Desconcierto

Desconcierto



El silencio lo despertó, tras tantos años de ruido incontrolable, de preocupaciones, luces tras luces cegaban todo a su alrededor, sin darse cuenta -o sin querer hacerlo- acostumbró a su cuerpo, su mente y su ser a todo aquello que alguna vez observó con energético rechazo. Como un recuerdo añejo, que de en cuando en cuando vuelve sin aviso, emitiendo un desagradable olor a remordimiento. El futuro inmediato pesaba, lo llevaba a espaldas del hombro cual vagabundo a sus pertenencias, que bien caben en una mano, sin embargo, son un grillete que lo mantiene atado. Todo esto le hizo errar en el trabajo.

El silencio le gritó al tiempo que dormía plácidamente, y como ya acostumbrado fue corriendo a arreglarse, pero no encontró algún rostro familiar; al contrario, todo éste era un extranjero perfil; con esperanzas de crecer económicamente. Ya no era él, se observaba atónito, con un profundo miedo salió corriendo del apartamento sin cerrar la puerta. Las escaleras eran demasiado frías, no obstante, el intervalo en el que sus pies tocaba cada una de ellas era tan corto, parecía volar, flotar, levitar, pero principalmente caer. Cayó en seco, lo natural hubiese sido que se levantara aparentando que no había ocurrido lo anterior, pero desde que despertó, nada parecía seguir las reglas de la naturaleza impuesta; pasos, eco, asco y rechazo le animaron para levantarse, como un trapo, cual ser sin columna vertebral jorobadamente avanzaba.

Al llegar a la calle se recargó en un poste al la par que alzaba la vista. Enajenación, desconocimiento, él creía en aquellos instantes que no habría algo más desquiciado que salir y no encontrar nada; claramente se equivocó. Al rededor suyo no había algo más que él mismo, todos gritando, empujando, llorando mientras en los callejones se desmembraban a la vista de todos y de nadie. Quizá en este punto, se preguntó que tan bueno pudo haber sido lo que fue.



Coronado Alejandro Abraham Yael

La sombra de Prometeo

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