La contradicción de la democracia: de la representación a la radicalidad.
Luis Veloz


La democracia no es un estatus en el que pueda un pueblo cómodamente instalarse. Es una conquista ético-política de cada día, que sólo a través de una autocrítica siempre vigilante puede mantenerse.
J.L Aranguren. 

Las polémicas en torno a la democracia se deben, en gran medida, a la esperanza pero también al desencanto que provoca. Para quienes incursionan en la problemática que implica esclarecer qué es la democracia, de inmediato se atienen a un terreno que exige analizar, con cuidado, alguno de los distintos modelos que existen de ella. Mario Magallón al respecto, opina que la democracia manifiesta una dimensión utópica en tanto que se asocia con las aspiraciones de justicia; igualdad, libertad, soberanía, equidad, participación, solidaridad, tolerancia.[1] Esta postura tal como se aprecia, es de contraste. De disrupción. La democracia así percibida no denota un dispositivo de acceso al poder, sino la base ética de un gobierno que condiciona la organización política de las mayorías.



En este mismo sentido, en obras como las de Held, Dahl, Shumpeter, Bobbio, Macpherson, etc., hallamos estudios de gran seriedad sobre la democracia mismos que se han concentrado en dos aspectos que consideramos fundamentales, estos son: las “condiciones reales”  y  las “condiciones ideales o regulativas.” Por esta razón, al llegar a un punto crítico se formulan reflexiones prescriptivas a partir de las contradicciones o aporías que arroja la democracia, principalmente surgidas en la modernidad.

Así pues, en lo que sigue, la intención que se tiene consiste únicamente en trazar un pequeño recuento de lo que entendemos por democracia, por lo que en términos generales sólo puntualizaremos un esbozo que servirá para contrastar dos proyectos de ella: la liberal y la radical. Así que, para empezar, hagamos un acercamiento al concepto partiendo por su etimología.

¿Qué es la democracia?

La palabra democracia, como bien señala Cornelius Castoriadis, es simple en su sentido y en su intención central. Es una palabra de origen griego, está compuesta por demos y kratos. La traducción nos dice que por demos se precisa al pueblo, y por kratos, el poder o gobierno. Por extensión etimológica tenemos que democracia implica el poder o el gobierno del pueblo. Aquí debemos entender al pueblo no como una multitud heterogénea sino como una unidad homogénea, prácticamente indiferenciable. Ahora bien, aunque la etimología señale el contenido neurálgico, no permite ir más lejos. Digamos entonces que, una cosa es la palabra, otra la teoría y su praxis.  
En la antigua Grecia, específicamente en Atenas en el siglo VI a. C. la democracia destacó por haber sido un gobierno en el cual participaban “los muchos”, en este caso, los hombres libres. Hombres libres eran aquellos ciudadanos que conservaban cierta presencia política y económica y que, en un momento dado lograron deponer a un tirano. No eran cualquier ciudadano, y en la organización democrática, por ser ésta patriarcal, las mujeres y los niños quedaron fuera, lo mismo que los esclavos y extranjeros (metecos). Esta democracia, empero, establece una lectura sui generis aunque potente con la cual se enfatiza el desprecio al poder detentado por un solo individuo: rey, o pequeño grupo (oligarquía). Además, por estar sujeta a la polis, cuya territorialidad era reducida (algunos miles), consentía que los hombres libres se pudieran reunir en una asamblea a debatir los asuntos de la comunidad. La orientación objetiva según la política imperante, se regía siempre por el bien de todos. 

Ahora bien, entre la democracia antigua y la moderna, se da no sólo un abismo en cuanto a la temporalidad, sino todo un giro en el paradigma de la política. En efecto, si la política antigua se fundamenta por el bien de la totalidad (el bien común), la moderna en cambio se confecciona en torno al cálculo, la instrumentalidad, o bien, la efectividad. Este panorama también involucrará la concepción de democracia que se va a tomar, porque en este ambiente va a asumir la misma arquitectura. Así pues,  aunque con ella, en efecto, se apele a un bien (justificación moral), en realidad la democracia se transforma en un “medio” o “útil” que servirá para legitimar y legalizar (con forme a la ley) un gobierno sustentado (únicamente) en la decisión de la mayoría cuantificable. Josep Schumpeter así lo describe: “método democrático es aquel sistema institucional, para llegar a las decisiones políticas, en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de la lucha de competencia por el voto del pueblo.”[2] 

Además, con la democracia de los antiguos, el voto era visible, por estar el otro singularizado, lado a lado, cara a cara. Con la de los modernos, en cambio, el individualismo determina que el voto se vuelva secreto y además, trasferible. Esto por la razón de que al no ser directa, la democracia muta a la representación.

Democracia liberal.

Historiar la democracia obliga a trazar su itinerario por durante al menos dos mil años. Lo cual no haremos aquí por no ser el propósito que se busca. Sólo diremos que esta historia no ha sido lineal, sino trunca o sumamente espaciada. No hay una linealidad temporal porque la democracia después del declive de Grecia, se esfuma, no revive ni siquiera en la antigua Roma. Y, en la Edad Media, comenta Held: “(…) no se propició una reflexión extensa sobre la naturaleza de la comunidad política (…) no dio lugar a nuevas concepciones sobre la democracia.”[3] Por tanto, pese a que los resquicios de la democracia ateniense se reflejen de un modo escueto en la construcción de la República, debido al gobierno mixto, no hay una democracia en sentido estricto. Ésta es la razón por la cual, para puntualizar mejor lo aquí nos incumbe, damos un salto hacia el siglo XVIII.

Dos grandes movimientos revolucionarios son pieza clave en este contexto, por un lado la Independencia de Estados Unidos (1786), y por el otro, la Revolución francesa (1789). Ambas luchas civiles convocaron a su triunfo una nueva organización política, un nuevo pacto, y es aquí donde emerge de nuevo la democracia. La peculiaridad del momento histórico dio por resultado la necesidad de equiparar la democracia a la altura de su tiempo. Los Estados ya no son pequeñas comunidades, sino territorios amplios y heterogéneos; más complejos en todo sentido. Éste fue el motivo por el cual la democracia toma la forma de la representación.

La representación como se sabe, consiste en que se delega capacidad de función y decisión a otro, a fin de que vele responsablemente por los intereses de quien lo eligió. Un ciudadano por tanto, elige a su representante con objeto de que en la trama política o la organización del Estado, le proporcione seguridad y bienestar. No obstante, en el propio Siglo Ilustrado este tipo de democracia fue duramente criticada por Rousseau, quien, al exponer el problema  político del pueblo inglés, más o menos arguye que, el pueblo es libre mientras vota, una vez que lo hace, vuelve a sus cadenas.[4]
Sin duda para Rousseau, en efecto, la representación democrática denotaba un mal pragmático aunque en última instancia necesario para las nuevas asociaciones políticas. Sirve tanto para una liberación como para una sujeción, los discursos naturalmente mutan dependiendo de la escena en la cual se piense. Sin embargo no es difícil completar un poco más este cuadro. Porque la democracia representativa tiene otro adjetivo igual conocido por nosotros: liberal.

Por democracia liberal vamos a especificar una conjugación compleja, pero fundamental en la modernidad. El liberalismo complementa la nueva democracia y le otorga, sin duda, un impulso cardinal para su praxis. Aunque no nazcan en el mismo siglo, y mucho menos comprendan el mismo sentido, es claro que el liberalismo exhibe una estructura sistémica que terminaría sustentada por la ley para permitir el ejercicio democrático, pero también, su reducción. El liberalismo, recordemos, pertenece a la clase de los “ismos”, es decir, de las ideologías. Y como tal, constituye una determinada forma de percibir el mundo. Este liberalismo tiene su origen en el siglo XVII, en la ya clásica obra de Locke, Dos ensayos sobre el gobierno civil. El objetivo ahí es claro, elaborar un estudio sucinto de la política y proponer al tiempo un contrato social distinto al de Hobbes, el cual limita el poder del Estado con respeto al hacer ciudadano; así, se restringe el poder al grado de dividirlo (Legislativo, Ejecutivo y Federativo[5]) en aras de asegurar la vida; la libertad de creencias, de organización y de propiedad (libertad negativa).

Cuando lo vemos de esta manera, es indudable como bien especifica Norberto Bobbio, que democracia y liberalismo terminaran entrelazados porque mientras uno convoca la igualdad (en la libertad), del otro lado se garantizan las condiciones necesarias en cuanto al derecho civil se refiere; por ello se salvaguarda al individuo apelando siempre a una libertad que termina donde comienza la libertad del otro, o bien: “tengo derecho de actuar hasta donde la ley me lo permite”. Por lo tanto no es extraño que democracia y liberalismo colinden aunque originalmente no buscaran la misma meta. En la modernidad, el Estado liberal (que no es necesariamente democrático) garantiza las reglas formales del juego democrático, las cuales son mínimas o restringidas a unos cuantos puntos, por ello: “Hoy  sólo los Estados nacidos de las revoluciones liberales son democráticos y solamente los Estados democráticos protegen los derechos del hombre.[6]    

El recurso disruptivo: la democracia radical.

Ahora bien, esta democracia liberal asimismo adolece de problemas significativos que es menester señalar. El contexto en el cual se presenta, con la manifiesta igualdad en la libertad, obliga necesariamente, tanto por el esquema político como por el económico, a individualizar al sujeto al grado de despojarle de todo aquello que lo diferencia de otro. El sujeto en la modernidad, se vuelve abstracto, lo cual es clave para poder garantizar la libertad, la igualdad y la justicia en un esquema formal. Dicho recurso se logra teóricamente con base en el proyecto de la razón pura práctica (Kant), lo que pronto después es aplicado en el Estado de Derecho. Sea como sea, este proceso de desvinculación del yo, olvida lo concreto. Y así, al despojar al sujeto de lo que lo hace diferente de otro, se niega a la vez su condición situada. El resultado es, en efecto, la exclusión. O bien, para ser más precisos se presenta la dicotomía: “inclusión- exclusión”.

En el marco económico político del siglo XX (capitalismo desbordado), la desigualdad social, los problemas de injusticia, y la forma con la que se exterioriza lo político reducido al sistema de partidos, la élite gobernante, dejan entrever un punto sumamente delicado en el proceso de democratización. Con esta democracia, que logra su aceptación hacia los años 70 del siglo pasado, a nivel mundial, se exige la participación, pero a la vez no. Esto significa que sólo se participa en fechas debidamente marcadas en tanto que son expresión de civilidad política, aunque se niega la participación fuera de tiempos electorales. El sujeto desvinculado se convierte así, en un ente pasivo (a-político) una vez que ha elegido representante.


Tenemos entonces una contradicción determinante en el seno mismo de la politicidad democrática que lleva a cuestionarnos si en realidad el poder está en el pueblo o es por el contrario una total ficción. Castoriadis de hecho asume que es una vergonzosa hipocresía decir que hay algún país en este planeta en que el pueblo tiene el poder.[7] La soberanía, como argumentó Rousseau, si bien recae en la voluntad general, en el juego democrático-representativo esto se invierte una vez que se consolida el proceso de votación. Digamos pues, que con la representación se confisca la soberanía para transitar al representante (los partidos). Si lo vemos así, se entenderá la razón por la cual el filósofo ginebrino ataca la democracia representativa. Y, por otro lado, tenemos a Alexis Tocqueville, quien escribe un gran tratado en el siglo XIX, La democracia en América, para comprender la operatividad de la democracia existente en los Estados Unidos. Los peligros del liberalismo, en efecto, ya registraba ahí Tocqueville con extrema sensibilidad, son causados a raíz de que se focaliza la individualidad y por ende el egoísmo como regla general para lograr el fuera de sí de la comunidad. Carl Schmitt, en la crítica que formula al liberalismo a partir de un escrupuloso análisis de las figuras categóricas que se entablan en el espacio político, dice:

La pregunta, sin embargo, es la de si a partir del puro y consecuente concepto del liberalismo individual se puede extraer una idea específicamente política. La respuesta es negativa. Porque la negación de lo político que está contenida en todo individualismo consecuente, si bien conduce a una praxis política de desconfianza frente a todos los poderes políticos y formas del Estado imaginables, jamás arriba a una propia y positiva teoría del Estado y la política.[8]     

Ante este problema, diversos autores han tratado de ahondar en otro modelo, el cual no es nuevo ni tampoco está exento de debate, sin embargo se considera que lleva en ciernes una carga ética manifiesta, hablamos de la democracia radical. También en el siglo XX comienza, en el seno mismo de la política hegemónica, una contraofensiva cuya avanzada forma parte de los movimientos adyacentes a la sociedad civil (campesinos, obreros, estudiantes) en concordancia al concepto de Gramsci, y que, en última instancia consigue contrastar la política racional-instrumental con la política de corte comunal o social.

La construcción de la ética-política del siglo pasado, que condiciona el rumbo específico de lucha en el XXI, implica la vuelta al pensamiento filosófico-político de Aristóteles; Cicerón, Maquiavelo, Spinoza, Marx, etc., pero reactualizados a las problemáticas contemporáneas, es decir, a la altura nuevamente de nuestro tiempo.

En este caso podemos hacer referencia a filósofos como Sandel, Walzer, Kymlicka, Jauregui; o a los italianos Negri, Agamben, Virlo, o bien, a latinoamericanos como Luis Villoro, Garzón Valdez, González Casanova, o Boaventura de Souza, entre otros más. Todos ellos, en efecto, han dirimido de un modo u otro la problematización de categorías políticas y culturales con objeto de resemantizarlas en un espacio ajeno a su tiempo de fundación, de este modo es que se han vuelto a recuperar conceptos como el de soberanía, igualdad, pluralismo, república o democracia (entre muchos más), no sólo por cuanto representan en la estrategia teórico-revolucionaria sino por lo que representan en un marco ético-político. El caso de Luis Villoro lo consideramos relevante no sólo por su cercanía, sino por su aportación filosófica, la cual, a lo largo de más o menos veinte años pule con objeto de pensar la política situada, y ante eso, ofreció una salida razonable a los tiempos por venir, sin cerrase en ningún momento a la crítica racional.

Para Villoro, la democracia radical significa, en términos generales, un horizonte, una idea-fuerza o regulativa que tiene por objeto introducir en un marco de asociación política un valor objetivo. Por valor objetivo Villoro comprende una postura, un deseo que si bien nace en la subjetividad, no se queda ahí, sino que se amplía porque el supuesto “querer” no sólo es para uno, sino para la totalidad; así, en la medida en que nuestro querer se aleja del yo, tenderá cada vez más a la objetividad. En Rousseau tal querer lo hallamos con la voluntad general, en Villoro, en una ética concreta.

La democracia radical, empero, ostenta innegablemente una carga ética y por ende un valor objetivo. No es un simple procedimiento sino la articulación de la lucha civil a partir de la cual se empuja siempre y en todo momento hacia un cambio social. “Radical” puede parecer un adjetivo peligroso, pero es así por lo que lo distingue de la democracia ya conocida. “Radical” es la raíz. Y la raíz en este caso es el pueblo. Si por radical acusamos un término peligroso, es por la razón de que subvierte una sola visión de la democracia, la que es favorable a ciertas facciones políticas que miran hacia adentro. Ahora bien, es claro que una democracia radical se torna inviable para ejercerse en las sociedades modernas.

Pero ello sólo si lo apreciamos desde un aspecto determinante, porque no es imposible. Para posibilitar una alternativa de esta potencia subversiva es menester descentralizar, primero, la organización política imperante. Y, además de ello, introducir acciones políticas cada vez más sujetas a la participación ciudadana en los distintos medios públicos que hoy se tienen, incluyendo los virtuales. Por su parte, Boaventura de Souza aduce que, para cambiar la democracia liberal, más que destruirla se debe tomar por asalto, desde dentro. Se cambia a partir de ella misma. Desde sus entrañas. Por ello: “(…) es preciso convertir el ideal democrático en una realidad radical que no se rinda ante el capitalismo.”[9]

La propuesta en la cual enfatiza la democracia radical apunta, en efecto, a la horizontalidad del poder, no a la verticalidad. También con ella se vislumbra necesariamente volver a la igualdad no formal, sino concreta, y pensarla a partir de la equidad como elemento fundamental de la justicia. Lo mismo sucede con la libertad, porque sin restarle importancia a la libertad negativa, se coloca en un mismo peso el acento en la libertad positiva, misma que supone la autonomía y, en su grado más desarrollado, exige la posibilidad para elegir un rumbo en la vida sin que esté limitado por la falta de recursos  o la exclusión social (fondo económico). Una democracia de este corte, propicia la producción de otra subjetivad en tanto que se apela a la capacidad de elegir, interrumpir o participar con base en una conciencia crítica continúa y, además, en condiciones de simetría social:

Democracia radical sería la que descansara en el poder de ese pueblo real. Supondría, por lo tanto, una inversión de las relaciones de poder existentes. Porque si todo poder se ha ejercido hasta ahora desde un grupo situado en la cima de la sociedad, una democracia radical ejercería el poder desde la base de la sociedad hacia la cima.[10]

Actualmente existen diversos sectores comunitarios, tanto en México como en otros países Latinoamericanos[11], que enseñan otra forma apreciar la organización política. E incluso hay modelos que, en la propia tradición occidental, como el republicanismo, que alienta la virtud republicana y la solidaridad comunal, pueden fungir para cometidos transformadores de la sociedad civil. La responsabilidad que se deposita políticamente en una comunidad ampliada implica que el poder no sea una coacción (orden-sumisión) sino un servicio. Sin embargo, la fuerza de una democracia radical tiene su más alto despliegue en un nuevo Estado, en Villoro esto sería la condición con la cual se dibuja una asociación con forme al valor. El Estado nación, ha de transitar al Estado plural. Y justo aquí es donde la perspectiva democrática introduce otra instancia para sopesar el poder apelando a un control directo de los funcionarios, de los delegados. Es el giro fáctico al mecanismo del mandato imperativo. No obstante, pese a que un tránsito de un modelo de Estado a otro sea quizá un trabajo de largo alcance, ello no limita ni le resta importancia a la democracia radical.
En suma, podemos pensar que en la actualidad sigue latente el hecho de que, pese a los desencantos que ha proporcionado la democracia realmente existente, subyace otro horizonte en donde es viable, a partir de ella misma y desde su cabal producción, radicalizándola, que se logre la reivindicación de un pueblo al que por mucho tiempo se le ha negado el reconocimiento de su capacidad para autodeterminarse. Una revolución democrática; la democratización de la democracia, o la ética-política como esencia de un poder en la base y no arriba, es el proyecto de un actuar al que se apela independientemente de las condiciones políticas que hoy prevalecen.                       




[1] Cfr. Mario Magalllón, “Ideas filosófico-políticas en América Latina”, en Historia de las ideas latinoamericanas ¿disciplina fenicida?, ed. Juan Pablos, México, 2003, p. 74.
[2] Josep Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, ed. Aguilar, Barcelona, 1973, p. 343.
[3] David Held, Modelos de democracia, ed. Alianza, Madrid, 1992. p. 52
[4] Cfr. Jean Jacques Rousseau, Del contrato social, ed. Alianza, Madrid, 1989, p. 98.
[5] Recordemos que posteriormente es Montesquieu quien define, en El espíritu de las leyes, la división última que se conoce al día de hoy: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
[6] Norberto Bobbio, Liberalismo y democracia, ed. FCE. México, 2012, p. 48.
[7] Cfr. Cornelius Castoriadis, La cuestión de la democracia, https://cursounneherasfadycc.files.wordpress.com/2011/11/1993-castoriadis-la-cuestion-de-la-democracia-conferencia.pdf. (Consulta: 20 de mayo de 2018).
[8] Carl Schmitt, El concepto de lo político, ed. Alianza, Madrid, 1991, p. 97.
[9] Boaventura de Sousa, Democracia al borde del caos, ed. Siglo XXI, México, 2014, p. 292.
[10] Luis Villoro, El poder y el valor, ed. FCE. México, 1997, p. 347.
[11] Véase La sociedad contra el Estado, de Pierre Clastres.

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