunque en relación a un proyecto aún más amplio: un proyecto de organización, en donde el fin último, como ideal regulativo, es la abolición de todo poder. Visto así, se podría concluir que estamos, sin duda, frente a una posición que recuerda innegablemente al anarquismo.


La vena anarquista de Luis Villoro, revive aquella frase de Leo Ferré, donde asiente que el anarquismo no es propiamente el desorden, sino el orden, menos el poder. En términos generales, la postura villoriana conserva el talante ético que funge en la práctica política como un acto de insubordinación, que en otro sentido no es más que una postura disruptiva que lleva en sí la potencia de lograr un cambio radical.

El contrapoder pues, es una forma más que se debate en los radios de acción de lo político. No sólo de la política. Lo político es aún más amplio, ya que está en relación directa con la totalidad. Con todo, hemos de considerar que el contrapoder no es por completo un hecho que se ha dado a cabalidad, es decir, que se ha solidificado en un espacio concreto. Aunque las revoluciones, con todo y la violencia de por medio, así lo han tratado de hacer, pocas veces o más bien nunca se ha establecido. Ha habido cambios, pero el contrapoder original se difumina.

Por esta razón, Villoro opina: “El contrapoder nunca se ha establecido plenamente, pero en casos paradigmáticos ha estado muy cerca de sus objetivos (… ) Recordemos la hazaña de la no-violencia en el movimiento de Gandhi o en el de Martin Luther King; y aún están presentes las revoluciones de terciopelo, en países del Este de Europa.”[6]

Tenemos pues, una categoría que tiene un límite en los casos concretos, pero ello no disminuye o le resta importancia. Al contrario, el contrapoder debe de recuperarse como un concepto subversivo, ya que alberga el germen de un cambio efectivo en la base pública o política. Esto no descarta, naturalmente, la violencia. Ninguna fuerza en oposición de hecho, puede estar libre de cualquier tipo de violencia. La intención, por supuesto, no es esa, aunque los casos en los que ha sido necesaria, la violencia inicia básicamente como el último recurso cuando todos los demás intentos de dialogo se han agotado: “El en contrapoder, la violencia sólo puede ser contextual, usada en circunstancias que exijan la defensa propia; siempre será un medio calculado para avanzar en su supresión futura.”[7]   

Entonces, el contrapoder en tanto categoría política, tiene por fundamento un horizonte ético, por lo mismo es que funge como un ideal en las luchas libertarias. Esto no significa, por ende, que un movimiento no pueda descomponerse, y volverse por consecuencia un poder que oprima. En política, no hay nada seguro, todo se mueve a gran celeridad. Un movimiento puede pasar de libertario a opresor si la base que lo guía no está debidamente sustentada por la totalidad que lo dirige.

El contrapoder como valor, puede parecer contradictorio en un principio, ya que como aduce Villoro: “La voluntad de poder y la búsqueda del valor se nos han revelado contrarias; sin embargo, no pueden prescindir la una de la otra: Si el poder tiene que acudir al valor para justificarse, el valor requiere del contrapoder para realizarse.”[8]

En esto, sin embargo, hay límites que siempre tienen que ser precisados con su debida cautela. Naturalmente, a lo largo y ancho de la historia los alzamientos, las resistencias de los pueblos siempre son dignas de tomarse en consideración por todo lo que pueden ocasionar, digamos, por la transformación que potencialmente llevan en tanto contrapoder. Pero, al igual, se ha de pensar que sin un fundamento y un sentido ético bien establecido, donde prime el deseo generalizado, y no el deseo en unos pocos, los rumbos finales, los cauces que tomen, pueden originar lo otro del poder, es decir, la imposición.

Poder y contrapoder, en suma, son dos categorías sumamente interesantes y complejas, vistas en un marco conflictivo y, aunque colinden, sus fines son otros en tanto que proyectan connotaciones especificas del amplio espectro que engloba lo político.     
         
Bibliografía.

Foucault Michel, El poder: Cuatro conferencias, ed. UAM, México, 1989.
Marramao Giacomo, Contra el poder, ed. FCE. México, 2013.
Villoro Luis, El poder y el valor, ed. FCE. México, 1997.
                     



[1] Giacomo Marramao, Contra el poder, ed. FCE. México, 2013, p. 25
[2] Luis Villoro, El poder y el valor, ed. FCE. México, 1997,  p. 80
[3] Ibídem, p.  82
[4] Ibídem, p. 83
[5] Ibídem, p. 86
[6] Ibídem, p. 87
[7] Ibídem, p. 88
[8] Ibídem, p. 91.

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