Aquelarre

“Quiero describir con toda minuciosidad cuanto me ocurrió al día siguiente por tratarse de cosas muy serias y que muchos en nuestro tiempo consideran bastante dudosas, y para mí no muy claras. Pero lo que sí puedo asegurar es que las expondré tal como las he experimentado, sin añadir ni quitar nada de lo que vi. Juro decir la verdad y estoy dispuesto a ser castigado por Dios si miento en lo más mínimo.

“Por la tarde, Renata empezó sus preparativos y, sin darle importancia, se puso a hablar de todas esas cosas para ir preparando mi ánimo, que mucho requería la aventura, y sobre la cual tenía yo sólo nociones. Así, por ejemplo, aprendí cuáles eran las palabras horribles y sacrílegas que debería yo pronunciar y qué cosas repugnantes tenía que hacer al hallarme en pleno Aquelarre.

“No puedo negar que por una parte mi incredulidad y por otra la curiosidad, hicieron que no solamente no pensara en retroceder, sino que deseaba que llegase pronto el momento, y yo mismo preguntaba a Renata sobre ciertos detalles. Al caer las tinieblas ya estaba todo preparado. Mi amiga, juzgando que era llegada la hora, me dijo:

“—¡Óyeme, Ruperto! Si tienes la menor sombra de vacilación, si confiesas que tienes miedo, aun estás a tiempo de volverte atrás.

“¡No!—le respondí resueltamente—¡Cumpliré todo lo que he prometido!

“—Adiós, pues; voy a rezar por ti.

.                 .               .                    .                     .


“Recordando las instrucciones de Renata, cerré la puerta con llave. Luego extraje de un saco un pequeño pote que contenía un ungüento que me dio Renata, y empecé a examinarlo y vi que contenía una pasta licuosa de un verde obscuro y de un olor penetrante y desagradable.

“Me desnudé por completo; me eché al suelo sobre una manta y empecé a frotarme fuertemente con el ungüento mágico. Me froté las sienes, el pecho, los sobacos y el entrepiernas, repitiendo las palabras: ¡Emen-hetan! ¡Emen-hetan! ¡Emen-hetan!
“El contenido del pote quemaba ligeramente la piel y su olor me mareaba un poco. Este mareo iba en aumento, pero yo no perdía mis sentidos y mi juicio permanecía claro; tan sólo experimentaba una debilidad grande, hasta caérseme mis brazos de fatiga; mis ojos se cerraban, pero yo hice esfuerzos para tenerlo abiertos. Luego el corazón empezó a latir de un modo acelerado, hasta tal punto que temó que se rompiese. No obstante, mi cabeza no me dolía lo más mínimo, lo que no dejó de extrañarme mucho; solamente carecía de fuerzas, hasta llegar casi a no poder moverme. Así transcurrió bastante tiempo, y me dije: “Bueno: eso es todo… Claro que eso no son más que cuentos para niños. Ese ungüento sólo obra sus efectos en los que se duermen o pierden el conocimiento, pero para los que tienen una cabeza firme, como la mía, todo se reduce a un envenenamiento pasajero. Menos mal si no trae otra consecuencias…

“Mientras yo razonaba de esta manera, hice un esfuerzo supremo para abrir los ojos que se me estaban cerrando… y entonces sí que dudé por un momento de si estaba soñando o no. Pero como había recuperado mis fuerzas, me pinché y me convencí de que no dormía.

“La vela, que estaba sobre una mesita, cuya luz iluminaba mi estancia, había desaparecido, como evaporándose, ante mis ojos. La obscuridad que me rodeaba era absoluta, pero no era la obscuridad del interior de una habitación, sino la obscuridad de la noche en el espacio, al aire libre.

”Al tentarme, noté que estaba sentado sobre un macho cabrío, tal como me encontraba, completamente desnudo, y entre mis piernas sentía el pelo crespo del animal. Lo primero que hice fue asegurarme de mi juicio. Me arañé, me pellizqué, recordé mi pasado, y todo me dio a entender que estaba en el uso perfecto de mis facultades; mi memoria y mis sentidos funcionaban normalmente. Convencido de que todo era real y no alucinación, empecé a orientarme, examinando mi cabalgadura. Este era un macho cabrío de los más vulgares, de carne y hueso, con un pelo bastante largo y negro. Al pincharle, volvió hacia mí la cabeza y entonces vi en sus ojos algo más de lo que suele haber en una bestia —a pesar de que nunca había visto un demonio, me pareció ver en sus ojos algo diabólico—. Recordé entonces que mi habitación no tenía más que una salida muy estrecha, que era la chimenea y, por lo tanto, no pudo el animal, junto conmigo, salir por este sitio. Pero más tarde me explicaron que eso no es motivo para que dudara de lo que me pasó, porque el Diablo es “artifex mirábilis” y, por lo tanto, puede pasar a través de los muros.

“Asimismo reflexioné sobre el hecho inexplicable de poder sostenerme en el aire y volar un cuerpo tan pesado como el que constituíamos “jinete y cabalgadura”. También me dijeron que esto se debía a una fuerza misteriosa, la misma que permitió elevarse por los aires a Simón el Mago, de cuyo hecho nos habla la Sagrada Escritura.





“Mi cabalgadura volaba con tal velocidad, que me vi obligado a agarrarme al cuello de la bestia, para no caer. El viento silbaba horriblemente y me era necesario bajar la cabeza para poder respirar. En medio de la obscuridad vislumbré un valle entre montes, sin vegetación alguna, iluminado por una extraña luz azulada. Conforme nos acercábamos a ese valle se oían múltiples voces y se distinguían las siluetas de unos seres agrupados en las orillas de un plateado lago. Asimismo pude distinguir claramente una bandada de brujos y brujas cabalgando en sus escobas que descendían lentamente y se mezclaban con grupos diseminados por todas partes.

“El macho cabrío que yo montaba, también empezó a descender lentamente y cuando casi tocaba al suelo, aproximándose a la multitud me sacudió de tal modo que me caí en tierra. Apenas me levanté, vi que muchos acudían hacia mí, Gritando: “!Un novicio¡ !Un novicio¡”

“Entre los que se me acercaron con estas exclamaciones, pude distinguir algunas mujeres desnudas completamente. Estas, que eran las que más gritaban, me rodearon al instante y cogiéndome por los brazos me condujeron a través de la multitud. Mis ojos, que aún< no estaban acostumbrados a aquella luz extraña, no veían al principio sino unos seres muy feos, que se parecían algo a los seres humanos. Después me acostumbraré a esa luz, cuando me llevaron a un bosque apartado donde, debajo de un viejo roble distinguí un grupo de hombres. Allí me dejaron las mujeres. Entonces vi a un ser corpulento que estaba sentado sobre un gran trono de madera, pintado de negro, algo elevado y rodeado de sus acólitos.
“Lo extraño es que yo no sentía ningún miedo; por eso pude examinar atentamente al que estaba sentado en el trono. Era de una estatura enorme y tenía la forma de hombre hasta la cintura, pero de aquí para abajo era como un macho cabrío, de pelo largo y muy negro. Sus manos eran humanas, pero sus pies terminaban en pezuña. Por su aspecto parecía no tener más de cuarenta años; en su semblante se reflejaba cierta tristeza que inspiraba compasión. Pero este sentimiento desaparecía en seguida cuando, al fijarse en su cabeza, que tenía algo de asno, se le veían tres cuernos: dos encima de las orejas y otro en la frente, del cual se desprendía una luz débil, parecida a la de la luna.



“Un grupo de brujas completamente desnudas, me rodeó de nuevo; me condujeron junto al trono y exclamaron:

“—¡Maestro Leonardo! ¡Este es un novicio!

“Entonces resonó una voz ronca, fuerte e imperativa. Era la del Maestro que se dirigía a mi, diciéndome:

“—Seas bien venido, hijo mío. Pero dime: ¿vienes por tu propia voluntad?

”—¡Sí!—dije con firmeza, puesto que es lo que debía contestar.

“Al oír mi respuesta, el Maestro empezó a interrogarme y yo, recordando las instrucciones recibidas, contesté que abjuraba de Dios, de la Santísima Virgen María, de todos los santos del Paraíso, así como de la Fe cristiana y de Jesucristo, el Salvador del Mundo. Afirmé, asimismo, que procuraría por todos los medios hacer prosélitos. Luego hube de dar los tres besos protocolarios.

“Para el primer beso me tendió sus mano izquierda. Para el segundo, em volvió la espalda, alzó el rabo y se inclinó, y tuve que besar su orificio anal, que apestaba horriblemente. Y para el último beso se lo di en las partes pudendas.

“Terminando el asqueroso rito, el Maestro Leonardo, con la misma voz de antes, me dijo:

“—Ahora ¡alégrate, hijo mío! Y toma mi marca, que llevarás siempre en tu cuerpo. ¡Amén!

“Y, con extraordinario rapidez, bajó la cabeza y me dio un golpe con el cuerno luminoso, en la parte superior de mi tetilla izquierda. Sentí un agudo dolor, como producido por el pinchazo de una aguja, y vi brotar una gota de sangre.

“Entonces las brujas me cogieron por los brazos y me alejaron del trono, y me encontré en medio de una multitud abigarrada que se divertía cantando y dando gritos. El valle donde se celebraba el Aquelarre era muy extenso y, por lo visto, aquel sitio frecuentemente servía para esta fiesta, pues la hierba estaba toda pisoteada.




“En algunos lugares humeaban, saliendo de la tierra, unos fuegos, que no eran de hoguera y que lo iluminaban todo con una luz verde muy viva. Alrededor de estos fuegos saltaban y bailaban unos cuatrocientos brujos, del uno y otro sexo; la mayor parte, completamente desnudos y otros apenas tapados en camisas de colores; les había que tenían en las manos cirios encendidos, de color negro. También había, entre aquella muchedumbre, demonios negros como el carbón; lobos de ojos centelleantes, que brincaban sobre sus patas traseras; grandes ranas, vestidas con telas verdes, finísimas, transparentes. Por los suelos, entre la multitud, corrían infinito número de reptiles: serpientes, lagartijas, salamandras. Algunos de éstos se elevaban del suelo como si tuviesen alas, y se mezclaban con los búhos, murciélagos y aves de rapiña que poblaban el espacio. A lo lejos, cerca de un lago, distinguí niños casi desnudos, que no tomaban parte en la orgía, y se dedicaban a jugar con ranas, haciéndolas saltar con unos juncos,

“Cuando todas las brujas que me acompañaban se separaron de mí, una de ellas, menos repugnante que las otras, pareció interesarse por mí persona y se quedó conmigo. Parecía una muchacha muy alegre; su cuerpo, joven y fresco, no carecía de cierto atractivo, aunque sus senos estaban algo caídos. Me sujetaba fuertemente y se frotaba, lujuriosamente, contra mi cuerpo. Me dijo que en las fiestas sabáticas la llamaban Sasaka. Me propuso bailar con ella; acepté y nos encaminamos hacia la multitud.

“Se habían formado tres grandes círculos concéntricos; el círculo exterior, o sea el más grande, ofrecía la particularidad de que las caras de los danzantes miraban hacia fuera y las espaldas hacia dentro.

“Luego se oyó una música, ensordecedora, de notas estridentes, música infernal al fin. Y comenzó el baile, lento al principio, pero acelerándose progresivamente, muy pronto se convirtió en una verdadera zarabanda diabólica. Como yo y mi pareja nos hallábamos en el círculo exterior, no pude ver bien lo que pasaba en los otros.



“Cuando la música y el baile terminaron, el Maestro Leonardo, con su voz ronca, entonaba algo parecido a un salmo y se acompañaba con un instrumento muy raro, con vestigios de arpa. La multitud le escuchaba con gran veneración. Cuando hubo terminado, los fieles iniciaron la “Letanía Negra”, muy parecida a la que cantan en la iglesia.

“Entre tanto, unos personajes como diablejos, muy ágiles y muy diestros, preparaban las mesas para el banquete, cubriéndolas de negros manteles y colocando los platos y demás utensilios.

“Mi compañera Saraska, acariciándome, me dijo: —Vamos de prisa para ocupar nuestro puesto en la mesa, porque tengo un hambre loca.

“Como estaba decidido a someterme a todo, seguí a la joven bruja. Los diablejos negros, con vestiduras rojas, sirvieron la comida. Esta consistía en sopa de col y avena, mantequilla, queso, leche, pan negro y vino. No obstante lo poco apetitosos que resultaba el menú, la animación y la alegría eran extraordinarias. Aprovechándome del barullo que nos envolvía le pedí a Saraska me explicara todo aquello que yo no comprendía y la joven bruja, muy amablemente, satisfizo mi curiosidad.

“Le pregunté a Saraska cómo era que bailaban y corrían entre las llamas sin quemarse, y me dijo que ese fuego no quema, lo mismo que el del Infierno. También le pregunté si no podían hacer daños los reptiles que pululaban por todas partes, y Saraska, riendo, me contestó que estos animalitos eran inofensivos y simpáticos y para convencerme, cogió una serpiente y rodeó con ella su cuello, haciéndola chupar su seno, con lo cual parecía excitarse. Le pregunté, por último, si otros aquelarres eran más animados y concurridos que éste. Al oír esto, los ojos de Saraska adquirieron un brillo extraordinario y exclamó:

“—¡Ya lo creo! Hoy es una reunión ordinaria, de las que celebramos todos los miércoles y viernes, pero hay que ver lo que pasa en las vísperas de las grandes fiestas, sobre todo en víspera de Todos los Santos; entonces se reúnen miles y miles de concurrentes; bautizamos a los niños robados, hacemos bodas. La alegría es general y gozamos mucho; los placeres son extraordinarios. ¡Sobre todo cuando asisten los lobos! Con éstos una mujer goza más que con un hombre. Además, en estas grandes solemnidades se come mucho mejor. A veces, nosotras mismas, preparamos para la comida carne de niño, hervida con leche. ¡Y qué gusto más agradable tiene la carne de niño!

“También le pregunté si era cierto que las brijas cohabitasen con los demonios y cómo podía ser eso. Me dijo que sí, y exclamó con entusiasmo:

“!Ya lo creo que es verdad¡ E una cosa deliciosa, enloquecedora, sólo que tiene un inconveniente muy desagradable: durante el espasmo, sentimos que la esperma del demonio es más fría que el hielo…

“luego, callándose de repente, se acercó a mí y, sin pudor alguno, empezó a acariciarme y a excitarme, y me dijo:

“Mi querido novato: hoy te quiero a ti más que a cualquier íncubo. ¿Ves? Ya empiezan a apagar las luces y el gallo cantará muy pronto. Vámonos.

“Efectivamente: las luces iban apagándose poco a poco. Muchas mesas estaban ya abandonada y las gentes se dispersaban. Era la hora final en que todos se disponían a realizar, sin pizca de pudor, los actos más repugnantes de una lujuria desenfrenada, en los cuales tomaban parte brujos, brujas, demonios y animales.

“Oíase tenuemente una música lejana cerca del bosque; una semiobscuridad, entre azulada y violeta, incitaba la conjunción de los cuerpos. De vez en cuando se percibían los gemidos de la carne; acá y allá caían las parejas extenuadas por el espasmo.

“Vi, con sorpresa, las uniones más absurdas: allí, la de un joven con una vieja fea y arrugada: más allá, la de un viejo asqueroso con una niña; vi en otro lugar como una jovencita gozaba con un lobo y a un hombre que se echaba encima de una cabra y, por último, vi un montón de seres que se habían juntado en un goce común.

“Y un olor excitante de lujuria envolvía todo el prado. Sentí que yo también era hombre y tomé parte en la bacanal; pronto perdí el conocimiento, terminando con fuertes sacudidas nerviosas.


.                    .                       .                          .                                .                        
“Cuando recobré el conocimiento y abrí los ojos, me encontré en mi habitación, solo y en el mismo sitio donde me froté con la pomada mágica. En el ambiente se respiraba aún el olor enervante de la droga. Me dolía el cuerpo todo y cabeza estaba como vacía. Hice un esfuerzo supremo; me incorporé un poco y empecé a reflexionar serenamente sobre lo ocurrido en mi persona y sobre la pretendida realidad de la fiesta de los brujos."


Fragmento de la novela "El Ángel del fuego" de Valerio Briusov, autor ruso del siglo XVI.


La sombra de Prometeo

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